Los premios Oscar 2008

untitled4.bmpPor: Alberto Duque López

Michael Clayton
Dentro de algunos meses seguiremos recordando una película tan inteligente, agresiva, personal, honesta y divertida como “Michael Clayton”, titulada como su protagonista, un hombre que, aparentemente, ha fracasado en todo en la vida (divorciado, perdedor en el juego, perseguido por sus acreedores, hostigado por sus familiares, idolatrado por el pequeño hijo y con ideas muy claras sobre la amistad, la corrupción y la lealtad), que trabaja como una sombra en una multinacional de abogados con un oficio que nadie envidia: limpiar lo que los demás ensucian, arreglar lo que no tiene arreglo, solucionar lo insoluble y poner la cara por esos jefes que lo desprecian o sea, caminar en esa línea delgada e invisible que separa lo criminal de lo legal.
Su realizador, Tony Gilroy, es la primera vez que dirige luego de una muy brillante carrera como guionista en Hollywood, con historias como las tres películas de Bourne. No es extraño que una película como ésta que denuncia, casi con nombres propios, toda la corrupción y los malos manejos que afectan la salud y la vida de los ciudadanos, haya sido financiada por un grupo de personajes liberales de Hollywood como Sydney Pollack, Steven Soderbergh, Anthony Minghella y el mismo George Clooney, su protagonista que luego de “Buenas noches, buena suerte” y “Syriana” se embarca en esta historia que debe verse con admiración y complacencia. Y complicidad.
Es una mirada alucinada pero reflexiva sobre el alma humana, o mejor, el alma como es manejada en estos tiempos de corruptos y mentirosos, a través de los ojos de un personaje desencantado, cínico, perdedor por naturaleza, que ya no recibe alegrías ni satisfacciones de la vida pero ejerce su oficio detergente con rigor y disciplina.
Cuando uno de sus mejores amigos destrozado por la culpa moral al descubrirse en el lado contrario de la decencia, la moral y la compasión entra en un abismo sin fondo, acepta entonces, no salvar al otro, sino salvarse a sí mismo aunque tenga que repetir la operación de Sansón en el templo. Es ahí donde la película alcanza un grado de dignidad, coraje e independencia que asombra e impacta a ese espectador que no quiere creer lo que está viendo, lo que le están contando. Por doloroso, incómodo y muy actual, dentro y fuera de Estados Unidos.
Es un placer enorme contemplar a un actor tan completo y complejo como George Clooney acompañado por Tilda Swinton, Tom Wilkinson y Sidney Pollack de la mano del debutante Gilroy, en una película que nos reconcilia con el buen cine que, a veces, llega desde Hollywood. O, a pesar de Hollywood que se permite resquicios para enseñar el poder depredador, la competencia salvaje, las multinacionales desalmadas y los liberales que, escasos, se atreven a levantar la cabeza para que se las aplasten. Como en esta película, contada en un flashback de dos horas.
( 7 nominaciones )

Sweeney Todd
La sangre corre como nunca y la muerte es más divertida en la sexta película que realizan juntos el director Tim Burton y el actor Johnny Depp, “Sweeney Todd”, luego de compartir “El joven manos de tijera”, “Ed Wood”, “La leyenda del jinete sin cabeza”, “El cadáver de la novia” y “Charlie y la fábrica de chocolate”, todas marcadas por personajes excéntricos y solitarios, escenarios fastuosos, una cámara delirante y, sobre todo, una descomunal carga de humor y vitalidad que hace palidecer a las demás películas.
Pocos personajes de la imaginación callejera londinense como este barbero victoriano que venga a su familia degollando clientes cuyos cadáveres son molidos y convertidos en tortas de carne. Es un mito popular que algunos emparentan con Jack el Destripador, y ha provocado folletines, piezas de teatro, adaptaciones fílmicas y un musical estruendoso y brillante que ha sido éxito en medio mundo. Algunos lo miran como una denuncia del canibalismo capitalista pero, digamos mientras que es un musical excelente y que el espectador no sentirá fastidio cuando Depp, Bonhan-Carter y Rickman en vez de hablar, canten ante una cámara que se regodea con escenarios infestados de animales y personajes siniestros y perversos. Depp ganó el Globo de Oro.
