Historia de un fraude: el eslabón perdido nunca existió

Cuadro pintado por John Cooke en conmemoración del descubrimiento del hombre de Piltdown (1915)JOHN COOKE

Tal y como entendemos la evolución, no tiene sentido pensar en un eslabón perdido, pero esa idea dio lugar a una de las mayores estafas de la ciencia

Cuántas veces habremos escuchado hablar de eslabones perdidos. De hecho, durante algún tiempo fue el caballo de batalla de los creacionistas, que, para negar la validez de la teoría de la evolución apelaban a la falta de un espécimen intermedio entre los humanos y los demás simios. El problema es que tal cosa no existe, o al menos no como los creacionistas pensaban. La evolución, según Darwin y para la mayoría de las teorías derivadas de sus trabajos, es algo gradual. No podemos pensar que, de repente, un individuo de una especie dé lugar a otro de una especie diferente. Los cambios de una generación a otra son mínimos, variaciones menores que, sumándose en el tiempo, pueden hacer que un espécimen de una especie pueda considerarse diferente a sus antepasados remotos.

Teniendo en cuenta esto, no podemos esperar encontrar un eslabón perdido por el simple hecho de que ese concepto es confuso. La realidad es que desde las primeras formas de vida hasta nosotros las especies que nos han precedido lo han hecho de forma gradual, pasando suavemente de unas a otras, más como una línea que progresivamente cambia de color que como una cadena de eslabones. Eso significa que faltan multitud de antepasados que nos separan de los grandes simios, casi tantos como generaciones. El motivo por el que nos parece ver especies de homínidos tan diferenciadas es porque tan solo tenemos un puñado de restos fósiles bastante separados entre sí. De ese modo, cuando en 1912 se declaró haber encontrado el eslabón perdido entre grandes simios y humanos, no era más eslabón perdido que los restos de neandertal encontrados en 1829. Ninguno de los dos era un antepasado nuestro directo, pero sí un representante de homínidos antiguos que compartían ancestros con los humanos actuales. La gran diferencia estaba, tal vez, en que el famoso eslabón perdido de 1912 no solo no tenía demasiado sentido, sino que era una estafa, lo que para algunos ha sido considerado como el mayor fraude científico de la historia.

El hombre de Piltdown

Era diciembre de 1912 y Charles Dawson tenía una noticia que contarle al mundo. Su formación como abogado no le había apartado de sus aficiones, como la arqueología, y fue cultivando esta última como encontró unos restos peculiares en Piltdown, una población del condado de Sussex. Al creerlos especiales, decidió llevárselos a Arthur Smith Woodward, un reputado científico que realizaba su labor investigadora en el Museo Británico de Historia Natural, concretamente en el área de geología. Al parecer, Arthur Smith quedó sorprendido por aquellos huesos y, sospechando que pudiera tratarse de una nueva especie, se dirigió con Dawson al lugar donde este los había encontrado y comienzan a excavar. Según cuentan, pocos meses después habían encontrado otras partes del cráneo, permitiendo reconstruirlo casi por completo a falta de algunas partes de la unión entre la mandíbula y el cráneo, así como la parte trasera de la bóveda craneal.

Acababan de encontrar al hombre de Piltdown, un antepasado con rasgos tan simiescos como humanos. Su mandíbula era tosca, parecida a la de un gorila o un orangután, sin embargo, el resto de su cráneo y en especial la cavidad que albergaba su cerebro ya eran prácticamente humanos. Esto reforzó la hipótesis de que en nuestros antepasados primero evolucionó el cerebro y posteriormente la mandíbula debió adaptarse a una dieta más refinada. Podríamos decir que, para los defensores de esta hipótesis, los cambios en los homínidos habían ocurrido en dos pasos inquietantemente bien diferenciados. Primero mandíbula y luego cráneo. Porque, a decir verdad, no es que la mandíbula del hombre de Piltdown fuera relativamente simiesca comparada con el cráneo, sino que todos los rasgos preservados del cráneo eran idénticos a los humanos actuales y todos los de la mandíbula estaban presentes en grandes simios de nuestro tiempo. De hecho, esto suscitó las sospechas de algunos expertos.

Toda la verdad

No todos los expertos se dejaron seducir por Eoanthropus dawsoni, que fue el nombre científico dado a la criatura, ni siquiera cuando se encontraron restos de otro ejemplar en 1915. Para David Waterson, en 1913, aquel cráneo era una farsa a todas luces. La única forma de explicar una mandíbula tan dispar a ese cráneo era que, en efecto, pertenecían a cráneos diferentes. Y Waterson no estaba solo, en 1923 el antropólogo Franz Weidenreich se atrevió a decir incluso la especie a la que correspondía la mandíbula: un orangután. A pesar de las críticas, el hombre de Piltdown siguió en los libros académicos durante 41 años desde su descubrimiento y no fue hasta que se hicieron las primeras dataciones que se descubrió el pastel. La antigüedad de ese cráneo no excedía los 50.000 años, siendo por lo tanto muy inferior a los 500.000 años que sugerían sus descubridores.

Análisis genéticos posteriores revelaron que, efectivamente, era un cráneo de un humano medieval al que le habían alterado la nuca para que no se vieran rasgos de caminar erguido (como la verticalidad de la unión del cráneo con la espina dorsal). La mandíbula era de orangután, como sospechó Weidenreich, pero le habían retirado las partes donde debía encajar con el cráneo para que no se notara la falta de coincidencia entre ambas piezas y, finalmente, los dientes pertenecían a un chimpancé y, por si fuera poco, habían sido limados para desgastar sus aguzadas cúspides.

Así muere la búsqueda de una quimera. Con un eslabón perdido que nunca existió y que, en realidad, nunca debió existir.

Por: Ignacio Crespo

Cuando hablamos de la teoría de la evolución no nos referimos al Darwinismo, sino a versión es más actualizadas e hipótesis como el saltacionismo. Para estos, a diferencia del gradualismo que hemos visto hasta ahora, habría algunos cambios que sí se podrían producir de forma abrupta, marcando una diferencia sustancial entre padres e hijos. Estos podrían deberse a que cambios sutiles en el ADN a veces generan grandísimas diferencias en el aspecto de una criatura, por lo que el aspecto podría alterarse de forma más accidentada, con cambios súbitos y no solo de forma gradual.