Está es la lista definitiva para construir un mundo sin químicos

Tabla periódica

Este artículo científico enumera, por primera vez y de forma rigurosa, todos los productos libres de químicos que hay en el mercado.

La RAE todavía no ha aceptado la palabra “quimiofobia”, pero va camino de ello. Fundéu, por ejemplo, ya la recomienda como alternativa a “quimifobia” para referirse a quienes sienten aversión a las sustancias químicas, o más concretamente a las sustancias químicas que reconocen. La palabra se ha popularizado durante los últimos años; ahora es casi de uso común y aunque hay quien empieza a preocuparse por estas personas, las empresas juegan al despiste y no es raro que vendan como productos libres de químicos sustancias que, en realidad, no lo son. ¿De quién nos podemos fiar en este mercado? Hasta ahora la respuesta era complicada, porque no existía ninguna lista rigurosa a la que acudir para consultar si un producto tenía químicos o no; pero, por suerte, la situación acaba de dar un vuelco.

Para ser precisos, cambió en 2016, pero el artículo científico del que hablaremos no logró gran eco en la prensa. La revista de investigación científica alemana Chemie in Unsere Zeit (La química en nuestro tiempo) había publicado la polémica investigación bajo el título de Chemiefreie Haushaltsprodukte (Productos domésticos sin sustancias químicas). En él, tres expertos atajaban de una vez por todas el dichoso problema: Goldberg, Roth y Chemjobber.

Una declaración de intenciones

En palabras de los propios investigadores: “Hemos realizado un estudio exhaustivo de los productos más comunes que se comercializan como “sin sustancias químicas” y hemos preparado un análisis detallado de los productos que están debidamente etiquetados como tales.” Esa era su intención, pero los resultados son desalentadores “En resumen, no hay muchos” se lamentan los expertos. “Creemos que el uso popular del término ‘libre de sustancias químicas’ es de gran interés (y de mayor malestar aún) entre los químicos de todos los ámbitos, que nuestras conclusiones son de aplicación general y que nuestro análisis es suficientemente sólido”. La importancia la dejan más que clara, pero van más allá, porque no solo son necesarios, sino los primeros: “Además, aunque este tema se discute con frecuencia en muchos círculos de la comunidad química, hasta donde sabemos no se ha publicado ningún estudio revisado por pares sobre este tema y con esta extensión. […] Esperamos que este artículo sirva como recurso práctico para la educación química y la defensa de la ciencia, y que los ejemplos que se describen en él proporcionen una orientación útil para las prácticas adecuadas de marketing y etiquetado”.

Y es que la claridad con la que escriben los expertos es tal que podemos tomar fragmentos completos de la investigación y compartirlos sin la necesidad de adaptar el lenguaje. Por ejemplo, así es como comienza exactamente el famoso artículo: “Los productos domésticos de la industria alimentaria y cosmética se anuncian y declaran casi inflacionariamente con el atributo “sin sustancias químicas”. Estas clasificaciones son a menudo incorrectas y sugieren al consumidor que los productos correspondientes proceden de fuentes naturales, son especialmente saludables o están completamente libres de sustancias sintéticas. Examinamos detenidamente las etiquetas de un gran número de estos productos, como cosméticos, limpiadores domésticos, suplementos de hierbas, alimentos procesados y bebidas. Como resultado, hemos podido elaborar una lista completa de todos los productos domésticos verdaderamente “libres de sustancias químicas”.

La lista

A continuación de esas rotundas palabras podemos encontrar la ansiada lista de sustancias, una enumeración que hemos creído apropiado compartir aquí para cualquiera que sienta curiosidad y, sobre todo, para que las empresas dejen de aprovecharse de la falta de información que hay sobre este tema. Así que, sin más dilación, he aquí el inventario completo de productos sin químicos:

Y eso es todo. No es una broma nuestra, es exactamente lo que podemos encontrar en el artículo, un espacio en blanco que cubre todo desde el principio que compartimos antes hasta el final del artículo. Es la manera que tuvieron los investigadores de denunciar que no hay absolutamente ninguno, y no porque las empresas no se esfuercen, sino porque es imposible. El artículo tiene un doble fin. Por un lado, criticar las malas prácticas de la industria, que promete quimeras aprovechándose de lo que la gente desconoce. Y, por otro lado, tratar de arrojar algo de luz sobre el controvertido concepto “sin químicos”.

