Hace 100 años se llegó al corazón del Polo Sur

El capitán Robert Falcon Scott arribó a la Antártida en 1912 y enfrentó las complicaciones del extremo clima; junto con cuatro compañeros, Scott pereció durante una tormenta

Al cumplirse el primer centenario del arribo de Robert Falcon Scott al Polo Sur, un 17 de enero, pero de 1912, una lectura de sus diarios revive la peligrosa majestuosidad de la Antártida, el más frío y el más aislado continente del planeta.

Extremos que el explorador australiano David McGonigal describe puntillosamente en su guía antártica, Anctartic Guide, cuando dice que en verano puede quedar reducido a su mínima expresión, a sólo siete millones de kilómetros cuadrados que lo transforman en el continente más diminuto del planeta.

Sin embargo, en invierno sus hielos pueden expandirse hasta alcanzar una superficie de 28 millones de kilómetros cuadrados que lo hacen catorce veces más grande que la República Mexicana, tres veces más grande que Oceanía y dos y media veces más grande que Europa.

Veleidades climáticas que son la esencia de este continente y que el capitán Scott vivió en carne propia como relató en la última carta que dirigió a su esposa para despedirse de ella cuando la muerte ya estaba cerca.

“Querida, no es fácil escribirte debido al frío de menos 70 grados (Farenheit) bajo cero, sin otro refugio que nuestra tienda de campaña…sé que enfrentarás esto con estoicismo… tu foto y la del niño serán halladas sobre mi pecho”, prometió el mítico explorador británico hallado muerto bajo su tienda de campaña el 29 de marzo de ese mismo año.

La temperatura polar impidió a Scott y a su equipo integrado por el capitán Lawrence Titus Oates, el zoólogo Edward Adrian Wilson, el marino Henry R. Birdie Bowers, el teniente Edward Teddy Evans, recuperar el último suministro de alimentos, que se encontraba a menos de 18 kilómetros de distancia. Robert Brissenden, se había ahogado previamente.

Es larga la lista de exploradores que desde la época prehispánica dejaron sus pieles, sus flechas de piedra y sus refugios del frío, como mudo testimonio de su paso por el Círculo Polar Antártico que en la actualidad comienza en los 66 grados 33 minutos de latitud al sur del Ecuador.

No en vano, la Antártida es considerada el “refrigerador del mundo”, con una temperatura mínima récord de -89. 2 grados Celsius para sus seis oscuros meses de invierno que van de noviembre a febrero, y porque contiene 90 por ciento del hielo del mundo que se eleva a dos mil 200 metros de altitud en promedio.

En verano, cuando la luz del día se prolonga de septiembre a marzo, la temperatura promedio no supera los cero grados Celsius. Si bien, en las últimas 72 horas el termómetro marcó dos grados centígrados en la estación estadunidense de Palmer.

McGonigal explica que esto obedece a que la blancura de la nieve que recubre la Antártida refleja entre 80 y 85 por ciento de la radiación solar regresándola a la atmósfera.

Aunque viejos documentales de principios del siglo XX y fotos muestran que el llamado continente de los hielos también tiene una extensa zona desértica sin hielo que se asemeja a un paisaje lunar.

Porque la Antártida es un desierto que evoca a las cálidas dunas del Desierto del Sahara en el norte de África, porque también allí el agua potable es altamente apreciada por viajeros y exploradores.

Por eso, el testimonio final de Scott y los relatos de hambrunas, escorbuto y desesperación de otros exploradores reflejan el alto precio que pagaron los grandes exploradores de la región antártica por sus hazañas.

Después de la tragedia de la apresurada expedición de Scott, el irlandés Ernest Shackelton, se negó a morir y a dejar morir a su gente cuando el hielo antártico destrozó su barco Endurance.

“Los témpanos, con la fuerza de millones de toneladas de hielo en movimiento detrás de ellos, estaban destruyendo el barco”, escribió Shackelton de su expedición en 1914-17 que navegó a la deriva en su bloque de hielo “Ocean Camp” con provisiones para 56 días que los llevó a tierra a emprender la batalla final.

De ese destino no escapó el portugués Fernando de Magallanes, quien luego de descubrir en 1520 el anhelado paso entre el Océano Atlántico y el Océano Pacífico, que lleva su nombre, fue asesinado en Filipinas por guerreros locales.