En esa Londres “putrefacta, llena de muerte, progreso y pobreza”, se pasea Sweeney Todd, personaje que apareció por primera vez en 1846, en un folletín escrito por Thomas Peckett Prest que recrea su ejecución en la horca, acusado de la muerte de, por lo menos, 150 clientes que llegaron a su barbería de la calle Fleet. En 1946 el escritor George Dibden Pitt estrenó su obra teatral con ese personaje que, con la complicidad de una hermosa mujer y pastelera, descuartiza los cuerpos y los vuelve tortas que se venden como pan caliente.
En 1973 el dramaturgo Christopher Bond retomó la historia que sirvió de base al compositor Stephen Sondheim y el escritor Hugo Wheeler para la versión más popular de todas, este musical convertido ahora en bella película, en la que el espectador descubre que Sweeney Todd se llama en verdad Benjamín Barker y provoca un baño de sangre espectacular que arranca con los créditos y sigue, cada vez más imparable hasta dejarnos con la sensación pegajosa, húmeda y contagiosa de tener también las manos untadas después de usar con salvajismo esa barbera de plata. Es que la sangre es de mentira, lo sabemos, plástica y muy roja, brillante, y los muertos también con sus heridas salvajes pero, el miedo y la música, son reales, contagiosos, en un homenaje explícito y macabro a los grandes maestros, grandes actores y grandes películas del horror, el miedo, la muerte y la sangre.
Luego de verla y disfrutarla, lo mejor es hurgar en las tiendas de video en busca de las versiones anteriores de “Sweeney Todd”, como la de George King en 1936, o la de 1926, muda, o la de 1928, de Walter West. Muy divertidas y asustadoras.
( 3 nominaciones )

Expiación (Atonement)
Los mejores augurios envuelven esta película, “Expiación” (“Atonement” en el original), favorita indiscutible para el reparto de los premios Oscar. Se basa en una hermosa novela publicada por el británico Ian McEwan en 2002, en la tradición de Jane Austen y Virginia Wolf, con largos análisis sobre la conducta humana, sobre todo, cuando es una niña que quiere y logra ser escritora, quien traiciona y produce dolor en los seres queridos por celos, envidia y torpeza.
La vida no le alcanza para expiar esa culpa y escribe una novela en la que entrega su visión personal de los hechos. O sea, el libro de McEwan es una novela sobre la novela o mejor, un libro sobre la palabra escrita, sobre su poder redentor, sobre su capacidad de mentir y alterar la realidad y buscar el perdón a través de esas confesiones de una niña que, siendo ya anciana y consagrada, enfrenta la mirada pública para el miedo y el horror que produjo antes con este nuevo libro que revela los laberintos de su alma.
Por eso las primeras imágenes son los tipos de una máquina Corona que, en el verano de 1935 y bajo los dedos delgados y temblorosos de una niña, Briony, escriben una obra de teatro doméstica para celebrar la llegada del hermano mayor. El otro personaje es su hermana, Cecilia, lánguida y enamorada del hijo del ama de llaves. Cuado presencia una escena sexual que no entiende y lee una carta erótica que no comprende, desata la confusión y la calumnia. Por torpe o mejor, por equivocada.
