Investigadores aseguran que todos los animales sueñan

Reparación del ADN durante el sueño en una sola neurona.

Los últimos estudios apuntan que el sueño beneficia a muchos más órganos que al cerebro y está presente en los animales más rudimentarios
¿Por qué dormimos? Evidentemente, una respuesta puede ser tan sencilla como “porque estamos cansados”, pero buscamos algo profundo, porque para resolver la fatiga, tan bueno es el sueño como el reposo. Parece que hay algo más, otro problema que el cuerpo resuelve durmiendo, pero ¿cuál es? Y lo que es igual de importante ¿qué efecto beneficioso concreto tiene sobre nosotros el sueño? La ciencia lleva siglos enfrentándose a esta cuestión y durante su historia ha explorado multitud de callejones sin salida; respuestas aparentemente sesudas, pero tras las que había opiniones infundadas y poco más, como ocurre con toda la mitología psicoanalítica que Freud y compañía arrojaron sobre la sociedad. Ahora la respuesta debe llegar desde la biología, a la química, a la neurociencia y a todas las ramas científicas que se entreveran con estos conocimientos.
A pesar de lo que puede parecer, el campo avanza. Lento, pero seguro. Sabemos mucho más sobre el sueño de lo que creíamos conocer hace un siglo. Solemos asumir que el sueño repara, sobre todo, los posibles achaques diurnos de nuestro cerebro, pero podríamos estar equivocados. Los últimos estudios revelan algo realmente sorprendente, y es que incluso los animales sin cerebro parecen hacer algo semejante a dormir. Ese es el caso de las medusas, que apenas tienen una red de neuronas diseminadas por todo el cuerpo en torno a un anillo contráctil. Siguiendo este hilo, un artículo que acaba de publicarse en Molecular Cell sugiere que el sueño podría estar directamente relacionado con la reparación de los daños sufridos en el ADN celular durante todo el día, algo que explicaría su presencia en organismos sin cerebro, e incluso, la sospecha de que los animales sin sistemas nerviosos puedan dormir.
Dormir sin neuronas
Podrían quedar dudas sobre si el simplísimo sistema nervioso de las medusas podría beneficiarse tanto del sueño como para justificar que hubiera evolucionado en ellas a pesar de que no pudiera proporcionar los enormes beneficios que sí sabemos que tiene sobre sistemas nerviosos mucho más complejos, como el nuestro o el de cualquier animal con cerebro. Sin embargo, podemos buscar ejemplos más extremos, como sugeríamos antes. Llama la atención el caso de los placozoos, posiblemente los animales más sencillos que conocemos en cuanto a la organización de sus tejidos. Estos, que viven especialmente en el mar mediterráneo, carecen incluso de neuronas, no es que no tengan un sistema nervioso complejo, es que directamente no tienen el menor rastro de un sistema nervioso. Y, a pesar de ello, parece haber indicios de que los placozoos hacen algo similar a dormir cada vez que cae la noche.
Si somos estrictos, podríamos sospechar que ese sueño fuera una especie de residuo evolutivo de sus antepasados, paradójicamente más complejos que ellos y que, tal vez, sí tenían sistema nervioso. Sea como fuere, es indiscutible que nos obliga a retorcer soberanamente la hipótesis de que el sueño pudiera haber surgido para reparar el cerebro. Y, si bien nadie pone en duda los grandes beneficios cognitivos del sueño, las dudas están puestas en que el sueño podría hacer mucho más que ayudar nuestro cerebro a fijar recuerdos, a “limpiarse” e incluso a mantener a punto su plasticidad, sin la cual sería incapaz de aprender. Este es el lugar donde entra en juego el estudio que un equipo de la Universidad de Bar-Ilan de Israel, ha conseguido publicar en Molecular Cell.
Cerrado por mantenimiento
Cabe destacar que, el estudio en cuestión sí está orientado a los efectos del sueño sobre las neuronas, que componen el 50% de células cerebrales. Sin embargo, estas también son las células básicas del sistema nervioso de esos otros animales “soñadores” de los que hablábamos. De hecho, los efectos detectados podrían estar teniendo lugar en otras células de organismos sin sistema nervioso, pues la clave parece estar en un punto común a todas ellas: el ADN. En su investigación, el doctor Lior Appelbaum y su grupo de estudio de la Universidad de Bar-Ilan han tomado como modelo de estudio las neuronas del pez cebra, un animal diurno, como nosotros, con un cerebro celularmente parecido (salvando las enormes distancias) y, sobre todo, extremadamente fácil de estudiar en condiciones de laboratorio.
Cuantos más daños sufrían los peces cebra en su ADN, más parecían necesitar dormir por las noches. Si el pez dormía menos de seis horas, los daños en el ADN no terminaban de repararse. La clave parece estar en la proteína PARP1, una molécula que durante el día se acumula señalizando los daños del ADN y que aumenta la reparación durante el sueño, limpiándose durante esas horas. De hecho, tras inhibir a la dichosa proteína, los investigadores comprobaron que los peces redujeron notablemente sus horas de sueño, acumulando daños en su ADN empezaron a acumularse día tras día.
Por supuesto, las diferencias entre peces y humanos no solo son muchas, también son evidentes. Es más, posiblemente descubramos que no hay única clave y que son muchas las moléculas cuya concentración afecta a nuestro estado de vigilia y otras cuántas las que se implican en los beneficios del sueño. Pero, aunque así sea, esto es un paso interesante, un avance para entender el sueño como lo que realmente es, más allá de lo que podamos intuir desde nuestra especie.
El sueño es, hasta donde sabemos, un evento que podemos estudiar desde diferentes dimensiones complementarias entre sí. La bioquímica puede ofrecer su propio nivel de explicación, que deberá ser complementario, aunque no idéntico, al que podamos obtener gracias a la neurociencia cognitiva, por ejemplo.