LAS BENEVOLAS

9benevolasjr6.jpgPor: Alberto Duque López

Si el lector es capaz de superar la página 163 de la novela “Las Benévolas”, escrita en francés por el autor norteamericano Jonathan Littel y ganadora de los dos principales premios literarios en ese país, entonces no tendrá  inconveniente en avanzar por estas mil páginas en la edición en castellano de RBA, marcadas por la sangre, los excrementos, el miedo, el dolor, el sexo, el incesto, el matricidio, la traición, la ambición por el poder, la violencia, el salvajismo, la destrucción, el antisemitismo y todo cuanto el autor de apenas 40 años de edad, piensa que guarda relación con un tema que ha trasnochado a numerosos políticos y filósofos: la naturaleza verdadera del crimen de Estado. 

Esa, y no la naturaleza del mal porque, como dice el autor, el mal no tiene tanta importancia, hay que dejarlo en manos de perspectivas religiosas, porque es un resultado, no algo trascendente, ni el bien tampoco. Son acciones que no remiten a estados ajenos al ser humano, dependen de la voluntad de las personas; las acciones del Nazismo o Nacional-Socialismo, presenciadas por el protagonista de la novela.

Lo que Hannah Arendt bautizó como la banalidad del Mal, esa actitud que permite al protagonista sentirse inmune a la culpa y el horror, como ocurrió con la mayoría de los verdugos nazis encabezados por Eichmann, Speer, Goering, Bormann y otros que son retratados espléndidamente. Lo mismo que Ernest Jünger.

Es que en la página 163 se cuenta cómo una patrulla alemana dispara contra una mujer embarazada que corre bajo la lluvia. La llevan a una casa y uno de los enfermeros le practica la cesárea para rescatar al bebé del cadáver de la madre y salvarlo. Entonces entra un oficial enfurecido, toma el bebé, lo estrella contra una estufa y lo arroja al suelo en medio del asombro y la rabia de los soldados. Uno de ellos le apunta al oficial.

El lector que siga leyendo, se encontrará con otras páginas atroces e insoportables. Como el soldado que pierde una pierna, sigue caminando y para no desfallecer, coloca una lata vacía en el muñón para recoger la sangre, beberla y seguir agonizando (página 413); el oficial alemán, sentado en una cama junto al cadáver de un ruso, mientras escucha una pieza de Mozart interpretada por el mismo Rachmaninov (página 414); Thomas, el mejor amigo, herido en el vientre, se sienta en el suelo, abre más la carne, busca los pedazos calientes de metralla, los saca mientras se acomoda de nuevo los intestinos que ya estaban regados en la nieve (página 416); los heridos alemanes que llegan del frente ruso a hospitales y cuarteles, son recibidos con música de Bach , como parte del experimento curativo de Goebbels, en vez de darles sopa, pan y frazadas (página 446); el asedio de las matronas de Berlín contra la hermana del protagonista, sin hijos, acusándola de “desertora del frente de la reproducción”, “traidora a la naturaleza”, “huelguista de vientre” mientras le aconsejan que busque un joven oficial ario que la fecunde (página 493); las distintas copulaciones con la hermana, en diferentes ciudades y circunstancias, sobre todo en el Museo de la Tortura, acostados bajo la hoja de una guillotina amenazante (páginas 496 y 497, entre otras).La apoteosis de este baño de sangre llega durante el encuentro o pesadilla del protagonista con Hitler, en medio de las ruinas humeantes de Berlín, cuando todo está perdido, tres días antes del suicidio del Führer: “El se acercaba y yo seguía observándolo. Y por fin lo tuve delante. Comprobé con asombro que la gorra me llegaba apenas a la altura de los ojos, y eso que yo no soy alto. Mascullaba un discursito elogioso y buscaba la medalla a tientas. Aquel aliento agrio y fétido acabó de irritarme: no se le puede pedir a la gente que aguante tanto. Y entonces me agaché y le hinqué el diente a aquella nariz bulbosa, hasta hacerle sangre. Ni siquiera hoy podría decir por qué lo hice: sencillamente, no me pude contener. El Fuhrer soltó un chillido estridente y retrocedió de un salto, cayendo en brazos de Bormann. Durante un momento, nadie se movió. Luego varios hombres se me vinieron encima, pegándome con violencia”.“Las Benévolas” está contada en primera persona por este hombre, oficial de la SS, buen lector, amante de la música, la buena mesa y los paisajes invernales; homosexual que odia a la madre hasta asesinarla con su segundo marido; que sostiene relaciones sexuales con la hermana (queda la duda si es el padre de sus sobrinos mellizos), y sufre durante toda la historia una diarrea incurable que se agudiza en medio de las circunstancias más salvajes y crueles, mientras asiste a los principales acontecimientos políticos, militares, culturales y sociales de ese Tercer Reich que se prolonga durante 12 años infernales. Años finales mirados bajo un baño de sangre y excrementos.