Los fanáticos de las discusiones estériles sobre las relaciones de los libros y las películas basadas en ellos tienen aquí un buen pretexto, sobe todo, cuando la novela original tiene 130.000 palabras y el guión, 20.000 aunque dura más de dos horas. Es una adaptación fiel (la realizó el maestro Christopher Hampton): lectores y no lectores del libro (Anagrama), quedan tranquilos porque la intención del escritor, mostrar en tres grandes bloques todo el infierno de los personajes (con la segunda guerra como ominoso telón de fondo), es seguida por guionista y director, y el resultado, una película exquisita del director Joe Wright en su segunda aparición luego de “Orgullo y Prejuicio”. No es simple casualidad que la actriz de ambas sea la hermosa, frágil, sensual y vulnerable Keira Knightley, quien sufre, busca, indaga, calla, sorprende y llora mientras intenta recomponer su maltratada vida, a distancia de una hermana menor que, convertida en escritora famosa, tiene la imaginación de querer componer todo. Ojalá que los imprevisibles señores de la Academia se entusiasmen lo suficiente con una película muy inteligente o mejor, para espectadores que pretenden serlo. La prueba: ese plano-secuencia de cinco minutos en la playa francesa de Dunquerque, con miles de soldados británicos tratando de regresar a su tierra bajo el fuego alemán.
Como dijo alguien, libro y película son en 435 páginas y más de 2 horas, “un tratado demoledor sobre la culpa y el azar, sobre cómo los celos de una adolescente, una pequeña traición, un error insignificante, un acto de cobardía, una mentira banal, un simple malentendido pueden cambiar para siempre el destino de una gran pasión y de dos personas. Una obra mayúscula trabajada en múltiples capas donde conviven, con absoluta armonía, desde el despertar sexual hasta la moral de los años 30 y 40, desde las diferencias de clase hasta la creación literaria, desde la tragedia social de la guerra hasta la tragedia íntima de dos jóvenes enamorados”.
( 7 nominaciones )

American Gangster
El 14 de agosto de 2000, en la revista New York, los lectores se sorprendieron con un extenso reportaje firmado por Mark Jacobson, centrado en la figura de Frank Lucas, rey de la droga, la prostitución, los juegos ilegales, las apuestas clandestinas y otras diversiones en los años setenta. No solo era el amo absoluto sino el primer negro capaz de arrebatarle el predominio a los blancos de la Mafia italiana.
Durante su apogeo, Lucas, siempre vestido con un elegante abrigo demostró su audacia, inteligencia, desafío y sentido de organización al introducir en Estados Unidos toneladas de heroína procesada en Vietnam, camufladas en el escondite nunca imaginado por las autoridades: los ataúdes que regresaban a casa con los cadáveres de los soldados y oficiales muertos en combate.
Lucas se instalaba todas las tardes en la esquina de la calle 116 con la Octava Avenida en el interior de un elegante Chevrolet bautizado como Nellybelle, con gafas y peluca que lo disfrazaban para espiar el comercio callejero de la droga. Mientras, ocupaba todo un piso del hotel Regency, rodeado de sirvientes y guardaespaldas, un armario lleno de trajes a la medida, centenares de zapatos y en los garajes, numerosos automóviles casi sin estrenar: varios Rolls, un Mercedes, un Corvette Swing Ray y una motocicleta enorme y ostentosa que infundió pavor desde el principio.
La violencia, la corrupción de algunas autoridades, el enfrentamiento con los narcotraficantes rivales, el éxito de los envíos camuflados en los ataúdes, la disciplina y la sumisión impuestas a sus hermanos y paisanos campesinos y sobre todo, el misterio que Frank Lucas mantuvo alrededor de sus costumbres, le garantizaron y permitieron manejar ese imperio que ahora, a los 75 años de edad, repasa sin ostentación.
Como la realidad y el cine siempre van de la mano, Ridley Scott, uno de los más grandes directores de todos los tiempos que había leído ese artículo en la revista New York, se interesó por el personaje y la historia, aunque en principio figurara como director otro negro, Antoine Fuqua.
Scott (con obras maestras como “Blade Runner”, “La caída del halcón”, “Gladiador” y “Thelma & Louise”), recibió el primer guión de Steven Zaillian, revisado luego por Terry George. Luego entraron al proyecto los actores Denzel Washington y Russell Crowe que ya habían trabajado juntos en “Virtuosity”. El resultado es esta película, “American Gangster”, una de las mejores que veremos pronto.
