Estos son algunos remedios de otras épocas: sinapismos, ventosas y cantáridas

Un doctor realiza una sangría médica en 1860 – Wikipedia
Mejunjes con mostaza, algodones empapados en alcohol y extractos de un coleóptero figuran entre los exóticos tratamientos que recibieron pacientes con las afecciones más diversas

Durante siglos los galenos han tratado a sus pacientes con un aterrador arsenal terapéutico de más que dudosa utilidad. En su nómina se encontraban, entre otras, las sangrías, las ventosas, las fricciones, los vejigatorios o cantáridas, los fontículos, los cauterios y los sinapismos.

Todos ellos se llevaban a cabo, habitualmente, durante los primeros días de la enfermedad, los considerados como más críticos, ya que existía la falsa creencia de que si el enfermo sobrepasaba la semana no habría que temer por su vida.

Los maltrechos cuerpos de los pacientes no tenían otra opción que aceptar con sobrecogedor estoicismo el tratamiento elegido e intentar superar los aterradores efectos secundarios.

Tópicos irritantes de mostaza

La mostaza es una planta originaria de la cuenca mediterránea, sus semillas se usan como condimento debido a su sabor intenso, al tiempo que amargo y picante.

Disponemos de tres variedades diferentes de mostaza, la negra que es muy intensa, la marrón, mucho menos picante, y la blanca, que suele obtenerse al mezclar las dos anteriores.

Durante mucho tiempo la mostaza tuvo un marcado interés terapéutico, en las boticas de nuestra geografía se preparaba un mejunje a partir de harina de mostaza blanca y agua, a partes iguales, que se conocía como cataplasma de mostaza o, simplemente, como sinapismo.

Una vez elaborada, esta pócima se aplicaba, envuelta en un paño, en la zona de la piel que se encontraba inflamada o dolorida, o bien sobre el pecho de aquellos incautos pacientes que sufrían un catarro ‘mal curado’.

Ventosas secas y escarificadas

El sinapismo no era la única opción que tenían a su alcance los galenos para tratar las infecciones respiratorias de evolución tórpida, sabemos que con cierta frecuencia se decantaban por las ventosas.

Este tratamiento consistía, básicamente, en poner una moneda sobre la piel del pecho del enfermo, encima de la cual se colocaba un trozo de algodón que previamente había sido empapado de alcohol, al cual se prendía fuego, tras lo cual se tapaba con un vaso.

La finalidad de esta práctica no era otra que extraer los ‘aires’ causantes del catarro, lo cual se ‘conseguía’ al consumir el oxígeno. Si la zona de la piel se amorataba o bien aparecían puntos rojizos indicaba que el mal había sido eliminado.

Para complicar aún más el tratamiento, los galenos podían optar por dos tipos de ventosas: las secas y las escarificadas. Las secas son las que acabamos de describir, la ventosa escarificada consistía en provocar un pequeño sangrado en la piel del paciente.

Para ello se colocaba sobre la zona un adminículo llamado escarificador que estaba provisto de unas cuchillas afiladas.

Viagra en forma de cataplasma

Otro tratamiento que estuvo en boga durante siglos fueron las cantáridas o vejigatorios, unas sustancias irritantes que se colocaban, a modo de emplastos, sobre la piel de los enfermos y que provocaban la aparición de ‘vejigas cutáneas’, de ahí su nombre. Con ellas se pretendía ‘eliminar los humores corruptos’ del paciente.

Una de las cantáridas más empleadas se conseguía al moler un insecto conocido como Lytta vesicatoria o mosca española. Se trata de un coleóptero de pequeño tamaño -unos dos centímetros- y de color verdoso, que fue descrito por Carl Linneo en 1758.

La observación, que es la madre de la ciencia, acreditó que, en algún caso, los varones a los que se administraba esta cantárida sufrían un curioso efecto secundario, el priapismo. Este acontecimiento provocó que este tratamiento, en forma de polvo, macerado o diluido, tuviese una segunda y aplaudida indicación médica, la afrodisiaca.

Por: Pedro Gargantilla M.D.