El cuento de la penicilina: Alexander Fleming no hizo lo que crees

Fleming sembrando sus placas de Petri

El papel de Alexander Fleming en la producción de penicilina es mucho menos determinante de lo que se suele contar

La historia de la medicina ha sido algo arrítmica. Mientras que algunas disciplinas llevan avanzando desde su nacimiento y otras como la física han alcanzado el estatus de ciencia hace unos cuantos siglos, la medicina ha seguido un camino algo más arrítmico y parsimonioso. En general, las ramas del saber han tardado más en volverse rigurosas cuanto más complejos eran lo sistemas que estudiaban. Los factores a tener en cuenta cuando estudiamos la evolución de una estrella son muchos menores que los que influyen en la recuperación de un paciente y estos, a su vez, son infinitamente más reducidos que los que llevan a desencadenar un golpe de estado. Por eso las ciencias sociales han tardado incluso un poco más en formalizarse.

Sin embargo, hemos de reconocer que, en los pocos años que lleva instaurada la medicina científica, esta ha podido redimirse de todos los siglos de superchería, humores y espíritus malignos. Las vacunas, los rayos X, los estudios epidemiológicos, la anestesia y tantos otros descubrimientos han cambiado por completo lo que significa ser humano. Nuestra forma de relacionarnos con la enfermedad y la muerte ha dado un vuelco y, de entre todos estos descubrimientos hay uno que destaca especialmente: la invención de los antibióticos. Tan solo con la penicilina se han salvado unos 200 millones de vidas desde que se empezó a usar en 1942. Sin embargo, la historia que solemos escuchar sobre ellos es bastante imprecisa, casi podríamos decir que falsa. Porque en algún momento de la vida, todos hemos oído algo similar a lo siguiente: Fleming sintetizó la penicilina, el primer antibiótico del mercado. Y, aunque pueda sorprender, lo cierto es que nada de esa frase es verdad.

El buen ojo de Fleming

La historia que nos cuentan tiene un punto de fábula. Empieza normalmente en 1928, con Alexander Fleming que vuelve de vacaciones, dispuesto a retomar su investigación. Sin embargo, en el tiempo que ha estado fuera ha sucedido algo. Sus cultivos de bacterias no han crecido como deberían. Los discos de gelatina en los que fueron sembradas parecen salpicados por islas sobre las cuales las bacterias no parecen haber sido capaces de establecerse. Este moteado sorprendió a Fleming, porque en él debía de haber alguna sustancia capaz de detener el crecimiento bacteriano. Al usar el microscopio, Alexander encontró que en esos lugares había un hongo, concretamente el Penicilium notatum.

El buen científico dedujo que ese microorganismo tenía que estar produciendo la sustancia bactericida. Hasta aquí la historia es estrictamente cierta, pero lo que viene a continuación comienza a divergir de la realidad hasta hundirse en la ficción.

Solemos leer que Fleming se dio cuenta ipso facto de la importancia de su descubrimiento. Que entendió por primera vez que unos microorganismos podían ser aprovechados para luchar contra otros microorganismos y curar las infecciones. Es más, hay incluso lugares a los que no le tiembla la mano a la hora de atribuirle la síntesis de la penicilina. Si aspiramos a una versión más realista, tal vez debamos empezar por el principio, mucho años antes de que Fleming encontrara sus malogrados cultivos.

Hace mucho tiempo

Tal vez convenga decir que la idea de que los hongos podían ayudar a tratar infecciones es muy previa a Fleming. De hecho, los egipcios utilizaban algunos tipos de moho cultivados sobre pan para tratar heridas infectadas. Este uso tópico fue el único sanitario que Fleming pudo derivar de la penicilina, nada que ver con su administración sistémica, que ayuda a tratar infecciones internas en casi cualquier parte del cuerpo. Podríamos pensar que se trataba puramente de medicina folk, como suelen llamarse a los “remedios” tradicionales. Sin embargo, hay una frase atribuida al padre de la microbiología, Louis Pasteur, que demuestra cuán instaurada estaba esta idea en la comunidad científica: “Si pudiéramos invertir en el antagonismo entre bacterias podría ser la mayor esperanza para la terapéutica”.

Es más, ya en 1874, Sir William Roberts se había percatado de que el queso azul tenía propiedades antibióticas. Esto se debía a que el hongo con el que se producía era, ni más ni menos, que otro Penicillium, concretamente el glaucum. Un tiempo después, Pasteur probó que el propio Penicillium notatum detenía el crecimiento del Bacillus anthracis. Cada vez se hace más complicado atribuir a Fleming el descubrimiento de la penicilina si, ni fue el primero en encontrar la asociación entre estos hongos y las propiedades antibióticas, ni el primero en sintetizarla.

Efectivamente, Fleming tampoco sintetizó la penicilina. No supo hacerlo y, es más, no lo consideró relevante porque las aplicaciones que él tenía en mente no necesitaban grandes cantidades de penicilina (las cuales él creía imposibles de producir). La síntesis se la debemos a Howard Walter Florey y Ernest Chain y tuvo lugar en 1940, bastantes años después de que Fleming hubiera pasado a ocuparse de otros menesteres. No obstante, los tres recibieron el premio Nobel de Medicina o Fisiología en 1945.

Es difícil decir a quién debemos los primeros pasos en un descubrimiento, porque si por ello fuera cada nueva tecnología tendría que ser atribuida a quien fundó la electrónica. Tal vez por eso debamos centrarnos en la síntesis y no tanto en la idea fundacional. Sea como fuere, Alexander Fleming dijo una vez que “es el trabajador solitario el que hace el primer avance en un campo, los detalles han de ser resueltos por un equipo, pero la idea primordial se debe a la empresa, pensamiento y percepción de un individuo”. La pregunta es clara: ¿fue él ese individuo?

Lo cierto es que, si nos ponemos estrictos, la penicilina no fue el primer antibiótico. Como hemos visto, ya se conocían ostras sustancias con poder bactericida. Si nos referimos a cuándo fue sintetizada, podemos pensar en la sulfonamida como el primer antibiótico. De este modo, las sulfas habrían precedido a las penicilinas. Tenían un efecto sistémico, eran estables y sin apenas efectos tóxicos. Precisamente es este descubrimiento de Gerhard Domagk en 1930, lo que hace que otros científicos decidan empezar a buscar nuevas sustancias antibióticas para emplear de este modo ahora que Domagk ha demostrado que la antibioterapia es una posibilidad real.

Por: Ignacio Crespo