El paraíso del Caribe es la bella isla St. Barths

Ha conquistado a millonarios famosos del mundo por la privacidad y la intensa vida nocturna que aquí se vive

En esta isla de apenas 22 kilómetros cuadrados, la exclusividad es una moneda de cuño con un tipo de cambio apreciado por los ricos del mundo. Aquí la crisis económica es una historia que se observa a la distancia, no sólo porque se encuentra en un recóndito espacio de las Antillas Menores sino porque en el invierno atracan algunos de los yates más grandes del mundo y la opulencia llega a extremos memorables.

Sus 16 playas de arena blanquísima, bañadas por el espectáculo líquido del azul turquesa del Caribe, no son diferentes a las de Jamaica, Cancún o la Riviera Maya; la vida marina no compite ni en abundancia ni en variedad con Cozumel; pero aquí la atracción es la privacidad y una intensa vida nocturna.

Las autoridades pueden ser tolerantes con el alcohol o la droga, pero no con los paparazzis, dice Olivier, un chef que trabaja en una de las villas de lujo cuyas rentas alcanzan precios estratosféricos cada fin de año.

Si la policía sorprende a un fotógrafo molestando a los turistas, cuenta, lo más probable es que reciba una invitación indeclinable para regresar por donde vino.

Este cuidado por la privacidad ha conquistado a multimillonarios famosos, como el ruso Roman Abramovich, quien no sólo compró una mansión en la isla, sino que cada fin de año atraca aquí el Eclipse, el yate privado más grande del planeta.

El chisme este año era que no le había ido nada bien en 2011, pues en 2010 había hecho una fiesta en St. Barths para  mil invitados y este año apenas llegaron a 400.

Algo de historia

San Barths lleva ese nombre por San Bartolomé, el santo en cuyo honor bautizaron al hermano menor de Cristóbal Colón, el célebre navegante genovés quien descubrió esta isla en su segundo viaje a América.

Sin embargo, fue la corona francesa la que terminó reclamando la propiedad de la isla, que en dos periodos de los últimos cuatro siglos perteneció a Suecia.

Ahora mismo su población principal se llama Gustavia, en honor del rey Gustavo III de ese país; sin embargo, una serie de calamidades naturales en el siglo XIX acabaron costándole una fortuna a la nación escandinava cuyos gobernantes decidieron devolverla a los franceses.

Así, en las décadas posteriores, los entonces seis mil habitantes de la isla se mantuvieron practicando una agricultura incipiente, con énfasis en el cultivo del algodón; la
explotación de tres salinas y la pesca.

Para la década de los sesenta, apareció el turismo de lujo y la historia cambió, tanto que hoy sus cerca de diez mil habitantes tienen un ingreso per cápita promedio cercano a los 40 mil euros, que es diez por ciento superior al del área metropolitana de París.

Su clima delicioso entre noviembre y enero, con temperaturas que van de los 20 a los 28 grados Celsius; contrastan con temperaturas cercanas a los 40 y las lluvias torrenciales de otros meses.

Qué hacer

Rentar un auto, pasear en una cuatrimoto, hacer algunas compras, bucear o practicar esnorquel en las proximidades de la isla, así como disfrutar de las playas, ir al spa y participar de la vida nocturna, son las actividades habituales de los turistas.

La diferencia está en que es necesario pagar unas cuatro o cinco veces más respecto a lo que sería un precio promedio en el Caribe. Esto, que parece un atentado a la lógica, es otra más de sus barreras de entrada que lo hace tan apetecible para el jet set.

El también llamado St. Tropez del Caribe, captura cada año a alrededor de 100 mil turistas, de los cuales unos 70 mil llegan en ferri  o en avioneta y el resto en sus propios yates o veleros.

Quien decida dedicar unas horas a visitar la ciudad de Gustavia, se encontrará con una pequeña población en torno a una marina natural, a donde también llegan los yates, sus dueños y sus tripulaciones.

Un paseo por Gustavia implica también recorrer el pequeño museo de sitio, a un costado del palacio de la municipalidad; caminar por el muelle, comer en alguno de los restaurantes para locales, como Shell Beach, o en alguno del más chic, como el Voyageur o Niki Beach.

La cocina predominante es la francesa y la segunda en relevancia la llamada cocina criolla, a base de mariscos, frutas y ron.

Las mujeres bellas no sólo son otro común denominador en este lugar, sino que además muchas de ellas trabajan en los barcos.

Una compleja travesía

Pero además quienes no cuentan con un Airbus A340, como Abramovich, deben invertir algún tiempo en llegar a la isla, mucho menos, claro, que Cristóbal Colón.

Lo más frecuente es hacerlo desde alguna ciudad europea o desde Miami hasta la vecina isla de San Martin, mitad de la cual es francesa y la otra mitad holandesa.

Su aeropuerto principal es uno de los más famosos en el mundo de la aviación y la razón es que un extremo de la pista se encuentra a unos metros de la playa por lo que los aterrizajes se realizan, literalmente, sobre la cabeza de los bañistas.

En You Tube hay un video revisado más de 9.8 millones de veces, hasta esta semana, en donde un Boeing 747 de KLM es captado cuando va descendiendo prácticamente sobre el mar, para tocar tierra unos cuantos metros adelante de unos jóvenes en traje de baño.

Ya en tierra las opciones para trasladarse son abordar un ferri, por 90 euros, que cruza hasta St. Barths en unos 45 minutos o tomar una avioneta, por 70 euros, para arribar 15 minutos después.

La otra diferencia, además del tiempo que se invierte en el trayecto, es que las avionetas descienden en medio de dos montañas y si las condiciones del viento no resultan óptimas, es frecuente que se eleven para intentar un segundo aterrizaje, lo cual también distrae la mirada de los bañistas que se encuentran a unos cuantos pasos de la pista de aterrizaje.

La exclusividad, como es evidente, es un premio para unos pocos; pero en St. Barths esa máxima de Perogrullo ha derivado en uno de los sitios más peculiares del planeta.

 

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