Washington, por supuesto, es Lucas, distante y callado, meticuloso y salvaje, con un aire de bestia en reposo que protagoniza una de las escenas más violentas al comenzar la película, cuando un traidor es rociado con gasolina y quemado vivo. En otra escena, sin que le tiemble la mano, matará de cuatro tiros a un enemigo, en plena calle, ante la mirada de centenares de curiosos que no saben qué hacer, mientras Lucas se queda en la esquina, curioseando y esperando a los policías. Para que el espectador sepa que la película no es simple. Russell, actor-fetiche del director, es el policía pegado al rastro del enemigo como un sabueso hambriento.
La película, fotografiada en tonos oscuros y con una reconstrucción soberbia de los setentas avanza por dos carriles, con la historia de los protagonistas, paralelas, angustiosas, mientras el uno se enriquece y mantiene relaciones con personajes como Joe Louis y Howard Hughes y Ava Gardner (hay una escena impactante con varias mujeres denudas, con máscaras quirúrgicas, “cortando” la droga y empacándola, en medio del calor, en un local de West 123 Street que todavía se alza como un recuerdo nefasto), y el otro es despreciado y perseguido por sus compañeros policías porque no acepta sobornos. Y al otro lado, el principal rival de Lucas, Ricky Barnes (interpretado brevemente por Cuba Gooding, totalmente irreconocible), enfrentándolo con su propia cadena de suministro de droga y parapetado en un cabaret.
Meticuloso, elegante, preciso, así es el cine de Ridley Scott y en esta ocasión el universo salvaje y real creado alrededor de estos personajes descompuestos, le sirve al director, apoyado en un reparto formidable para, una vez más, echar una profunda mirada a lo peor de la condición humana, con este hombre que todavía vive (el año pasado apareció en público a raíz del estreno de esta película, apoyándola), sueña con el imperio que sostuvo y se ríe de los actuales carteles de la droga, insignificantes para alguien capaz de escarbar en los cadáveres uniformados para rescatar la heroína empacada al lado de los arrozales.
“American Gangster” es la mejor manera de iniciar este año. Pronto veremos otra obra maestra, “Petróleo Sangriento” de Paul Thomas Anderson, con un Daniel Day-Lewis agigantado y protagonizando algunas de las mejores escenas que veremos en los próximos meses, como la de la bolera, con ese falso predicador humillado y golpeado.
( 2 nominaciones )

Juego de Poder (Charlie Wilson´s War)
Aunque el lector y el espectador no lo crean, el personaje real de la comedia “Juego de Poder”, dirigida por el maestro Mike Nichols (Berlín, noviembre 6, 1931), sigue vivo todavía, divertido con esta versión cínica y agresiva de los años ochenta en los que este hombre, interpretado con humor y simpatía por Tom Hanks, fue capaz de sacudir al Congreso de Estados Unidos y organizar la operación más sigilosa y exitosa contra la presencia salvaje de los rusos en Afganistán.
Ese personaje real, Charlie Wilson, tiene ahora 75 años, sobreviviente de un trasplante de corazón, cuya convalecencia interrumpió para mezclarse con las estrellas de Hollywood en el lanzamiento de la película y enfrentar a los periodistas que le preguntaban si una de las escenas iniciales, llena de sexo, licor y drogas era verídica. Diplomático en esta etapa de su vida, el ex congresista respondió:»Fueron muy amables conmigo. Pensé que el film sería más duro, con más sexo y más malas palabras. Creo que lo suavizaron para que fuera más vendible».
Y como los nexos entre Hollywood y la realidad cercana son insondables, resulta que la esposa del director, la famosa periodista Diane Sawyer estuvo saliendo con Wilson varias décadas atrás y de esos encuentros Nichols recuerda que, «Fueron a cenar dos veces y ella me contó que pensó que estaba loco y se asustó».
“Juego de Poder”, como casi todas las películas de este tantas veces premiado director, encierra una carga de cinismo, desparpajo, alegría, humor negro, agresividad y esa mirada burlona a los conceptos de honor, moralidad, amistad, ambición y lealtad que manejan quienes ejercen el poder en todas sus esferas.