Littell, hijo de un historiador, prefirió escribir en francés y buscó refugio en Barcelona cuando se sintió acosado por la fama y la riqueza que le dejaron los dos premios literarios.  Dicen que la fuente de inspiración de “Las Benévolas” fue una fotografía conocida en 1989, de una bella joven rusa, asesinada por los nazis, cuyo cadáver había sido devorado por los perros. Durante dos años investigó en un millar de libros y luego se gastó tres años escribiendo y reescribiendo un libro que demanda disciplina y paciencia del lector.

Habría que agregar que, las Benévolas (en griego, Euménides) es el eufemismo que usaban los griegos para referirse a las Erinias, las deidades de la venganza, encargadas de perseguir los crímenes más horribles y restablecer el orden de las cosas. Littell dice haberse inspirado en la Orestíada de Esquilo. Como fanático de Bach, el libro está organizado al modo de una suite aunque con ciertas licencias: «Tocata», «Allemandas I y II», «Courante», «Zarabanda», «Minueto (en rondós)», «Aire» y «Giga».
      La  polémica alrededor de la novela ha sido agresiva. De un lado, autores como Jorge Semprún y Mario Vargas Llosa han agotado los elogios, mientras numerosos historiadores la han calificado de dañina y morbosa. Lo cierto es que el autor se siente cómodo con estas mil páginas para detallar la arquitectura, la música, las comidas, la ropa, la filosofía, las tácticas militares y las batallas, las derrotas, las privaciones de alemanes y enemigos, los detalles de las carnicerías, las bases ideológicas de los bárbaros, el silencio y complicidad de numerosos países, la situación de los judíos, para llegar a una conclusión que eriza a todos: cualquiera de nosotros, sus lectores, igual que Maximilien Aue, podría haber llegado a cometer las mismas atrocidades. Sin culpa, ni remordimientos, ni noción del mal, como si todos esos actos fueran banales, permitidos. Ordenados por razones de Estado.
El libro comienza varias décadas después del hundimiento final, con este personaje convertido en patriarca que quiere poner en orden sus recuerdos del sitio de Stalingrado y la destrucción de Berlín, que organizó el buen funcionamiento de Auschwitz y otros campos de concentración, dirigió la matanza de judíos, polacos, rusos, gitanos, ucranianos y otras etnias mientras  buscaba muchachos apuestos, soñaba eróticamente con la hermana, devoraba “La educación sentimental” y servía de enlace entre varias entidades del gobierno, como oficial de inteligencia, alguien refinado que siente la necesidad de preservar la estética del crimen, el orden de la muerte y la razón de la destrucción ajena, sin culpa, tranquilo, elegante, sofisticado, perezoso pero disciplinado, tanto, que recibe todos los aplausos, todas las condecoraciones en medio de las batallas más sangrientas. Con la bendición de las Benévolas.

Una imagen final que resume bien la atroz belleza de esta novela. Un niño encuentra un camino de hormigas, lo sigue a través de las ruinas de casas y edificios, entra al campo de Auschwitz y descubre que la disciplinada fila sigue hasta los galpones, en busca de las cenizas y los huesos pulverizados de los prisioneros ejecutados. Sin hacer el menor gesto, contempla cómo los animalitos se revuelcan sin culpa, propia o ajena.

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