La vieja ciudad de Baltimore en Estados Unidos es cuna de grandes escritores

Por Jonathan Yardley

Baltimore, una de las ciudades principales más antiguas de Estados Unidos y la más grande en el estado de Maryland, tiene una historia literaria poco común. Numerosos escritores han vivido en Baltimore en el curso de los años, algunos de ellos muy distinguidos, y mucha actividad literaria todavía se da allí, pero uno puede contar con los dedos de la mano a los verdaderos “escritores de Baltimore”, ésos cuyo tema principal es la ciudad y sus habitantes. A diferencia de Chicago y Los Ángeles, ciudades que han inspirado a numerosos a escritores y han creado sus propias y distintivas tradiciones literarias, el viejo Baltimore es como un hijastro literario.

En muchos aspectos Baltimore es un pequeño gran pueblo. Sus vecindarios tienden a ser insulares, cada uno con carácter y tradiciones distintas, y aunque su importancia como puerto y centro industrial ha disminuido considerablemente, todavía es una ciudad de clase obrera. Por generaciones ha mantenido un complejo de inferioridad con respecto a las ciudades más grandes al norte y al sur: Nueva York, Filadelfia y Washington; lo que probablemente sirve para explicar su sospecha de los forasteros y su reticencia a recibir a los recién llegados. Yo viví allí en las décadas de 1980 y 1990 y me resultaba muy cómodo, pero pude haberme quedado allí otros dos o tres siglos y probablemente aun así no habría sido considerado un baltimorense verdadero.

Todos estos aspectos del carácter de Baltimore pueden hallarse en la obras de los cuatro «verdaderos escritores de Baltimore» H.L. Mencken, Russell Baker, Anne Tyler y Laura Lippman, y voy a referirme a ellos. Primero, no obstante, debemos dar un vistazo rápido al pasado y el presente literarios de Baltimore.

Su historia literaria empieza en septiembre de 1814, cuando un joven ciudadano de Maryland llamado Francis Scott Key, de pie en la plataforma de una balandra observó el bombardeo británico del Fuerte McHenry, en la entrada al puerto. Le conmovió tanto ver la bandera de Estados Unidos alta y erguida durante la batalla, que escribió un poema, al que llamó The Defence of Fort McHenry, y que fue publicado en un periódico de Baltimore poco después la batalla. Lo combinó con una melodía llamada To Anacreon in Heaven, que muchos estadounidenses aún hoy consideran imposible de cantar, pero que ha sido el Himno Nacional por casi un siglo y es conocido universalmente como The Star Spangled Banner.

Casi 20 años después de que Key escribiera su poema, el primer escritor verdaderamente famoso llegó a Baltimore. Edgar Allan Poe vivió en Baltimore durante tres años, a partir de 1832 y escribió poemas y cuentos mientras estuvo allí; pero en Baltimore, como en todas partes donde vivió, resultó empobrecido y embriagado. Poe es más célebre en Baltimore no por haber vivido allí sino por haber muerto allí, en 1849, cuando se detuvo allí en ruta de Richmond a Filadelfia. Fue enterrado cerca del centro de la ciudad, y su tumba continúa atrayendo a los turistas. Cada año, en el aniversario de su muerte, un misterioso «aficionado nocturno de Poe» deja rosas rojas y una botella de coñac en la lápida. La identidad de esta persona es un secreto muy guardado y el ritual es ahora una querida tradición de Baltimore.

Poco de interés literario ocurrió en Baltimore en el resto del siglo XIX, pero en el siglo XX cuatro escritores importantes — James M. Cain, Dashiell Hammett, F. Scott Fitzgerald y John Dos Passos —pasaron allí períodos significativos. Cain trabajó para el periódico The Baltimore Sun a principios de la década de 1920 y llegó a tener amistad con Mencken, que entonces redactaba la importante revista nacional The American Mercury. Mencken alentó las ambiciones literarias de Cain, que para cuando se mudó a California en la década de 1930 resultaron ser obras pioneras de ficción detectivesca «cruda y cínica”, entre las que estaba The Postman Always Rings Twice y Double Indemnity.