Además del patriotismo, por supuesto, porque por encima de todo, este Charlie Wilson que en las escenas iniciales es condecorado por el Congreso para premiar su papel en la liberación afgana y luego asoma en ese jacuzzi, desnudo, acompañado de un amigo y tres mujeres muy hermosas; ese Wilson que vuela de Washington a Texas para seguir seduciendo a una millonaria madura (Julia Roberts) mientras se encuentra con su amigo de la CIA (Philip Seymour Hoffman) y discutir las operaciones militares; ese personaje seductor, mujeriego, drogadicto, enloquecido con el poder político y financiero…es un patriota, como los de antes, los que piensan que las barras y las estrellas deben estar en todo el mundo. Los que miran a los “rojos” como enemigos naturales.
Conocedor como pocos de la naturaleza humana, Nichols tiene el don de diseccionar sus personajes hasta el hueso y, en la oscuridad uno siente con Charles Wilson que la película le habla a los ojos, le cuenta una historia que sí le interesa y mucho, aunque el escenario sean los desiertos afganos con los mujaidines recibiendo el armamento norteamericano y derribando los helicópteros rusos, a través del estupendo guión del veterano Aaron Sorkin, conocedor de esos temas.
Por eso, mientras asistimos a las escenas iniciales, sentimos que habrá un goce total con esta historia, como lo hubo con sus obras maestras anteriores: “Quién le teme a Virgiia Wolf”, 1966; “El graduado”, 1967; “Trampa 22”, 1970; “Carnal Knowledge”, 1971; “Silkwood”, 1983; “Heartburn”, 1986; “Secretaria Ejecutiva”, 1988; “La jaula de las locas”, 1996; “Colores primarios”, 1998 y, su obra maestra, una de las miradas más dolorosas a las relaciones de pareja, “Closer”, 2004.
Si uno compara “Juego de Poder” con esos títulos, descubre que Nichols conserva el don de los grandes narradores como Fellini y Almodóvar, Altman y Woody Allen, Bergman y Antonioni quienes saben de qué está fabricada el alma humana, conocen sus laberintos, identifican sus aberraciones, mentiras y dobleces, y en sus películas nos ofrecen el espectáculo doloroso de personajes enfrentados a su destino mientras sobreviven a pesar de ellos mismos. Desnudos, beodos y drogados.
Por eso, “Juego de Poder” se diferencia de recientes películas dedicadas a denunciar las miserias de las intervenciones militares y políticas de Estados Unidos en el resto del mundo como “Leones por corderos” de Redford; “La batalla de Hadhita” de Nick Broomfield; “El sospechoso” de Gavin Hood; “Todo corazón” de Michael Winterbotton; “El reino” de Peter Berg; “Redacted” de Brian de Palma; “En el valle de Elah” de Paul Hagáis, entre otras, se diferencia por un elemento corrosivo: el humor negro para acercarse a los personajes y la historia, por crueles y desagradables que puedan ser.
Esta es una sátira política y como tal, hay que gozarla mientras comprobamos que estos personajes, estos hechos, estas situaciones increíbles, absurdos y descabellados son reales, están frescos y es con esa materia que se decide el destino de millones de personas en lejanos desiertos. Tom Hanks está formidable y real. La política de Estados Unidos aparece en toda su fealdad pero más amenazante porque, sus protagonistas la ejercen desnudos y muertos de la risa.
( 1 nominación )

Ratatouille
Ratatouille es el último film de Pixar, el estudio de animación responsable de una sucesión aparentemente indefinida de éxitos, entre ellos, Toy Story, A Bug’s Life, Monsters Inc., Finding Nemo, The Incredibles y Cars. Ratatouille, al igual que The Incredibles, está dirigida por Brad Bird, y es la singular historia de una rata llamada Remy que sueña con convertirse en un gran chef en un restaurante 5 estrellas de París. Ser un roedor en el negocio de la gastronomía obviamente plantea peculiares problemas; pero sin embargo, Remy no dejará que el prejuicio o el control de plagas se interpongan en su camino, y una vez que selle una alianza con un humilde aprendiz de cocina llamado Linguini, no tardará en poner cabeza abajo el mundo de la alta cocina.