¿Qué está sucediendo?

Dejemos claro cuanto antes que entendernos nos “sin químicos”. Hay muchas personas que usan el término como sinónimo de “natural”. Ellos defenderán que saben perfectamente que cualquier sustancia de nuestro alrededor, desde los chisporroteos de nuestro cerebro hasta las nueces y la Batamanta, están formados por químicos, combinaciones de los 90 elementos que componen todo lo que hay en el universo (hay otros 28 elementos artificiales). El caso es que, que podamos expresarlos con abreviaturas como Cu (cobre) o Fe (hierro) no los hace menos naturales, como tampoco lo hace que exista una forma de bautizar sus combinaciones empleando jerigonza como “ácido 3-hidroxi-1,3,5-pentanotricarboxílico” que, por intimidante que pueda parecer, no es otra cosa que la sustancia que da su acidez a los limones, las naranjas, las mandarinas… Para ser precisos, es el ácido principal de los cítricos, pero no el único, y todos cuentan con nombres que rozan el trabalenguas.

Podemos decir, por lo tanto, que no existe tal cosa como una sustancia “sin químicos”, a no ser que con “químicos” nos refiramos a aquellas personas que han estudiado la carrera de química, en cuyo caso agradecemos que las empresas prescindan de ellos entre los ingredientes de sus productos. El canibalismo no está bien visto, ni entre quimiófobos ni entre científicos. Pero, es que incluso si nos entendemos y aceptamos que quienes reniegan de “los químicos” saben de lo que están hablando, incluso si asumimos que se refieren a las sustancias producidas en laboratorios, tampoco es que puedan llegar muy lejos con el argumento.

Un mal enfoque

Los fármacos que tomamos, por ejemplo, incluso cuando vienen de moléculas que hemos encontrado en la naturaleza como el ácido acetil salicílico de las cortezas de los sauces (las cuales contienen el principio activo de la insigne aspirina), ya no se produce “afeitando” el tronco de los árboles. Existen maneras de producir exactamente la misma molécula en un laboratorio, indistinguible en cualquier aspecto. De hecho, es mucho más seguro porque podemos controlar exactamente las cantidades y asegurarnos de que no se cuelen las muchas otras sustancias peligrosas que la naturaleza ha puesto en la corteza del sauce (y en casi cualquier otra planta).

Hay sustancias sintetizadas en laboratorios que son realmente tóxicas y peligrosas, por supuesto, como también lo son algunos venenos de la naturaleza, muchos presentes en alimentos que consumimos a diario (aunque en cantidades tan bajas que son seguras de ingerir). No podemos usar nada parecido a un criterio de “natural vs artificial” para separar las sustancias peligrosas de las que no lo son, porque hay de todo en uno y en otro lado. Es más, una misma sustancia puede ser beneficiosa para algunas cosas y peligrosa para otras. Sin ir más lejos, tu estómago es un pozo de ácido clorhídrico (el componente del salfumán). Gracias a él somos capaces de hacer la digestión, pero cuando se desregula puede producirnos úlceras. Algo parecido pasa con el bicarbonato, lo necesitamos en ciertas cantidades para contrarrestar el ácido de nuestro organismo (no solo del estómago), pero un exceso puede matarnos a través de una alcalosis metabólica.

Porque tal vez, en lugar de dividir las cosas entre “químicas y naturales”, deberíamos hacerlo, directamente, entre peligrosas (en según qué circunstancias), indiferentes y beneficiosas (también según cuándo y cómo). Por suerte para todos, no es posible un mundo sin químicos, y, en cuanto a cómo llamamos a las cosas, por supuesto que la clave está en entendernos, pero eso no quita que “una sustancia sin químicos” sea una expresión tan equivocada como “un pollo sin células”. No nos burlemos, pero tampoco olvidemos el sinsentido que se está debatiendo ahí afuera.

Corre por las redes una versión de este artículo supuestamente publicada en 2014 en Nature Chemistry, pero es solo un trampantojo hecho por la propia revista para su blog. Según dicen ellos mismos: “[…] pensamos que no podíamos publicar este artículo en la propia revista, ya que eso significaría utilizar productos químicos… y eso no parecía adecuado para un artículo sin productos químicos, así que, desgraciadamente, no pasó el corte”. Por eso se publicó dos años después en una revista alemana de bajo impacto.