Esta es la pequeña ciudad con más museos y arquitectura moderna de Europa

Zona de terrazas junto al Rin, con la antigua Basilea como telón de fondo – @jfalonso

Basilea (Suiza), con menos de 200.000 habitantes, cuida apasionadamente los espacios culturales, desde sus 40 museos a decenas de edificios construidos por los mejores arquitectos del mundo

En Basilea hay cuarenta museos y menos de 200.000 habitantes, una feliz saturación que deja perplejos a quienes no la conocen. La primera cifra se repite muy a menudo en cualquier conversación en esta ciudad históricamente vinculada a la cultura, a los primeros tiempos de la imprenta, al humanismo (en la catedral protestante está enterrado el católico Erasmo de Rotterdam), a la arquitectura moderna, al arte (Art Basel) e incluso al ‘street art’. En esta esquina de Suiza, a una hora de Zúrich en tren y a unos pocos pasos (literalmente) de Francia y Alemania, se ha construido durante siglos un pequeño tesoro quizá aún poco conocido en España. Una delicia para planear una escapada corta en Europa, buena alternativa a las capitales tradicionales de los ‘city breaks’. En las siguientes líneas resumimos algunas razones para organizar el viaje.

  1. Goya y Renzo Piano
Edificio de la Fundación Beyeler, obra de Renzo Piano – @jfalonso

La unión del genio de Fuendetodos y el edificio de la Fundación Beyeler, diseñado por Renzo Piano en 1997, podría parecer sorprendente. El museo siempre ha sido un templo del arte moderno, tanto por las obras que allí se exponen como por el edificio creado por el arquitecto italiano, el primero concebido para ver el arte con luz natural. Y sin embargo las dos perspectivas casan sin chirriar en la exposición más importante de Goya realizada nunca en el extranjero, con más de 70 pinturas y un centenar de dibujos procedentes de museos y colecciones privadas. La Beyeler está en Riehen, a las afueras de Basilea, en un entorno de naturaleza que fue prioritario para Ernst Beyeler y Renzo Piano a la hora de elegir el lugar. De hecho, el museo se concibió como una prolongación del entorno, entre árboles y agua. Allí se puede llegar en tranvía, desde la estación de Basilea, o en bicicleta eléctrica, por el parque Lange Erlen. No hay ninguna ruta oficial que siga este camino, pero es una zona frecuentada por colegios o caminantes, sin mayor complicación, y la experiencia de acercarse al museo desde el otoño encendido del bosque resulta mágica. Un detalle más: el Beyeler Restaurant, instalado en una antigua villa barroca situada en el Berower Park, a escasos metros del museo, ha sido diseñado por el estudio español Casa Muñoz.

  1. Parada en Vitra
Museo del complejo Vitra, obra de Frank Ghery – @jfalonso

Desde la Beyeler (en Riehen, Suiza) al complejo Vitra (en Weil am Rhein, Alemania) hay menos de cinco kilómetros. Se puede ir en transporte público, claro, pero también andando o en bici. El camino, entre los viñedos de Tüllinger Berg, es también un paseo de arte, con veinticuatro paradas en otras tantas esculturas creadas por Tobias Rehberger. El plan compensa: Goya por la mañana, ruta de arte para bajar la comida y luego cita en el complejo Vitra. El museo -el primer trabajo de Frank Gehry en Europa, en 1989- es un paraíso para los aficionados al diseño y a su relación con la arquitectura, el arte y la cultura cotidiana. Ahora aloja una exposición temporal (cierra a las 17.00 h) dedicada a las mujeres en el diseño. Alrededor de este edificio hay un complejo conocido de sobra por todos los aficionados a la arquitectura, con un puñado de edificios de primer nivel. Entre ellos, la famosa estación de bomberos, el primer trabajo (1993) de la luego globalmente conocida Zaha Hadi (1950-2016), o VitraHaus, de Herzog & de Meuron, la tienda insignia de Vitra y el hogar de la Vitra Home Collection. Algunos de esos edificios pueden verse por un paseo exterior que rodea las fábricas, para el que no hace falta reservar. En cambio, para descubrir el interior del complejo y las naves de producción (por ejemplo, las de Frank Gehry o Alvaro Siza) hay que hacerlo con una ruta guiada.

  1. El Cristo del Kunstmuseum
Túnel que une el edificio clásico del Kunstmuseum y la zona nueva – @jfalonso

La colección del Museo de Arte de Basilea (Kunstmuseum) es tan extensa -del siglo XV hasta el presente- que igual podemos dedicarle un rato para ver una obra en concreto que un día entero. En cualquier caso, la visita siempre emociona. De sus paredes cuelga -por ejemplo- ‘El cuerpo de Cristo muerto en la tumba’ (1521), de Holbein, que impresiona sobremanera. Hay quien viene a Basilea solo para observar con detenimiento esta pintura alargada, del tamaño de un ser humano, en la que la silueta de la muerte parece tan terriblemente próxima. Hay obras de Konrad Witz, de Lucas Cranach, de Rubens, de Troy, de Renoir, Gaugin o Van Gogh, de Giacometti, Kandinsky o Klee, de Picasso… Y en la zona nueva podemos ver hasta final de enero una exposición dedicada a Camille Pissarro (1830-1903). A esta zona nueva diseñada por el estudio de arquitectos Christ & Gantenbein, situada al otro lado de la calle, se accede desde el edificio histórico por un impresionante túnel que invita a pensar en una conexión entre el pasado y el futuro, un prodigio desde el punto de vista museístico. El nuevo edificio fue inaugurado en 2016, tras una inversión de 92 millones de euros.

