Por estos motivos los astronautas podrían quedar obsoletos

Michael Collins entrenándose para la misión del Apollo 11 (AP Photo/File)

¿Para qué necesitamos mandar personas al espacio cuando podemos enviar robots?

¿Por qué mandar personas al espacio? La pregunta tiene trampa, porque aquellos que se declaran anti-viajes espaciales responderán con gran rotundidad, asumiendo que la cuestión es sobre la pertinencia de los viajes en sí mismos. Sin embargo, hay una alternativa a que mandemos personas, y es lanzar misiones no tripuladas. Puede sonar absurdo, pero es algo que ya llevamos tiempo haciendo, robots como los rover o como los obritadores, dispositivos tecnológicos que tienen cierto grado de autonomía y que, por lo tanto, no requieren de la manipulación de un humano durante todo el tiempo, permitiendo que se controlen desde nuestro cómodo planeta. Así que… ¿son los astronautas un romántico vestigio del pasado?

Antes de dar lugar a malentendidos, respondamos a la pregunta anterior con un “no, pero…”. Porque no hablamos de una sustitución completa, sino de un complemento que, en muchas ocasiones (aunque no en todas) podría ser la opción ganadora. ¿Quién no ha soñado con ser astronauta? Hay profesiones que tenemos encumbradas, ya sea por su reconocimiento social o por la poesía que entrañan. Ahora hay niños que quieren ser YouTubers y TikTokers, como antes los había que querían ser actores de cine (no por el séptimo arte, sino por los focos) Otros siguen queriendo ser médicos, bomberos o policías, sin embargo, a pesar de esa atracción que sentimos por protagonizar determinadas vidas, vidas de héroes y salvadores, aceptamos que llegará el momento en que los bomberos puedan ser sustituidos por ingenios mecánicos de enorme eficiencia, evitando poner en riesgo la vida de los trabajadores. Pues bien, dejando a un lado la preparación, el trabajo de un astronauta en determinadas misiones es tan “mecanizable” como el de un bombero. Enviar personas al espacio es caro y peligroso, dos condiciones que pasaríamos por alto solo si fuera absolutamente imprescindible enviarlas. Así que la pregunta está clara: ¿es imprescindible?

Robonautas y otros malentendidos

Sabemos que el estar en el espacio, aunque sea a los 400 kilómetros que orbita la Estación Espacial Internacional, puede ser perjudicial para nuestra salud. La microgravedad afecta al funcionamiento de nuestros órganos, degrada la estructura de nuestros huesos y ralentiza la división celular. Eso por no hablar de la mayor radiación a la que están expuestos los astronautas. Por otro lado, cabe recordar que la evolución nos ha adaptado para sobrevivir en la Tierra y que está limitada por los ladrillos básicos de nuestra existencia, esa bioquímica que nos fundamenta. No podemos tener ruedas, por ejemplo, a pesar de que sean una forma muy eficiente de desplazarse. A principios de la era espacial se insistía mucho en el tamaño y peso de los astronautas, precisamente para aligerar los cohetes y que cupieran en espacios muy limitados. Todo ello podría resolverse con robots, está claro. Pero antes de seguir, merece la pena aclarar lo que no serían estos robots.

Cuando hablamos de robots podemos pensar en androides de aspecto humano, con brazos, piernas, cabezas y andares de escándalo. Pero más allá de esa imagen popular, los robots ya están entre nosotros. ¿Qué son los asistentes del hogar, sino robots? Las aspiradoras que recorren solas tu casa, los coches autónomos… Sencillamente, pueden cumplir a la perfección sus cometidos de robot sin complicarse con anatomías enrevesadas como la nuestra. ¿Para qué crear un robot con brazos que sostengan una escoba cuando él mismo puede ser la escoba? Podemos reducir su tamaño al mínimo, hacer que se desplace con ruedas y que se alimente del sol. Cierto es que el aspecto humano puede ser útil en algunos casos, como para los robots de compañía, para ancianos y niños. Y bueno, ahora mismo, nuestro mundo está diseñado para seres con nuestra antropometría: dedos, cabeza, y esas peculiaridades. Sin embargo, si tuviéramos que crear un mundo a nuestro antojo, podríamos hacerlo para que robots mucho más sencillos fueran perfectamente funcionales en él.

Nada nuevo bajo el sol

Y el caso es que, aunque parezca un planteamiento original, no hay nada nuevo en él. Hace ya mucho tiempo que las agencias espaciales se dieron cuenta de que poner seres humanos en el espacio puede ser un dolor de cabeza innecesario. Por eso, ahora mismo suelen restringirse a misiones muy concretas, donde haya que hacer experimentos difícilmente realizables por una máquina, mayormente en las estaciones espaciales, ya sea la internacional o Tiangong. Por eso ya no vemos astronautas en la Luna y tardaremos mucho en enviarlos en Marte. Desde el alunizaje fueron muchas las personas que pisaron nuestro satélite, pero llegó un momento en que se apagó aquella llama de la épica alimentada por la guerra fría y ya no había tanta necesidad de grandes epopeyas protagonizadas por héroes nacionales. La poesía de los astronautas sonaba como un bajo continuo en la sociedad y solo había que evitar que muriera, empleando humanos en misiones menos espectaculares (pero igualmente importantes), a 400 kilómetros sobre nuestras cabezas.

Porque ese es el truco, lo que mantiene el vestigio. Necesitamos protagonistas, gente que inspire. Los descubrimientos científicos tienden a ser fríos, lejanos y abstractos para la mayor parte de la sociedad y, como somos un mono que cuenta historias, el cuerpo nos pide personajes que actúen, que se enfrenten al conflicto y salgan vencedores o que fracasen, pero que cambien por el camino. Habrá otras narrativas menos eurocéntricas, incluso alguna postmodernista donde la norma sea que no suceda nada, pero las que más cuajan en nosotros son las primeras, las que llevan su poso de moralina.

Sin embargo, esto no significa que no haya lugar para la exploración espacial tripulada, ni mucho menos. Poniendo en una balanza el coste (normalmente superior) y la efectividad de la misión (muy variable según los objetivos), siempre habrá ocasiones donde la opción de enviar seres humanos salga ganando. Cuando queramos colonizar otros mundos necesitaremos astronautas, personas que vayan de un planeta a otro, porque esa será la finalidad última del proyecto, crear una civilización interplanetaria.

No obstante, también, tenemos que entender que la falta de humanos en las misiones que copan los titulares no es un fracaso de la astronáutica, sino un paso inteligente para maximizar nuestros recursos. Todo cambia y el romanticismo de los capitanes de barco ya no es el que era, como tampoco lo es el de los pilotos, que hace pocas décadas todavía eran vistos como semidioses entre mortales. Solo el tiempo nos dirá qué será de los astronautas, no tanto sobre su existencia (que no está en riesgo) sino sobre cómo el contexto y la costumbre cambiarán la percepción que tenemos de ellos.

En contra de lo que los negacionistas puedan pensar, la NASA pisó la Luna en 1969, tenían la tecnología, corrieron riesgos y dejaron objetos allí para probar su llegada. Algunos sospechan porque les parece extraño que desde entonces no hayamos vuelto a la Luna y se equivocan doblemente, porque sí hemos vuelto. Cuatro meses después de la llegada del Apolo 11, el Apolo 12 se posó sobre nuestro satélite. El Apolo 13, el 15, el 16 y el 17 hicieron lo propio y, aunque desde entonces no hemos mandado más personas, sí hemos explorado su superficie con robots.