Algunos de los mejores apuntes de Jorge Luís Borges

images23.jpg* Borges y un escritor joven debatiendo sobre literatura y otros temas.
El escritor joven le dice: «Y bueno, en política no vamos a estar de acuerdo, maestro, porque yo soy peronista».
—¿Còmo que no? Yo también soy ciego».

*En 1975, a los 99 años, muere Leonor Acevedo de Borges, madre del escritor.
En el velorio, una mujer da el pésame a Borges: ”Pobre Leonorcita, morirse tan poquito antes de cumplir los 100 años. Si hubiera esperado un poquito más…
“ Borges le dice: —Veo, señora, que es usted devota del sistema decimal.

*El 10 de marzo de 1978, en la Feria del Libro, Borges se cruza con un escritor al que quiere y respeta: Manuel Mujica Lainez.
Se abrazan e inician una conversación que es interrumpida una y otra vez por los cazadores compulsivos de firmas.
—A veces —se queja Borges—, pienso que cuando me muera mis libros más cotizados serán aquellos que no lleven mi autógrafo.

*Una revista de actualidad reúne a Borges con el director técnico César Luís Menotti.
—Qué raro, ¿no? Un hombre inteligente y se empeña en hablar de fútbol todo el tiempo.

*A principios de la década de los setenta, el escritor y psicoanalista Germán García invita a la Argentina a Daniel Sibony, matemático y psicoanalista francés.
Sibony quiere conocer a Borges. Al encontrarse, el francés le pregunta en qué idioma desea hablar.
— Hablemos en francés —propone Borges, y justifica:
— Dicen que la lengua francesa es tan perfecta que no necesita escritores. A la inversa, dicen que el castellano es una lengua que se desespera de su propia debilidad y necesita producir cada tanto un Góngora, un Quevedo, un Cervantes.

*Una mañana de octubre de 1967, Borges está al frente de su clase de literatura inglesa.
Un estudiante entra y lo interrumpe para anunciar la muerte del Che Guevara y la inmediata suspensión de las clases para rendirle un homenaje .
Borges contesta que el homenaje seguramente puede esperar. Clima tenso.
El estudiante insiste: «Tiene que ser ahora y usted se va».
Borges no se resigna y grita: —No me voy nada. Y si usted es tan guapo, venga a sacarme del escritorio. El estudiante amenaza con cortar la luz.
—He tomado la precaución —retruca Borges—, de ser ciego esperando este momento.

*El escritor argentino Héctor Bianciotti recuerda una de las tantas salidas elegantes de Borges, cuando le incomodaban los halagos de la gente.
Ocurre en París, en un estudio de televisión. «¿Usted se da cuenta de que es uno de los grandes escritores del siglo?», lo interrogan.
–Es que éste ha sido un siglo muy mediocre.

*En Maipú y Tucumán, un grupo de adictos a Isabel Perón descubre a Borges y lo sigue unos metros, insultándolo.
Al ingresar en su casa, un periodista le pregunta cómo se siente.
—Medio desorientado —manifiesta—.
Se me acercó una mujer vociferando: ¡Inculto! ¡Ignorante! »

*En la pausa de un acto cultural, el novelista Oscar Hermes Villordo acompañó a Borges al baño, situado en un primer piso al que se llegaba por una empinada escalera de madera.
Cuando volvían, Villordo notó que Borges descendía los escalones demasiado rápido y, temiendo lo peor, le preguntó:»¿No deberíamos ir más despacio?»
—Pero no soy yo —aclaró Borges—, es Newton.

*Sobre la situación de la literatura argentina, Córdoba Iturburu inquirió a los gritos:
«¿Y qué vamos a hacer por nuestros jóvenes poetas?»
Desde el fondo llegó un grito de Borges: —¡Disuadirlos!

*En una entrevista, en Roma, un periodista trataba de poner en aprietos a Jorge Luís Borges.
Como no lo lograba, finalmente probó con algo que le pareció más provocativo: «¿En su país todavía hay caníbales?»
—Ya no —contestó Borges—, nos los comimos a todos.

*Roma, 1981. Conferencia de prensa en un hotel de la Via Veneto. Además de periodistas, están presentes Bernardo Bertolucci y Franco María Ricci.
Borges, inspirado, destila ingenio. Llega la última pregunta. «¿A qué atribuye que todavía no le hayan otorgado el Premio Nobel de Literatura?»
—A la sabiduría sueca.

*Borges firmaba ejemplares en una librería del Centro. Un joven se acerca con Ficciones y le dice: «Maestro, usted es inmortal».—Vamos, hombre. No hay por qué ser tan pesimista.

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