Encuentran los motivos ocultos del cerebro que nos llevan a ser generosos

generosidadEncuentran las conexiones entre distintas regiones cerebrales que indican si una persona es egoísta o generosa

Los motivos que impulsan nuestro comportamiento hasta ahora habían permanecido ocultos a los demás y, en ocasiones, incluso a nosotros mismos. Se quedaban en la esfera de lo privado, en eso que algunos psicólogos conductistas denominaban la «caja negra» de nuestro cerebro. Pero la neurociencia moderna no se conforma con esa explicación antigua y quiere investigarlo todo detalladamente.

Cuenta para ello con un potente aliado: la ventana indiscreta que abren en el cerebro las técnicas de neuroimagen como la resonancia magnética, entre otras. Estas permiten ver qué zonas del cerebro se activan cuando hacemos o sentimos algo. Sin embargo, ese planteamiento puede ser demasiado simplista. Es mucho más relevante averiguar cómo fluye la información entre las distintas zonas del cerebro. Fijándose en esto, investigadores de la Universidad de Zurich han logrado averiguar algunos de los motivos que nos llevan al altruismo.

El deseo de «procurar el bien de los demás», como se define este comportamiento, puede estar promovido por la empatía (la capacidad de ponerse en el lugar del otro) o por la reciprocidad (sentirse en la obligación de devolver un favor). Y al parecer, ambos casos tienen una rúbrica diferente en el cerebro, que permite incluso hacer predicciones sobre este comportamiento. Además han averiguado que el cerebro de las personas egoístas funciona de forma diferente al de los altruistas. Estos hallazgos los publica hoy la revista «Science».

En todos los casos, las regiones que se activan son las mismas. Y lo que varía es la forma en que se conectan entre ellas. Cuando la razón del altruismo es la empatía, o capacidad para ponerse en lugar del otro, se establece una conexión entre la corteza cingulada anterior y la insula anterior. Estas dos estructuras están relacionadas con la motivación y la percepción de las sensaciones procedentes del propio cuerpo. La ínsula se considera además un puente entre la representación de las acciones y la emoción que esa representación nos produce, algo que está en la base de la empatía.

Sin embargo, cuando el motivo del altruismo es la reciprocidad, o la intención de devolver un favor recibido, la conexión entre la ínsula y la corteza cingular es más débil. Y en este caso, además, entra en juego una tercera zona, el estriado ventral, que forma parte del sistema de recompensa del cerebro. En otras palabras, la forma en la que esas regiones se comunican cambia dependiendo de los motivos que nos llevan a ser altruistas.

Patrón fijo

Mediante resonancia magnética funcional, los investigadores de Zurich han podido observar que los motivos que impulsan al altruísmo son diferentes en las personas egoístas y en las prosociales, las que están dispuestas a hacer cosas para beneficiar a los demás. De forma que para predecir el comportamiento, sólo hay que mirar qué redes neurales se activaban en el cerebro, según han asegurado los investigadores.

«Nuestro trabajo muestra que los distintos motivos tienen una representación neurofisiológica diferente en el cerebro. Aunque tanto la empatía como la reciprocidad incrementan la frecuencia de los comportamientos altruistas en la misma cantidad, cada uno está asociado con un patrón diferente de conectividad cerebral que hace posible predecir los motivos con una precisión elevada».

Además sus observaciones se pueden generalizar, tal como explican: «Pudimos predecir los motivos que indujeron el comportamiento en cada sujeto basándonos en los datos obtenidos no de su propio cerebro, sino del cerebro de otros participantes. Esto significa que el patrón de conexiones específico de cada motivo [empatía o reciprocidad] es similar en todos las personas», han añadido. Según los investigadores de Zurich, de su trabajo se deduce también que la ayuda a los demás que surge de la empatía es un comportamiento más primitivo que la reciprocidad.

Y curiosamente, las personas egoístas tienen más facilidad para hacer cosas por los demás cuando se ponen en su «pellejo». O sea, que es la empatía la que les mueve a hacer cosas en beneficio del prójimo. «El egoísta es más sensible a la empatía porque ésta, por definición, te hace sentir como el otro. De alguna forma, lo vive es como si te pasara a él. Y precisamente por eso, porque siente como si le pasara a él, su respuesta es a la vez altruista y egoísta. La reciprocidad, en cambio, implica reconocer al otro, y parece que ahí los egoístas, que se reconocen solo a ellos, fallan a la hora de ser altruistas», ha explicado: Francisco Claro Izaguirre, Profesor de Psicología de la Universidad Nacional de Educación a distancia.

Para llegar a estas conclusiones, los participantes se dividieron en dos grupos. En uno observaban cómo otra persona recibía descargas eléctricas dolorosas, provocando con ello una respuesta empática en el participante (empatía). En el otro grupo, los participante veían cómo otra persona daba parte de su dinero para salvarle de recibir calambres, lo que suscitaba un deseo de devolverle el favor (grupo reciprocidad).

Este estudio podría tener una aplicación en los casos de comportamiento antisocial, resaltan los psicólogos Sebastian Fluth y Laura Fontanesi, de la Universidad de Basilea, que analizan el estudio en otro artículo de «Science». Y permitiría decidir si se deben promover la empatía o la reciprocidad para mejorar los comportamientos altruistas en las personas con pocas habilidades prosociales.