La negociación entre demócratas y republicanos bloquea el pacto para evitar la quiebra de EE UU

Mientras se espera con expectación el desenlace de este drama político del que depende la estabilidad de la economía mundial, los dos grandes protagonistas, demócratas y republicanos, calibran sus fuerzas, estudian opciones y calculan el precio que habrán de pagar por evitar que el 2 de agosto Estados Unidos se declare en quiebra. En las últimas horas se han acercado las posiciones, pero no lo suficiente como para despejar definitivamente el enorme peligro que se avecina.

El debate sigue encallado en el mismo problema: cuánto recortar el gasto social y cuántos impuestos hay que aumentar a cambio. Los demócratas prefieren no tocar los programas sociales; los republicanos se resisten a tocar los impuestos. Ambos saben que sus electores les pueden pasar factura si ceden en esas posiciones. Pero si ninguno de los ceden, al que verdaderamente le pasarán factura es al país, que se devaluará política, económica y estratégicamente como consecuencia de la suspensión de pagos.

Barack Obama ha tratado de situarse en el centro de ese debate, trabajando a favor de una solución intermedia y, de paso, a favor de una imagen de moderación de cara a las elecciones de 2012. «Esta es una rara oportunidad para que ambos partidos se unan y escojan un camino para dejar de poner demasiada deuda en nuestras tarjetas de crédito», dijo ayer el presidente en una reunión con ciudadanos en la Universidad de Maryland.

Obama asume el recorte del gasto público como una necesidad imperativa de la economía norteamericana, pero entiende que, para combatir eficazmente la deuda, los recortes deben de compaginarse con el incremento de los ingresos por la vía de los impuestos. En su intervención de ayer pidió a los republicanos sacrificios en ese terreno, igual que los demócratas tendrán que hacer concesiones en materia de gastos.

«Yo he aceptado», recordó el presidente, «rebajar algunos programas que de hecho creo que valen la pena. He aceptado recortes que a mucha gente en mi propio partido no les hace muy felices, y que yo mismo no hubiera aceptado si el problema del dinero no fuera tan acuciante».

Con estas palabras, Obama puede estar preparando a su público para lo que parece avecinarse: que los demócratas van a tener que ceder más que los republicanos. Por un lado, parece tradición de la política norteamericana que la izquierda haga más concesiones que la derecha. Además, en la situación actual, con el radicalismo que se ha instalado en el campo conservador, les toca a los demócratas actuar como patriotas ante un sector del Congreso que prefiere el abismo de una quiebra a la renuncia de sus principios.

Es necesario recordar que, después de las elecciones legislativas de 2010, en pleno ascenso de la ideología más ultra, más de 200 republicanos de la Cámara de Representantes y más de 40 senadores de ese partido juraron simbólicamente ante el Tea Party que jamás, bajo ninguna circunstancia, votarían a favor de una subida de impuestos. Contradecirse ahora, no solo es decepcionar al Tea Party, sino usar el nombre de Dios en vano.

Tan dura es la resistencia de ese sector que la Casa Blanca parece resignada a aceptar la reducción del déficit sin aumentar impuestos o haciéndolo de una manera tangencial y a medio plazo. En eso consiste, básicamente, la solución que ha estado negociando secretamente Obama con el presidente de la Cámara de Representantes, John Boehner, y que ha causado irritación en las filas demócratas.

Esa salida, la que más posibilidades tiene en el momento actual, contempla una reducción de los gastos -incluidos los programas sociales más populares- de 3 billones de dólares y un aumento de los ingresos por impuestos de 1 billón, aunque esto se haría dentro de dos años y solo eliminando algunas ventajas fiscales actuales, como los descuentos a las hipotecas.

 

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