Los contrastes de la isla de Cuba

En la capital cubana, el tiempo parece haberse quedado estacionado, contagiándose del ritmo de su gente, su cultura y paisajes

Viajar a La Habana es como transportarse en una máquina del tiempo, pues parece que aquí se detuvieron las manecillas del reloj, haciendo retroceder a los visitantes a la época que se vivía entre los años 50 y 60, con todo y sus construcciones, automóviles y vestimenta antigua, incluso hasta ciertos hábitos de la vida cotidiana, que distan mucho de ciertas actividades cotidianas que actualmente la sociedad globalizada ya no acostumbra a realizar en otras partes del mundo.

Se observa a los niños jugar en las calles, con juguetes elaborados por ellos como un avioncito o un yoyo, o simplemente, divirtiéndose con las escondidas o las rondas, mientras los jóvenes caminan y pasan el tiempo en el malecón o por los caminos que circundan La Habana Vieja.

En tanto, los adultos realizan torneos de domino o pasan el día en una mecedora que ubican fuera de sus casas, para observar a la gente transitar.  El tiempo y la diversión al aire libre es lo más característico de La Habana.

Un lugar de contrastes en el que se mira la opulencia, en su cultura arraigada con beneficios equitativos como la educación y salud, y en su gente entusiasta y culta, pero con ciertas restricciones y carencias, eso sí, con un ambiente que contagia a cualquier turista e invita a adentrarse por los rincones de la isla. El tiempo y la diversión al aire libre es lo más          característico del país.

Uno de sus principales atractivos es La Habana Vieja, la zona más antigua de la capital, que destaca por su mezcla arquitectónica y por ser testimonio de diferentes épocas como la corona española, británica, francesa y estadunidense. Uno de los sitios más concurridos por su restauración de iglesias, fortalezas y otros edificios históricos.

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