Un escritor cínico aún más importante, Dashiell Hammett, llegó con su familia a Baltimore alrededor de 1900 a la edad de 6 años. Dejó la escuela a los 14 y tuvo una sucesión de trabajos, el más importante como detective de Pinkerton. Salió de Baltimore cuando aún era joven y la ciudad no figura directamente en sus famosas novelas — The Maltese Falcon y The Thin Man — pero su experiencia en Pinkerton sentó las bases para estas y sus muchos otros libros y cuentos.

Scott Fitzgerald llegó a Baltimore en 1932 porque su esposa, Zelda, recibía tratamiento psiquiátrico en una clínica allí, y se quedó aproximadamente cinco años. Decía que adoraba a la ciudad, y en ella escribió partes de su obra Tender Is the Night, pero su alcoholismo se acrecentaba y sus años en Baltimore no fueron productivos. En cuanto a John Dos Passos, había dejado ya bien atrás la mejor de sus obras — la famosa trilogía, U.S.A. — cuando llegó a Baltimore en 1952. Vivió allí hasta fin de su vida dos décadas más tarde, pero no escribió nada de importancia y parece que se conformó con una vida doméstica tranquila.

Uno de sus vecinos, como se indica en el sitio web útil aún inacabado The Baltimore Literary Heritage Project, fue Ogden Nash, el más grande de todos los escritores estadounidenses de verso ligero. Se mudó a la ciudad en 1934 al casarse con una mujer de Baltimore y lo hizo su hogar hasta su muerte en 1971. Fue feliz allí y fanático entusiasta de sus equipos profesionales de futbol y béisbol, pero la ciudad casi no influyó en su verso, su verso (Candy is dandy,/ But liquor is quicker) que ciertamente es maravilloso.

La actividad literaria en Baltimore hoy día se concentra en los programas de redacción en la Universidad Johns Hopkins Universidad y el Colegio Universitario Goucher. Varios escritores que tienen obras publicadas han enseñado en estos programas, y unos cuantos de sus estudiantes han tenido carreras literarias, pero Baltimore en sí no tiene casi nada que ver con ellos más allá de ser un lugar donde viven los maestros y estudiantes. Los programas de redacción de colegios universitarios y universidades son ahora una realidad central de la vida literaria estadounidense, y no siempre una realidad bien acogida, ya que alientan la falsa promesa de que cualquiera puede ser un escritor y tienden a producir ficción de factoría en la que los escritores suenan muy parecidos unos a otros.

Una presencia diaria en las vidas de los escritores de la ciudad es el diario The Baltimore Sun, que en las primeras décadas del siglo XX fue uno de los mejores periódicos y de mayor influencia en Estados Unidos. Entre 1910 y 1995 había dos ediciones del mismo, matutina y vespertina, y por redacciones desfilaron los mejores periodistas estadounidenses, de los cuales dos de los más famosos y respetados aún hoy son Henry Louis Mencken y Russell Baker.

Nadie contribuyó más que Mencken a la alta reputación nacional que una vez tuvo el diario The Sun. Luego de ser aprendiz en un par de periódicos más pequeños de Baltimore, Mencken llegó a The Sun en 1906 y estuvo conectado con el diario hasta su muerte en 1956. Fue reportero, redactor y ejecutivo de la compañía, pero principalmente fue columnista y crítico, y en ambos papeles tuvo un efecto en la vida cultural estadounidense que no puede exagerarse. Su prosa era fuerte, original, inventiva e inimitable (aunque muchos la han tratado de imitar), y sus opiniones eran feroces. Sus columnas para The Sun se transformaron en ensayos para The American Mercury, que a su vez se compilaron en libro tras libro.

Baltimore tuvo un valor incalculable para Mencken. Su juventud en esa ciudad fue el tema de sus tres memorias clásicas (Happy Days, Newspaper Days y Heathen Days, todas todavía a la venta), y aún cuando en la década de 1920 fuera el periodista, crítico y ensayista más famoso del país, Mencken resistió la tentación de mudarse a Nueva York. A excepción de su breve matrimonio en la década de 1930 (que terminó con la muerte temprana de esposa), vivió en la casa donde había nacido, y su vecindario de la calle Hollins fue el centro de su mundo. Pero por provinciana que su vida personal pueda haber sido, fue el crítico literario más influyente de su día, e hizo más que cualquier otro estadounidense para sacar al país de los páramos del puritanismo cultural y llevarlo a la edad moderna.

