Esta es la verdadera historia de los “cretinos” de los Alpes

Retrato de Eugène Trutat, un hombre con síndrome de deficiencia de yodo congénito – Wikipedia

En 1811 se descubrió el elemento químico número 53 de la tabla periódica, el cual permitiría el tratamiento de una de las enfermedades más antiguas de la humanidad.

La nómina de improperios del capitán Haddock es inmensa, desde ectoplasma hasta cercopiteco pasando por cromañón o cretino de los Alpes. La palabra cretino procede del francés «crétin», que a su vez deriva etimológicamente de «chrétien», cristiano.

Parece ser que esta mofa se comenzó a usar en la región de Saboya para referirse a los que habitaban al otro lado de los Alpes, los actuales suizos, los cuales se acogieron al credo cristiano, de ahí su nombre, difundido por los reformistas del siglo XVI.

Los viajeros que se acercaron a estos lugares describieron inquietantes números de hombres y mujeres con enormes bocios, labios gruesos, bocas permanentemente abiertas y, en algunos casos, un retraso mental más que manifiesto.

La culpa está en las aguas

Descripciones con bocio se conocían desde tiempos remotos, aunque no se tuviera constancia de las causas exactas que lo producía. Los primeros diagramas y dibujos que representan esta alteración tiroidea se los debemos a los anatomistas del Renacimiento, y en especial a Leonardo da Vinci.

Sin embargo, las primeras referencias escritas son mucho más antiguas, se atribuyen al emperador chino Shen-Nung, que vivió hace casi cinco mil años. Durante siglos los médicos chinos atribuyeron la génesis de esta enfermedad a la mala calidad de las aguas, a determinadas condiciones de vida e, incluso a «emociones profundas».

En el siglo V a.C el padre de la medicina, Hipócrates, consideró que la causa del bocio se encontraba en el agua, sin poder llegar a grandes precisiones. Siglos después en algunos lugares de Europa central se pensaba que era la consecuencia de un trabajo agotador, de frecuentes ataques de tos, de la acción nociva de los rayos selenitas o la derivada de un parto complicado.

Y al fin el yodo…

Con tan disparatas teorías era muy complicado encontrar un remedio curativo. Para detener esta epidemia los médicos aplicaron medidas tan dispares como secar las marismas para convertirlas en tierras cultivables, talar los árboles que crecían a menos de cincuenta metros de las viviendas o incrementar la ingesta de productos cárnicos.

Los galenos chinos fueron los primeros en intuir el tratamiento correcto: las cenizas de las esponjas del mar. Fueron las lecturas de aquellas descripciones milenarias las que fustigaron, aunque con otra intencionalidad, la mente de un químico francés, Bernard Courtois.

En 1811 estudió la composición química de las algas y descubrió un elemento químico desconocido hasta entonces, el yodo. Ahora solo faltaba unir el yodo con la génesis del bocio. Antes de 1880 se ignoraba que la glándula tiroides tuviera algún tipo de funcionalidad en nuestro organismo y mucho menos su implicación en la producción de hormonas tiroideas.

En 1883 un reputado cirujano suizo, Teodoro Emile Kocher (181-1917), publicó un artículo en el cual alertaba de las terribles consecuencias de realizar una extirpación completa de la glándula tiroides.

Este galeno observó en su dilatada experiencia -se le atribuyen más de dos mil cirugías tiroideas- que tras la exéresis glandular los pacientes desarrollaban un abigarrado cuadro clínico que afectaba tanto a la esfera física como psíquica.

Alertado por estos estudios, en 1895 el bioquímico alemán Eugen Baumann (1846-1896) descubrió que la glándula tiroides contenía yodo. En definitiva, los «cretinos de los Alpes», lejos de ser un malicioso insulto, era una enfermedad endémica ocasionada por un problema nutricional. La culpa de la imbecilidad alpina la tenía un elemento químico de número atómico 53: el yodo.

La deficiencia de este elemento químico es, probablemente, la primera enfermedad nutricional conocida por el hombre.

Por: Pedro Gargantilla M.D.