Aprenda cómo evitar descargar el mal humor sobre sus hijos

Diez minutos de soledad pueden impedir que pierda los nervios con su hijo por un mal día. Se puede vencer el mal humor

Que tire la primera piedra la madre o el padre que alguna vez no ha perdido los nervios sobrepasado por alguna situación y ha descargado su mal humor, sin querer, sobre sus hijos. Ese malestar explota muchas veces ante actos muy cotidianos en casa: porque ese día el niño no ha comido  bien, o está más desobediente, o se pelea con su hermano, o porque el profesor ha llamado a casa porque se ha portado mal en clase… Esos comportamientos pueden sacar de quicio, pero hay que tener en cuenta que los niños requieren una atención especial y tienen menos recursos y experiencias para afrontar y responder de forma adecuada a lo que se les presentan los psicólogos. Es decir, los más pequeños también pueden tener un mal día, pero son los padres, los adultos, quienes deben manejar la situación.

El mal humor nos domina por dos motivos. El estrés continuo y diario provoca mal humor y, por eso, estamos más irascibles, pero también la frustración puede generar mal humor, enfadarnos y tener que reprimirnos, afirma Luis Muiño, psicoterapeuta y divulgador (autor del libro «Guía para padres con poco tiempo y mucho cariño»). Y una de las mayores fuentes de frustraciones es el trabajo, por discusiones con el jefe, con los compañeros, el proyecto que no sale adelante, sobrecarga de tareas… Pero hay también otros quebraderos de cabeza que cambian nuestro estado de ánimo y nos llevan al límite: un exceso de quehaceres domésticos, los niños que están más alterados esa tarde, cuando las cosas no van tan bien con la pareja, haber dormido poco, el cansancio físico…

Los psicólogos dan las pautas:

—Identificar que el mal humor ha hecho presa de usted: Una forma fácil de saberlo es preguntarnos a nosotros mismos, antes de llegar a casa, ¿qué me apetece: encontrar un motivo para discutir («seguro que el niño no ha hecho los deberes» o «va a dar problemas en la cena») o prefiero hacerle cosquillas y jugar un rato con él.

—Reconocer y aceptar ese malestar.

—De camino del trabajo a casa, puede aprovechar para hacer algo que le produzca placer: desde escuchar su música preferida en el coche, leer un libro en el bus, saltarse un trayecto e ir andando… Eso rebaja el mal genio.

—Si es necesario, al entrar en casa, busque un momento de desconexión («intentar el contacto continuo con los niños es un error. Diez minutos de soledad y aislamiento en otra habitación es suficiente. Piense en algún lugar especial, cierre los ojos, o simplemente cuente hasta veinte o mire el cielo. Pero antes de todo eso, hay que cerciorarse de que los niños están seguros en otro sitio de la casa.

—Si la pareja está en casa, puede acostarse unos minutos, relajarse y ponerse una toallita con agua fría sobre la cara.

—Para esas ocasiones que se siente desbordado, los psicólogos recomiendan tener una actividad o un juguete especial que entretenga y divierta a los niños, así tendrá la oportunidad de relajarse un poco.

—De forma general, conviene disponer de un espacio personal o de un hueco a la semana para usted mismo, sin niños ni pareja, para practicar algún deporte, tomar un café con algún amigo o cualquier cosa que apetezca.

—Si con todo esto no controla el mal humor y siente que va a explotar, mójese la cara y respire con el diafragma, tomando aire por la nariz y expulsándolo por la boca, varias veces. Baja muchísimo el nivel de hiperactividad.

—Si no consigue contenerse y explota, cuando esté calmado pida perdón a su hijo, explicándole por qué esta disgustado. También se aconseja que nuestros hijos nos cuenten cómo se han sentido para ayudarles a manejar esa situación.

Hay que tener en cuenta que los padres son un modelo para los hijos y, por tanto, estos copiarán cualquier respuesta. Si estamos estresados y les gritamos, ellos van a hacer lo mismo; si los tratamos con desprecio o cuando nos enfadamos con ellos no lo expresamos y estamos un día sin hablarles, ignorándoles, cuando se dé la situación contraria, es decir, cuando nuestro hijo tenga un problema que le provoque estrés, no podemos pretender que se acerque a nosotros y nos lo cuente.

 

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