Esta podría ser la mayor mentira de la ciencia

Escuela de Atenas (Rafael Sanzio)

Solemos decir que la ciencia nació en la antigua Grecia cuando pasamos del mito al logos, pero es, posiblemente, una de las mayores ficciones de la historia

Hubo un tiempo en el que tratábamos de explicar el mundo con magia. Las leyendas eran mucho más que historias y la civilización las tomaba como libros de texto capaces de dar cuenta de los hechos más variados, desde las tormentas hasta la enfermedad, pasando por el mismo origen de la vida. Sin embargo, hubo un punto de inflexión, un momento en torno al siglo VI a.C. en el que los griegos abandonaron los mitos para encomendarse a la razón. Aquel fue el origen de la ciencia y la filosofía bajo el nombre de uno de los siete sabios de Grecia, Tales de Mileto. O al menos así es como suele ser contado, como una sustitución limpia, sincronizada y deliberada. Pero ¿es cierto? ¿O estamos acaso ante un mito más? ¿Es el paso del mito al logos una de las mayores mentiras de la ciencia?

La idea de que existió una transición clara entre una época donde dominaba el pensamiento mágico y otra liderada por el pensamiento racional es algo que sigue contándose en colegios e incluso algunas universidades. Está profundamente arraigada en nuestro conocimiento acerca de la historia de las ideas. Ya sea en libros de historia de la filosofía o en historia de la ciencia, parece que aquel momento fuera una suerte de Big Bang cognitivo, algo casi artificial que ha llevado a especular salvajemente, dando a luz ideas tan absurdas como la de contactos con civilizaciones alienígenas o con un campo Akáshico. Sin embargo, habría una explicación mucho más sencilla para explicar este punto de inflexión tan drástico que no requiere ni extraterrestres ni ficticios campos de información- Esa explicación consiste simple y llanamente en reconocer que es falso.

Una fábula

Las narrativas son muy poderosas, son nuestra manera de organizar una realidad confusa y llena de cabos sueltos y causalidades que se entrecruzan. Al podarlas de detalles y excepciones, la historia se vuelve más sencilla y fácil de transmitir, aparecen las moralejas y se transforma en un cuento. Claro que podar no es lo único que podemos hacer para fabular la realidad, podemos exagerar las cosas. Y claro, si recortamos las excepciones y extremamos algunos cambios nos encontraremos que todo parece avanzar en una dirección clara y al unísono. Así es como hemos entendido el progreso en tiempos remotos, como una suerte de fuerza inefable que nos empujaba en la dirección correcta.

Cuando reparamos en los detalles y profundizamos en qué decía cada pensador, tanto los grandes como los pequeños, encontramos que aquel legendario cambio del mito al logos fue muy diferente. Pongamos como ejemplo al primer presocrático, al padre de la ciencia y la filosofía, a Tales de Mileto. Cierto es que Tales es el primer gran pensador que parece haber entendido que no suceden arbitrariamente por la voluntad de nadie, sino que se deben a una serie de regularidades implícitas en la propia naturaleza. Sabiendo esto, Tales comenzó a hacerse preguntas y, para responderlas, trataría de dar énfasis a las deducciones y razonamientos que partieran de lo que él podía observar, dejando a un lado las historias complacientes.

Estos primeros científicos dieron especial importancia al estudio de lo que llamaron “arché de la physis”, que significa algo así como el principio de la naturaleza. Una sustancia de la que deriva todo lo que conocemos y que Tales dedujo que debía de ser algún tipo de agua, aunque posiblemente diferente a la que conocemos nosotros. Claramente, Tales estaba equivocado, pero lo que cuenta en esta historia es su intención de aplicar la razón. El problema es que, como decimos, el salto no fue tan límpido como nos han hecho creer.

Su discípulo

Dicen los textos de historiadores antiguos que Tales fue maestro de Anaximandro, otra mente preclara que aplicó la razón con buena intención, aunque arrojando conclusiones parcialmente equivocadas. Para él los terremotos se debían a vientos que soplaban a través de las cavidades de la Tierra y los animales evolucionaban de unos a otros. Sin embargo, comenzamos a ver el peso del mito cuando profundiza en esto y el sabio dice que, hace tiempo, en el fondo del océano vivían una suerte de monstruos marinos recubiertos de duras escamas. Cuando estos seres quedaron varados por la evaporación del mar, el Sol comenzó a secar su cubierta hasta que, literalmente, estallaron. De ese modo, en su interior quedaron expuestos los primeros humanos, que ya habitaban sus entrañas.

Heráclito se nutrió de alegorías casi míticas para explicar el mundo y Platón recurrió a las leyendas como técnica pedagógica. Incluso más adelante el mito se siguió mezclando con el logos. Para muchos sectores de la población las causas sobrenaturales siguen siendo un recurso perfectamente válido, tanto como lo eran antes de la ciencia (e igual de poco rigurosas para explicar el mundo). Si somos justos la ciencia no nació de la noche a la mañana y la supremacía de la razón no fue algo que se lograra de la noche a la mañana, sino a través de un nacimiento bastante accidentado que, incluso en nuestros días, no está exento de oposición.

Por: Ignacio Crespo

A pesar de estas inexactitudes en el mito fundacional de la ciencia, hay algo que sí es cierto, y es que Grecia fue un lugar especialmente propicio para incubar estos cambios, concretamente la costa de Jonia y posteriormente el propio Peloponeso. Ya había lugares donde existía la astronomía y las matemáticas, por ejemplo, pero su aproximación no buscaba esa emancipación de las leyendas, sino que se entremezclaban con ellas en mayor medida de lo que empezaron a hacerlo con la ciencia griega. Los motivos por los que Grecia pudo ser el lugar ideal para esta progresiva transición son varios e incluyen desde aspectos económicos, hasta factores teológicos.