De acuerdo con Brad Bird y con muchos integrantes del equipo que trabajó en Ratatouille, uno de los mayores desafíos de la realización de este film fue el de superar el “factor-disgusto” asociado con las ratas. “La mayoría de la gente sufre esa reacción visceral de ‘¡Ratas! ¡Qué asco!’”, señala Dylan Brown, uno de los animadores supervisores del film. Por supuesto, Remy parece casi tan adorable como el Conejo de Pascuas.
Tras resaltarnos la importancia de la vida de los insectos en A Bug’s Life y de crear tiburones que bien parecían suaves juguetes en Finding Nemo, la gente de Pixar estaba claramente dispuesta al desafío, así que convertir a un roedor en héroe desde cero fue simplemente uno de los problemas que los realizadores enfrentaron en Ratatouille. Esta es la primera vez que el equipo de Pixar ha intentado verdaderamente animar a animales (al menos los de sangre caliente), sin contar con que los animales interactúan con los humanos, así como también es la primera vez que un film animado depende de que la comida animada se vea apetitosa (después de todo, Remy desea ser un chef 5 estrellas), algo que aparentemente es mucho más difícil de lo pensado. En consecuencia, más de 40 integrantes del equipo de Ratatouille asistieron a clases de cocina antes de que comenzara la producción.
Otra vez, Pixar creó revolucionario y nuevo software, como lo hizo al lograr automóviles apropiadamente brillantes para Cars o el movimiento submarino de las olas en Finding Nemo. Hacer que la comida en CGI se viera apetitosa es obviamente un trabajo usual, aun cuando los brillantes y vivaces cuarteles generales de Pixar en las afueras de San Francisco parezcan más el lugar perfecto para relajarse que para trabajar duro.
( 5 nominaciones )

Petróleo Sangriento (There will be blood)

El fanatismo con esta película es increíble y, como dice alguien, no es extraño que a su director, Paul Thomas Anderson (Studio City, California, 1970), muchos lo comparen con Orson Welles. El autor de Boogie Nights (1997), Magnolia (1999) y Punch Drunk Love (2002) fue vitoreado en la Berlinale reciente junto a su gran protagonista, el actor británico Daniel Day-Lewis, quien aspira al Oscar por su interpretación de un codicioso prospector de petróleo, Daniel Plainview (el apellido en castellano significa “visión plana”). De los encuentros de Anderson con la prensa, destacamos estas frases:
“Sobre la novela de 1927, Petróleo, de Upton Sinclair, no había oído hablar de ella ni la había leído No sabía que fuera tan prolífico, ni conocía su carrera política o su apoyo a la causa anarquista. Deambulando por Londres me encontré en una librería esa novela, y me llamó la atención esa tapa tan llamativa, con el título escrito en rojo y el signo de admiración (en el original se llama Oil!). Descubrí una escritura magistral. Además, soy un hijo de California, por lo que crecí escuchando las historias de aquellos brutales “barones” del petróleo y me noqueó hasta qué punto Sinclair, quien para colmo era de Baltimore, conocía aquella etapa y el carácter de aquellos hombres. También me gustó que contara una historia “enorme” con gran economía de palabras”
”Sobre los personajes, me basé en figuras legendarias reales.Edward L. Doheny y Harry Sinclair. Doheny, inspirador de Sinclair, fue la encarnación mítica del demonio que sale del infierno de la mina y hace saltar a la sociedad al siglo XX. En el plató solíamos bromear con Day-Lewis: “Tú puedes sacar al chico de la mina, pero nunca la mina del chico”. Estos hombres brutales y míticos se hicieron a sí mismos pero acabaron degradados en algún tipo de escándalo, crimen, corrupción o problemas familiares a gran escala. Vendieron sus almas para conseguir sus ambiciones, se convirtieron en caníbales de sí mismos y se habrían comido a sus propias madres si hubiera sido necesario”.