El Estrecho de Magallanes, se ubica entre la Isla Grande del archipiélago de Tierra del Fuego al norte y la Isla de Hornos, que contiene el famoso Cabo de Hornos, el extremo sur del Continente Americano.

También fue una veleidosa tormenta la que en 1526 arrastró a Francisco de Hoces a la zona preantártica de 55 grados de latitud sur, tras su fortuito descubrimiento del paso al sur del cabo de Hornos, el “Mar de Hoces”, relata Martín Fernández de Navarrete en su Colección de Viajes y Descubrimientos.

Medio siglo después entró en escena el pirata inglés Francis Drake, famoso por sus robos de cargamentos de oro que los conquistadores españoles saqueaban a la Nueva España, quien se adjudicó el descubrimiento de Hoces llamándolo “Pasaje de Drake”.

A pesar de que los riesgos climáticos fueron altísimos, muchos exploradores alcanzaron fama y fortuna gracias a ellos, dando sus nombres a la geografía Antártica. Ese fue el caso del noruego Roal Amundsen, el primero en conquistar el Polo Sur el 14 de diciembre de 1911, un largo mes antes que Scott.

El español Gabriel de Castilla fue el primero que ingresó al Círculo Polar Antártico al alcanzar en 1603 los 64 grados de latitud sur con la ayuda fortuita de otra tormenta y de su afán por reprimir las incursiones de corsarios holandeses en los mares del sur de Chile.

El último de los personajes de la llamada “Edad Heróica de la exploración de la Antártida” fue el argentino Vito Dumas.

Dumas fue el primero que venció, a bordo de su diminuto velero Lehg II, a los más peligrosos vientos del planeta, a los icebergs y a las gigantescas olas que llegan al Cabo de Hornos después de rodear el planeta sin enfrentar obstáculos. El lugar es conocido como un cementerio de barcos.

En este siglo XXI los exploradores llegan en avión o en helicóptero a un centenar de estaciones y puestos científicos entre los que destacan 32 bases permanentes y nueve bases de verano.

Son 16 países firmantes los que tienen autorización de establecer bases permanentes en este continente, de acuerdo con lo estipulado en el Tratado Antártico, firmado en Washington el 1 de diciembre de 1959.

En este momento su secretariado está integrado por Australia, Argentina, Uruguay y Noruega, y son 37 países que se han adherido al tratado.

Aunque solamente ocho de esas bases se encuentran más allá de los 60 grados de latitud sur, según relatan los fotógrafos de exploración Christopher Weaver y Michael Salvarezza, de la empresa neoyorkina Eco-Photo Explorers.

Son los llamados “exploradores mecanizados” los que en verano suman aproximadamente cuatro mil y en invierno apenas un millar, más otras mil personas que prestan diversos servicios y un millar de turistas en verano.

Eco-Photo Explorers explica a sus clientes que el continente blanco sólo tiene un puerto, la estación estadunidense McMurdo, ubicada a más de 77 grados de latitud sur, en memoria de Archibald McMurdo, que a bordo de la embarcación Terror llegó a la Antártida en agosto de 1842.

Según lo estipulado en el artículo 7 del Tratado de la Antártica, todas las embarcaciones deben ser inspeccionadas al arribar a dicho puerto.

La página electrónica de Weaver y Salvarezza precisa que la Antártida cuenta con 20 aeropuertos, sujetos a estrictas restricciones derivadas del clima polar, que no son de uso público, así como puntos de aterrizaje de helicópteros y aeronaves de los 16 gobiernos autorizados por el tratado.

A pesar de que muchas investigaciones científicas no reciben difusión al público, las más conocidas se enfocan al estudio de las especies vivas que han desarrollado mecanismos para evitar la congelación de la sangre.

La evolución climática contenida en las muestras de hielo antártico permite medir los efectos de las glaciaciones y de periodos anteriores de aumento en la temperatura.

Sin duda, el monitoreo del  “agujero de ozono”, como se conoce a la zona de baja densidad de ozono que cubre totalmente al continente blanco, es una de las prioridades de los científicos que monitorean el éxito o fracaso de los intentos por reducir el uso de compuestos clorofluorocarbonados.

Porque la baja concentración del ozono en esa región polar deja pasar libremente los rayos ultravioletas que ya están causando ceguera en focas y en otras especies que habitan en la periferia de la Antártida.

De seguir este problema la población de las naciones de Oceanía y América del Sur se vería muy afectada inicialmente, después sería la población de todo el planeta.

 

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