Estos son algunos de los mayores fraudes científicos de la Historia

Científicos examinan un cráneo parecido al de un humano en el cuadro de John Cooke «Discusión sobre el cráneo de Piltdown» – GEOLOGICAL SOCIETY OF LONDON

Más de 2.200 artículos han sido retirados en los últimos cincuenta años al ser considerados fraudulentos por la comunidad científica

La ciencia es el gran icono del progreso y avanza, como diría Isaac Newton, sobre hombros de gigante. Pero para que haya solidez deben existir buenos cimientos y es una obligación de todos perseguir el fraude científico.

El engaño es un arte y, desgraciadamente, también existe en el ámbito científico. Hay estudios que se visten con el traje del éxito cuando realmente no lo son. Hay autores a los que no les tiembla el pulso en plagiar a compañeros, otros que acallan los resultados que no salieron como se esperaba o, simplemente, hay autores que falsean datos.

Es cierto que no todo es lo mismo, pero en estos tres supuestos la ciencia se mueve en las aguas pantanosas del engaño. Nuestro Diccionario de la Academia Española define como fraude una acción contraria a la verdad y a la rectitud que perjudica a la persona contra quien se comete, en este caso, contra la comunidad científica y, por ende, contra la humanidad.

Impudicia científica

Uno de los fraudes más sonados de la Historia fue el Hombre de Piltdown, un supuesto hallazgo paleontológico al que se atribuyó -durante cuatro largas décadas- el honor de ser el eslabón perdido de la evolución humana. Al final se demostró que todo había sido una farsa y que realmente el hallazgo correspondía a la manipulación de un cráneo humano con una mandíbula de orangután.

El misterioso estafador todavía sigue en el anonimato, aunque son muchas las voces acreditadas que señalan al escritor Arthur Conan Doyle como el autor del mayor fraude de la historia de la antropología.

En 1911 el estadístico y genético R.A. Fisher sugirió que los resultados obtenidos por Gregor Mendel, el padre de la genética, eran demasiado ajustados a lo esperado y señaló que, quizás, fuesen espurios, manipulados exprofesamente para que se amoldaran a la teoría.

Más artístico y original fue el fraude de William Summerlin, un investigador que sombreó con manchas negras la piel de unos ratones para demostrar su éxito en los trasplantes cutáneos de animales.

Muchas manzanas podridas

Si hiciéramos un Guinness de los Records de la «engañología» -un término acuñado por Federico di Trocchio-, nos encontraríamos en la primera posición a un anestesista japonés: Yoshitaka Fujii.

Este galeno se inventó en torno a 170 artículos en poco más de ocho años. Fue la Sociedad Japonesa de Anestesista la primera en detectar ciertas irregularidades en sus publicaciones, que iban desde la falsedad de datos estadísticos hasta la invención de pacientes inexistentes.

El científico nipón desplazó a otro anestesista, en este caso teutón, a la segunda posición. Joachim Boldt falseó datos en más de noventa publicaciones, además de no contar con las preceptivas aprobaciones de los comités éticos para realizar sus estudios.

A estos dos grandes genios del fraude les siguen Yoshihiro Sato y Diederik Stapel, con 59 y 58 publicaciones retiradas, respectivamente.

En el año 2005 Martinson publicó un artículo en la prestigiosa revista «Nature» en el que sostenía que el 11% de los investigadores encuestados había admitido realizar prácticas de investigación «cuestionables» en algún momento de su carrera.

Siete años después, la revista «PNAS» publicaba un artículo en el que se señalaba que el fraude científico lejos de disminuir se ha multiplicado por diez desde 1975 y que la gran mayoría de los trabajos que han sido retirados se deben a engaños intencionados.

En algunos casos es muy complicado combatir los fraudes porque han calado hondo en la sociedad y tienen decenas de miles de seguidores por todo el mundo. Esto ha sucedido, por ejemplo, con la publicación del gastroenterólogo británico Andrew Wakefield, que en 1998 vinculaba la vacunación triple vírica –que protege frente a las paperas, sarampión y la rubeola- con la aparición de autismo.

Aunque actualmente está más que demostrado que Wakefield no sólo manipuló los datos, sino que también falseó la información para recibir una compensación económica, hoy son muchos los que siguen actuando de altavoces de esta ignominia científica.

Por: Pedro Gargantilla M.D.