Y el tema clave, las influencias que el director ha sentido con mayor intensidad:
”El tesoro de Sierra Madre, el clásico de Huston sobre la fiebre del oro, la paranoia, los grandes espacios geográficos y la música de Max Steiner. “Al Este del Edén” por la dinámica de las relaciones masculinas y la rivalidad fraterna, que suele ser perversas, un material a lo Caín y Abel, aunque sólo ví la conexión una vez finalizado el rodaje. “Chinatown” por la explotación de los recursos naturales de California. El personaje de John Huston en esa película, Noah Cross, es similar al de Daniel en el sentido de que son violadores de la tierra. “Los vividores” de Bob (Altman). Y rodamos en Marfa, donde George Stevens grabó “Gigante”.

(8 nominaciones)

Sin lugar para los débiles (No country for old men)
Alguien definió la nueva película de los hermanos Coen como una intensa mezcla entre western, thriller de acción e indagación sobre la pasión y la codicia en un entorno hostil, que del último Cannes se fue con las manos vacías. Además, ha servido para convertir a Javer Bardem en la superestrella del mundo entero. Ya se sabe que, desde hace 25 años
se han ocupado a cuatro manos de la adaptación, producción, dirección y montaje bajo su ya legendario apodo, Roderick Jaynes. Esta película, dice otro, es un western contemporáneo, una historia de persecución, un filme “noir” y también una meditación acerca del destino, la muerte y la codicia. Esta es una muestra de sus centenares de conferencias de prensa recientes:
“En realidad, el origen de la película está en otra novela que quisimos adaptar anteriormente, pero resultó imposible, To The White Sea, la última obra que escribió James Dickey. Trataba sobre un aviador perdido durante los bombardeos japoneses en la II Guerra Mundial y la iba a protagonizar Brad Pitt. Encontramos ecos de esta historia en la de McCarthy, cuyas galeradas nos envió el productor Scott Rudin antes de su publicación. Nos interesó la forma en que los actos definen a una persona en una situación de supervivencia. Leímos otras novelas de Cormac, ya por placer, pero fue ésta la que más interesante nos seguía pareciendo. Tuvimos la intuición de que sabíamos cómo hacerla y no fue un rodaje muy complicado. Todos los días, al ver el material rodado durante la jornada, nos dábamos cuenta de que la película iba saliendo como queríamos”.
(“Sin lugar para los débiles” comienza cuando Llewelyn Moss, un curtido veterano de la guerra de Vietnam, encuentra en medio del desierto de Texas los cadáveres de unos traficantes. Junto a los cuerpos hay un botín de dos millones de dólares del que Moss se apropia. Para conservarlo, el héroe deberá enfrentarse a un asesino sin piedad, Antón Chigurh, el inquietante personaje de Javier Bardem, que mata a todo el que se cruza en su camino con un artefacto para ejecutar ganado. El tercero en discordia es un sheriff veterano y a la antigua, Tom Bell (Tommy Lee Jones), que sigue a Chigurh para evitar más muertes. Es quien lleva el centro moral de la historia. Estos caracteres masculinos, que cobran vida en la piel de algunos de los mejores actores del mundo, forman un triángulo electrizante en el que Moss representa la codicia y la ingenuidad; Cigurgh es la maldad en estado puro y Bell es el portador de unos valores quizá anticuados pero necesarios para llegar a viejo en un país sin clemencia).
Sobre el humor negro de la película, dicen: “El humor está ya en el libro, es ciertamente muy negro, lo cual está muy bien porque es el que nos complace. Y hay una cierta melancolía en el personaje del sheriff Bell, que recuerda tiempos más decentes cuando el tráfico de droga no había llegado hasta aquellas latitudes”.
( 8 nominaciones )

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