Así fue cómo nació la expresión, «DIOS SE LO PAGUE».

En Río de Janeiro un transeúnte se sintió mal en la calle, cayó al suelo y fue llevado al sector de emergencias de un hospital particular, perteneciente a la Universidad Católica, administrado totalmente por monjas.
Allá, comprobaron que tendría que ser urgentemente operado del corazón, cosa que se realizó con éxito total.
Cuando despertó, a su lado estaba la monja responsable por la tesorería del hospital, quien le dijo lo siguiente:
– Estimado señor, su cirugía fue realizada con éxito y está usted a salvo. Sin embargo, hay un asunto que necesita su urgente atención:  ¿Cómo piensa usted pagar la cuenta de hospital?
Y el cobro tuvo inicio…
– ¿Tiene usted seguro-médico?
– No, Hermana.
– ¿Tiene tarjeta de crédito?
– No, Hermana.
– ¿Puede usted pagar en efectivo?
– No tengo dinero, Hermana.
La monja empezó a sudar frío, pero prosiguió:
– ¿Y con cheque, entonces, puede usted pagar?
– Tampoco, Hermana.
Entonces la monja, ya desesperada…
– Bueno, ¿usted tiene algún pariente que pueda hacerse cargo de la cuenta?
– Ah… Hermana,  sólo tengo una hermana solterona, que es monja, pero no sé si ella pueda pagar.
La monja, corrigiéndolo, dijo:
– ¡Disculpe señor, pero las monjas no somos solteronas! ¡Estamos casadas con Dios!
– ¡Ah! ¡Magnífico! ¡Entonces, por favor, mándele la cuenta a mi cuñado!

Así fue cómo nació la expresión, «DIOS SE LO PAGUE».

 

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