Encuentran el increíble fósil del primer gigante de la historia

La voluntaria del Instituto de Dinosaurios del NHM, Viji Shook, se tumba junto al cráneo de Cymbospondylus youngorum para obtener una escala, durante la preparación del espécimen. Foto de Martin Sander, cortesía del Museo de Historia Natural del Condado de Los Ángeles.

Se trata de una bestia de 244 millones de años cuyos 17 metros rivalizarían con las actuales ballenas

No solemos reparar en ello, pero lo cierto es que tenemos la suerte de convivir con el animal más grande que jamás ha existido. Nos maravillan los extintos dinosaurios y los ya pretéritos mamuts lanudos, pero nadie supera en peso a la imponente ballena azul. Los expertos todavía no entienden al detalle cómo pudieron hacerse tan descomunalmente grandes, pero un nuevo descubrimiento realizado en las Montañas Augusta de Nevada, en Estados Unidos. El fósil de un gigante que vivió hace 244 millones de años, cuando su tamaño era incluso más remarcable de lo que sería ahora. Un igual con el que comparar a los cetáceos para poner en contexto su tamaño y aclarar, de una vez por todas, qué los hace tan especiales.

La densidad del agua ayuda a contrarrestar a la gravedad, permitiendo que los cuerpos de los animales marinos crezcan sin temor de colapsar bajo su propio peso. Su tamaño les proporciona ventajas frente a los predadores, volviéndose prácticamente invulnerables cuando alcanzan la madurez. La ventaja del tamaño y la posibilidad de alcanzarlo en los mares quedan claras, pero no lo soluciona todo. Otro aspecto clave es la alimentación, porque para alcanzar semejantes tamaños hay que obtener una cantidad de alimento sin parangón. Hasta ahora, creíamos que el tamaño de las ballenas solo se hizo posible tras la aparición del plancton del que se alimentan, mucho más prolífico que sus antecesores del mesozoico, donde vivió nuestra bestia. Y aquí está la clave, porque este nuevo descubrimiento arroja luz, pero también la quita, obligándonos a replantear lo que creíamos saber sobre las ballenas.

Reptiles marinos gigantes

El nombre del fósil que ha revolucionado la disciplina es Cymbospondylus youngorum. Sus primeras vértebras fueron halladas en 2011 y no llamaron demasiado la atención. Ha sido su cráneo, de dos metros de longitud, lo que ha hecho saltar la alarma académica. Se estima que aquel reptil marino vivió hace 244 millones de años, al principio del Triásico, la primera de las partes en que dividimos la Era Mesozoica que vio nacer y morir a los dinosaurios no avianos. Por aquel entonces el tamaño de la vida era bien distinto al actual. A los dinosaurios les faltaba muy poco para aparecer y, aunque algunos antepasados de los mamíferos tenían una envergadura pavorosa, no se acercaban ni por asomo a los 17 metros que se estima que medía Cymbospondylus youngorum. Para hacernos una idea, el famoso tiranosaurio medía 12 metros, aproximadamente, un cachalote grande mide 18 metros, lo mismo que un rorcual común de tamaño modesto. Esto significa que aquel monstruo marino rivalizaba con los animales más grandes que han surgido en el planeta y lo hizo cuando la vida estaba empezando, como quien dice.

De hecho, para entenderlo bien hemos de tener en cuenta que el C. youngorum pertenecía al orden de los ictiosaurios, reptiles que se habían vuelto a adaptar al mar tras abandonarlo por completo. Su cuerpo recuerda tanto al de los cetáceos que llevamos décadas comparándolos con delfines y ballenas, pero solo ahora empezamos a entender cuán paralelas han sido sus historias. Desde que los antepasados terrestres de las ballenas se volvieron a adaptar al mar, tardaron varias decenas de millones de años en alcanzar tamaños equivalentes a los del C. youngorum. Sin embargo, el fósil del que estamos hablando dista tan solo 8 millones de años desde la aparición de los ictiosaurios. Su paso de tierra a mar fue equivalente al de los cetáceos, lo que se conoce como evolución convergente, pero no solo lo consiguieron en un mar aparentemente menos propicio (por la falta del plancton suficiente), sino que lo hicieron en muchísimo menos tiempo. ¿Qué sucedió?

Crisis u oportunidad

Por otro lado, hay que tener en cuenta que los dientes cónicos del Cymbospondylus youngorum sugieren una dieta similar a la de otros odontocetos, como el cachalote (con cuyo tamaño encaja bastante bien), por lo que la ingesta de plancton por filtración, como realizan otras ballenas desdentadas como la azul o la vasca (misticetos) no sería técnicamente necesaria para esta especie en concreto. De hecho, parece que su crecimiento pudo estar relacionado con el aumento de moluscos como los amonites y conodontes. Y a pesar de que todo esto sigue sugiriendo ciertas dudas, hay algo muy interesante que une a ambos casos, tanto el de las ballenas como el de los ictiosaurios.

Ambos crecimientos habrían estado provocados, en parte por la radiación evolutiva normalmente asociada a las grandes extinciones. Dicho de otro modo, cuando ocurre una gran catástrofe y se extinguen muchas especies otras tienen la oportunidad de adaptarse para ocupar su puesto. Algo así sucedió en el caso de las ballenas y encaja con la mayor extinción de la historia, la gran mortandad que tuvo lugar hace 252 millones de años, suponiendo el paso del Pérmico al Mesozoico. Queda mucho por investigar, pero el tamaño de este fósil ha supuesto un paso sumamente importante para entender la historia de nuestro planeta.

Los ictiosaurios no son dinosaurios, son reptiles como los pterosaurios, los plesiosaurios y otros grandes animales que colonizaron los océanos y los cielos durante el Mesozoico. El sufijo “-saurio” hace referencia a eso, a su naturaleza reptiliana, no a que sean dinosaurios (cuya etimología mezcla ese mismo sufijo con un prefijo que significa “terrible”).