Mencken era todavía una presencia vívida en The Sun cuando Russell Baker llegó allí en 1947, recién salido de la universidad, pero no hay razón para creer los dos se hayan conocido jamás. Mencken tenía fama mundial y Baker era sólo un reportero de noticias policíacas. Trabajó en The Sun varios años, llegó a conocer bien la ciudad bien y refinó un talento de escritor que, aunque totalmente diferente al de Mencken, fue de altura comparable. Cuando se fue al diario The New York Times en la década de 1950, realmente reveló su propio talento, primero como reportero y luego como autor de una columna inmensamente popular, “Observer”, que se enfocaba en la vida ordinaria en vez de los grandes acontecimientos y estaba escrita en un estilo irónico y no estridente.

A Baker se lo considera un verdaderos escritor de Baltimore debido a sus dos memorias, Growing Up y The Good Times. La primera es la historia de su niñez en Baltimore y la segunda concierne substancialmente a su tiempo como aprendiz en The Sun. Growing Up es ampliamente considerada una obra maestra de las autobiografías estadounidenses, mientras que The Good Times recuerda una vida periodística ahora perdida para siempre y un Baltimore disipado que ahora es bastante difícil de encontrar a la sombra de las torres de oficinas altas y modernas.

Otra escritora de Baltimore que entró a la profesión por medio del diario The Sun es Laura Lippman. Hija de un prominente editorialista y columnista de The Sun, trabajó en el diario durante la década de 1990, cubriendo una amplia variedad de puestos y desarrollando un conocimiento especial del mundo del crimen de la ciudad, un mundo conocido internacionalmente por dos series de televisión, Homicide: Life on the Street y The Wire. Al final de la década de 1990 Lippman comenzó a escribir novelas acerca de un reportero de prensa llamado Tess Monaghan que se convirtió en detective privado. Las primeras dos, Baltimore Blues y Charm City, fueron publicadas como originales en libro de pasta blanda en 1997.

Desde entonces Lippman ha publicado otros15 libros, novelas de misterio de Tess Monaghan y lo que ella llama novelas «autónomas». Un admirable ritmo de producción, y lo que es aún más notable, es el alto nivel de calidad que ha mantenido. Todavía se llama a sí misma una «novelista de crimen”, pero ella es mucho más que eso. Crea personajes con gran habilidad, le da vida a Baltimore como personaje mismo, escribe excepcionalmente bien, y se ocupa de temas serios. Tiene muchos años por delante y todos sus admiradores tienen mucho que anticipar en cuanto a sus obras.

Por último, está Anne Tyler. Ella es la excepción de la regla de que Baltimore no acoge a los fuereños. Llegó a la ciudad a principios de la década de 1960, cuando tenía 20 y tantos años, se casó y tuvo dos hijas y fue autora de una primera novela bien recibida, If Morning Ever Comes. No fue sino hasta 1974, con su cuarta novela, The Clock Winder, que Baltimore surgió como escenario para su ficción. Y desde entonces lo ha sido. Desde el principio reveló una simpatía profunda por las agradables excentricidades y rarezas de la ciudad, y desde el principio sus conciudadanos de Baltimore le acogieron a ella y a su visión de la ciudad, y la hicieron una de ellos.

En la década de 1980 Tyler llegó a ser una novelista de gran éxito de ventas en el país con sus dos libros más famosos (y mejores), Dinner at the Homesick Restaurant y The Accidental Tourist. Ahora, con más de 60 años, continúa escribiendo constantemente y finaliza una nueva novela aproximadamente cada tres años. Estas reciben invariablemente elogios de los críticos y tienen éxito popular. Su reputación al principio de su carrera fue como escritora literaria, y ha mantenido altas nomas literarias al tomar su lugar entre los escritores estadounidenses más queridos y populares de su época. Rechaza toda entrevista y otras formas de publicidad, una política notable y admirable en esta era de incesante autopromoción.

Tyler (por su novela Breathing Lessons) y Russell Baker (por Growing up) son los únicos dos escritores de Baltimore que han ganado Premios Pulitzer de Literatura. Sus posiciones en el firmamento literario estadounidense están tan aseguradas como las de Mencken, y Laura Lippman seguramente va a unirse a ellos.

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