Investigadores aseguran que no hay tal «hormona del amor»

Mucho se habla de la oxitocina, asociándola de forma directa a una mayor empatía y a sentimientos que llevan a establecer, forjar y mantener lazos de afecto entre las personas. Siempre con una connotación positiva. Se la ha bautizado como la “hormona del amor”,

Esta hormona tiene un efecto importantísimo en todos los procesos del parto y la lactancia, facilitando primero el alumbramiento y luego el entendimiento entre la madre y el recién nacido. Pero de ahí a extrapolar su papel a todos los afectos humanos existe un largo y complicado camino.

Durante estos tiempos de encierros, cuando las parejas se han visto obligadas a pasar días y semanas en la compañía del otro, algunos han visto su afecto reforzado mientras que otros dirigen sus pasos a los procesos de separación, al verse en situaciones imposibles de soportar.

La oxitocina, una hormona producida en el cerebro es complicada: un neuromodulador que puede acercar a los amores o que puede ayudar a inducir un comportamiento agresivo. Esta conclusión viene de un estudio único realizado por investigadores del Instituto Weizmann, en el cual, a ratones viviendo en condiciones semi-naturales se les manipuló en una forma muy precisa la producción de oxitocina en sus células cerebrales.

Los hallazgos pueden arrojar luz en lo que es un desafío para la ciencia, usar la oxitocina para tratar muchas enfermedades psiquiátricas, desde la ansiedad social, el autismo, hasta la esquizofrenia.

Mucho de lo que se sabe sobre la acción de los neuromoduladores como lo es la oxitocina viene de estudios de comportamiento en animales de laboratorio, siempre en condiciones controladas. Son muy estrictas y artificiales, en parte para que los investigadores puedan limitar el número de variables que afecten ese comportamiento. Un buen número de estudios recientes supone que el cómo actúa un ratón en un ambiente semi-natural nos puede ilustrar mejor lo que de verdad ocurre en su comportamiento natural, y ahí sí, tal vez aplicar esos hallazgos a los humanos.

Alon Chef y su equipo en el departamento de Neurobiología ha creado un diseño experimental que les permite a los investigadores observar a ratones en condiciones que se aproximan mucho a las de su vida natural, un ambiente enriquecido con estímulos que ellos puedan explorar, y que tiene la posibilidad de monitorear día y noche sus movimientos con cámaras que producirán datos llevados a un análisis con computadores. El estudio, que ya tiene ocho años en marcha, ha incorporado investigadores de diversas disciplinas.

La innovación más notoria de este experimento consistió en incorporar la opto-genética, un método que permite encender y apagar neuronas específicas del cerebro usando la luz. Para crear un ambiente lo más similar posible al natural y así observar a los ratones actuando libremente, los investigadores desarrollaron un aparato libre de cables, extra liviano con el que pudieran manejar las células nerviosas a control remoto. Con la ayuda de un experto en opto-genética, Ofer Yizhar, del mismo departamento, el grupo introdujo una proteína diseñada por él en las células del cerebro de ratones encargadas de la producción de la oxitocina. Cuando la luz del aparato tocaba esas neuronas, las sensibilizaba para que fueran más receptivas a las otras células del entorno neuronal.

Los diseños experimentales clásicos no solo se quedan cortos en el tipo de estímulo que ocasionan, sino que las mediciones de las dinámicas sociales que ocurren en el grupo de estudio se limitan a unos minutos en tanto que el nuevo método tiene la capacidad de seguirles el curso hasta por unos días.

Profundizar en el papel de la oxitocina fue una especie de prueba de funcionamiento del diseño. Se ha postulado que la hormona media en los comportamientos pro-sociales. Pero los hallazgos han sido conflictivos, tanto que se ha propuesto otra hipótesis, conocida como la “relevancia social”, que establece que la oxitocina podría estar involucrada en la amplificación de la percepción de diversas claves sociales, que a su vez podrían resultar en comportamientos pro-sociales o lo contrario, en comportamientos antagónicos, dependiendo de factores como las características individuales y sus manifestaciones, con el ambiente como fondo.

Para probar la hipótesis de la relevancia social, el equipo usó ratones a los que de manera suave se les activaban las células productoras de la oxitocina en el hipotálamo, habiéndolos puesto antes en un medio lleno de estímulos y casi natural. Con el propósito de comparar, repitieron el experimento con ratones que se mantenían en las condiciones estándar, estériles, típicas de un laboratorio.

En el ambiente casi natural los ratones mostraron al inicio mucho interés entre ellos, pero esto muy pronto dio paso a un aumento en un comportamiento agresivo. En contraste, el aumento de la producción de la oxitocina en los ratones en las condiciones clásicas del laboratorio resultó en una agresión reducida.

“En un medio social natural, de solo machos, lo que esperamos es un comportamiento beligerante en la medida que ellos compiten por territorio y comida. Esto es, las condiciones ambientales llevan a la agresión. En las restringidas condiciones del laboratorio, una situación social controlada lleva a un efecto diferente de la oxitocina”, dice Sergey Anpilov, estudiante en el instituto.

Si la mal llamada “hormona del amor” es más una “hormona social”, ¿cuál sería su importancia y su papel para el estudio y su uso en tratamientos relacionados con desajustes en los comportamientos humanos?

“La oxitocina estaría involucrada, según lo han mostrado estudios previos, en comportamientos sociales como el de poder hacer contacto visual o sentimientos de cercanía a los demás. Pero nuestro trabajo muestra que ella no mejora la sociabilidad en todo su espectro. Su efecto depende tanto del contexto como de la personalidad. Si queremos entender las complejidades del comportamiento, necesitamos estudiarlo en ambientes complejos. Solo entonces podremos comenzar a traducir nuestros hallazgos al comportamiento humano”, dice Noa Aren, también estudiante en el laboratorio.

La oxitocina, aparte de su papel, ese sí, ampliamente demostrado en el parto y la lactancia, —períodos puntuales y cortos en la vida de los humanos—, no tiene esos beneficios de una sola vía que tanto se han ponderado. Su papel es más complejo y complicado, sobre todo si de relaciones y nexos humanos hablamos.