  1. El puente de los tres países
Puente o pasarela de los tres países – @jfalonso

Esta pasarela que atraviesa el Rin tiene a un lado Alemania (Weil am Rhein), al otro Francia (Huningue) y enfrente, a unos cien metros, Suiza. Al volver desde el complejo Vitra a Basilea hay que detenerse obligatoriamente en esta obra del arquitecto franco-austríaco Dietmar Feichtinger, instalada en 2006 e inaugurada en 2007, y tratar de entender el sitio tan peculiar de Europa en el que estamos, en una esquina entre tres países refrendada por un monumento conmemorativo que parece un mástil con tres banderas sin desplegar. La pasarela tiembla ligeramente, no en vano se le considera el puente reservado a peatones y bicicletas más largo del mundo (238 m). Por el río circulan de nuevo los barcos de cruceros que unen Basilea y Ámsterdam, entre otros recorridos.

  1. Arquitectura moderna
Al fondo, el edificio Helsinki, de Herzog & de Meuron, en el nuevo desarrollo del barrio Dreispitz – @jfalonso

La arquitectura moderna es a Basilea lo que el esquí a los Alpes. Es la pequeña ciudad europea con más edificios reseñables, muchos de ellos firmados por premios Pritker. Las grandes estrellas son, sin duda, Jacques Herzog y Pierre de Meuron, amigos y colaboradores desde siempre, nacidos aquí. Más de treinta obras llevan su firma, según una guía colgada en su web, entre ellas el desarrollo de la ciudad Roche, el edificio Helsinki (en el nuevo barrio Dreispitz, situado en la antigua zona aduanera), el hotel Volkshaus o la ampliación también reciente del auditorio. Ese simple dato basta para entender que una ruta arquitectónica exhaustiva podría llevar varios días. Se ha convertido en una seña de identidad tan importante para la ciudad que da la impresión de que cada nueva casa, restaurante o museo tiene un sello especial. Cabe destacar la ciudad que está construyendo la farmacéutica Novartis. Cada uno de sus edificios tiene una gran firma detrás: Frank O. Gehry, Diener & Diener, Sanaa… Allí se está finalizando ahora un nuevo pabellón que servirá como recepción de visitantes y como museo de las maravillas de la Medicina, que estará abierto al público en horario laboral en otoño de 2022. Antes de la pandemia, la Oficina de Turismo de Basilea organizaba visitas guiadas los sábados a esta ciudad de los prodigios, pero aún no se han reanudado. El complejo de Roche, con sus tres rascacielos (el tercero, en construcción) y el de Novartis se miran a la cara desde la distancia, a un extremo y otro de Basilea, cerca del río. Son dos gigantes de la industria y de la arquitectura moderna en una ciudad que tiene infinidad de otros ejemplos para admirar.

  1. La invasión del street art
Una obra del colectivo The London Police, en Basilea – @jfalonso

En la ciudad donde se celebra Art Basel no podría faltar una ruta de arte urbano. En estas calles hay 25 trabajos firmados por Invader, un francés que experimenta en distintos formatos con la pixelación de los videojuegos de 8 bits de los años 70/80. Tiene tantos fans por el mundo que muchos de ellos fotografían cada obra para subir la imagen a una aplicación y competir entre los que han ido a más ciudades y han visto más trabajos con su firma. El colectivo The London Police también tiene un mural en Basilea. Y en la puerta del Grand Hotel Les Trois Rois hay un Bentley pintado con la técnica del grafiti que mucha gente fotografía sin parar. Hasta es arte un adoquín metálico con una declaración de amor incrustado en una calle peatonal cualquiera.

  1. La Basilea medieval
Catedral de Basilea

En Basilea tienen tanto peso los museos y la arquitectura que pudiera parecer que han descuidado su zona antigua. No es así. Solo un paseo entre sus calles compensa el viaje. La ciudad reconstruida tras el terremoto de 1356 (un año que se enseña y se repite generación tras generación) es bella y encantadora, con rincones fotogénicos, con pequeñas plazas y calles que serpentean en una de las dos colinas que cobijan el ‘valle’ o zona central, por la que circulan los tranvías. En su momento tuvo dos murallas, de las que apenas quedan unos cuantos restos, sobre todo la puerta de Spalen. El edificio del Ayuntamiento, en la plaza del Mercado, tiene 500 años. Cerca, en la calle Spalenberg, está la tienda de objetos de Navidad más conocida del mundo (la de Johann Wanner), por la que suelen pasar miembros de la realeza europea para decorar sus casas. En la catedral (protestante), reconstruida tras el terremoto, está enterrado Erasmo de Rotterdam (católico), lo que da idea del respeto que logró y conserva en la ciudad. Y en algunas puertas de ciertas calles peatonales aún cuelga un bolsa con el periódico del domingo cargado de suplementos.

  1. El Rin
Atardecer junto al Rin, en Basilea – @jfalonso

Las ciudades europeas atravesadas por un río importante (qué decir del Rin) lucen importantes y deslumbrantes. Al lado del río hay que pasear, salir a correr, tomar una cerveza, charlar o leer. Aquí, en la ribera exterior, hay muchos bares y restaurantes, con la ciudad vieja enfrente, con el sol que se esfuma entre la noria y los edificios medievales. Incluso hay balcones con asientos para admirar el paisaje al atardecer o para quedarse embobado con la barcaza que traslada a unos pocos pasajeros de orilla a orilla. Unos cientos de metros más allá está el Gannet, un buque británico de seiscientas toneladas extraído del fondo del mar en 2019 y convertido en la aparatosa estrella de un espacio de ocio.