Philippus Theofrastus Bombast von Hohenhein (Paracelso), el alquimista rebelde que revolucionó la farmacología

Grabado de Paracelso

Crítico, revolucionario y atormentado, a veces charlatán e iluminado, pero siempre un gran humanista

En uno de los capiteles de la Capilla de los Condestables de la catedral burgalesa aparecen labrados en piedra unas figuras humanas con retortas y morteros, lo cual nos hace sospechar que los maestros constructores tenían conocimientos alquímicos.

El término alquimia comporta, irremediablemente, misterio y cierto punto de brujería, pero al mismo tiempo lleva aparejados aspectos relacionados con la química, puesto que abarca campos tan dispares del conocimiento como son la filosofía y la transformación de la materia.

Los alquimistas, clásicamente, partían del supuesto que la materia estaba formada por cuatro elementos básicos: agua, tierra, aire y fuego. Cada uno de los cuales se representaba en la simbología alquímica por un triángulo equilátero, al que se añadía una singularidad distintiva.

Un incomprendido de su tiempo

Uno de los personajes más controvertidos de la ciencia renacentista fue Philippus Theofrastus Bombast von Hohenhein (1493-1541), más conocido como Paracelso. A lo largo de la historia se nos ha presentado como un personaje enigmático, inquietante y rebelde. Para algunos fue un revolucionario de la ciencia, un precursor de la farmacología y de la medicina moderna, pero, para otros, no dejó de ser una figura esotérica.

En el terreno de la medicina Paracelso fue un heterodoxo que atacó la tradición galénica, lo cual le enfrentó de forma irreconciliable con los poderes universitarios. En 1528, en el contexto de una festividad estudiantil, arrojó a la hoguera algunos tratados clásicos de medicina, entre ellos el ‘Canon de la medicina’ de Avicena, lo cual fue considerado por sus colegas como una auténtica provocación. Si a esto añadimos que impartía sus lecciones en alemán en lugar de latín, no debe extrañarnos que fuera obligado a abandonar su cátedra de la Universidad de Basilea.

La ‘tria prima’

Paracelso desarrolló una hipótesis con la que trataba de explicar la naturaleza de los medicamentos. Según él todas las sustancias del reino mineral, animal y vegetal están formadas por la llamada ‘tria prima’ –azufre, mercurio y sal- y lo hacen en diferentes proporciones, pero siempre de forma estable.

El galeno consideraba que el mercurio era el principio de lo líquido y lo volátil; el azufre representaba el calor y la combustión, y la sal debía ser entendida como el principio de resistencia al fuego.

Cuando, por algún motivo, se perturban las proporciones de la tria prima de nuestro organismo aparecían las enfermedades, las cuales podían curarse al ingerir determinados productos químicos que permitiesen restablecer el equilibrio.

En esta línea, consideraba que en el supuesto de que hubiese demasiado mercurio se podía desencadenar la aparición de parálisis y melancolía; si lo que estaba en exceso era el azufre los pacientes sufrirían calor y fiebre; mientras que si la proporción estaba desbalanceada hacia la sal, lo que aparecería sería hidropesía y diarrea.

La alquimia al servicio de la medicina

Paracelso defendía la existencia del Archeus o alquimista interno que actuaba sobre la tria prima cuya misión era establecer el equilibrio entre los tres elementos alquímicos. En el supuesto de que no consiguiera armonizarlos se producían depósitos semicristalinos –los denominó tártaros- que eran los responsables de las enfermedades reumáticas, la litiasis, la gota y la inflamación de las articulaciones. A todas estas enfermedades las denominó tartáricas.

Para tratar esas y otras enfermedades postuló el uso de remedios químicos y no vegetales, como se venía realizando desde tiempos inmemoriales, lo cual supuso una verdadera revolución en aquella época.

Defendió al mercurio como tratamiento de la sífilis y recomendó la alquimia para obtener principios básicos curativos ya que, según él, el objetivo de esta no era la transformación de los metales en oro, sino crear remedios terapéuticos.

Por: Pedro Gargantilla M.D.