¿Por qué duelen los huesos con el frío y la edad?

De pronto, nos molestan las rodillas y nos cuesta erguirnos por la lumbalgia. El desgaste propio de la edad pasa factura en nuestros músculos y articulaciones, haciéndose más patente cuando comienzan a descender las temperaturas

Dicen que, a partir de cierta edad (¿los 50? ¿los 60?), si no te duele nada es que estás muerto. Se trata de una sentencia a la que, la miremos desde la perspectiva del vaso medio lleno o desde la del medio vacío, nos tendremos que enfrentar todos y cuya dureza dependerá, una vez más, de nuestra genética, pero, sobre todo de nuestros hábitos de vida.

«Si no quieres problemas mañana, haz la prevención hoy», suele decir el doctor Antonio Ríos. Él lo sabe mejor que nadie porque, además de especialista en Traumatología y Cirugía Ortopédica, atesora unas articulaciones privilegiadas que, recién cumplidos los 50 (sí, esa edad crítica) le siguen permitiendo correr maratones y completar triatlones de larga distancia.

Entrados ya en los cuarenta y tantos, los pacientes que acuden a la consulta del doctor Ríos suelen sufrir artrosis, es decir, «problemas en las articulaciones que cargan peso o sufren impacto, es decir, en las caderas y en las rodillas, que son las que más han sufrido a lo largo de los años y cuyos cartílagos están más deteriorados por actividades tan cotidianas como, simplemente, caminar».

¿Y por qué duele la artrosis? «Aunque el cartílago no posee terminaciones nerviosas, se sospecha que el dolor es el ‘efecto secundario’ de las lesiones de las estructuras vecinas, como una inflamación de la cápsula articular a la deformación progresiva de la pierna, microfracturas del hueso que hay debajo del cartílago y sinovitis (inflamación de la articulación), etc.».

Muchas veces, añade, «las manifestaciones clínicas de la artrosis son inespecíficas y se podrían dar en cualquier enfermedad músculo-esquelética como pueden ser los chasquidos, la deformidad, la rigidez o la inestabilidad».

Otras zonas, en cambio, acaban resintiéndose por el sobreuso. «Estas dolencias se producen, sobre todo, en personas que hayan tenido una vida laboral muy activa físicamente (en almacenes, talleres, construcción, etc.), porque los movimientos repetitivos son los que suelen minar el tejido blando (tendones)».

Aunque en nuestro día a día no nos demos cuenta de ello, «un gesto tan habitual como subir o bajar una carga pesada de forma repetitiva, de tal forma que nuestras manos tengan que situarse por encima de nuestra cabeza, puede convertirse en el origen de una tendinitis en los hombros».

Si pasamos muchas horas realizando una actividad de pie, sin movernos y con la cabeza en la misma posición (envasando, por ejemplo) serán «las cervicales y su musculatura las que se contraigan provocando cefaleas, contracturas musculares cervicales e incluso mareos con sudoración y mal cuerpo». O, si usamos tijeras o tenazas para realizar movimientos de giro de la mano de forma repetida, «el codo de tenista o epicondilitis será una patología frecuente».

Convertidos en una especia de gárgolas humanas, una mala postura corporal en la silla sostenida a lo largo de las décadas también nos pasará factura. «Al mirar el ordenador o leer permanecemos literalmente encorvados, lo que provoca una cifosis dorsal o posición de hombros caídos. Para compensar, la columna cervical tiende a levantar la barbilla por lo que los músculos cervicales se contraen durante muchas horas».

Si, además, tenemos el ordenador en un lateral, el giro que debemos realizar de forma repetida es perjudicial. «La columna lumbar también puede sufrir si no estamos correctamente sentados con la espalda bien apoyada en el respaldo». En caso contrario, si ésta gira sobre sí misma para, por ejemplo, sacar un objeto de un cajón, provocaremos «el mismo efecto que un sacacorchos, un movimiento de rotación repetida que, a la larga, dañará el disco y la hernia no tardará en hacer acto de aparición».

Pero todavía hay más. Al pasar tanto tiempo sentados, «la cadera y las rodillas permanecen flexionadas 90º, con lo que se acortan los músculos de la parte anterior de la cadera como es el psoas; las venas de la corva en la rodilla quedan acodadas por esa posición de 90º, convirtiéndonos en claros candidatos a padecer varices ya que a la circulación le va a costar más trabajo el retornar de las piernas al corazón».

Para que vayamos haciéndonos a la idea, el doctor Ríos también nos advierte de que «el dolor de espalda, lo que se llama vulgarmente lumbalgia, nos dará la lata con total seguridad a todos (especialmente a los varones, antes o después)».

¿Por qué? Esta es su explicación. «La columna lumbar está formada por cinco vértebras. Entre cada una de ellas, hay un disco que es una especie de almohadilla cuya función es amortiguar las cargas o los impactos. Sin embargo, con el paso de los años, este amortiguador natural, al perder agua y elasticidad, ve mermada su efectividad, produciéndose un estrés en las carillas articulares de la columna y su envejecimiento prematuro».

Por eso, si perseveramos en nuestras malas costumbres, como cargar peso de forma incorrecta, «los discos lumbares se deteriorarán de forma crónica y aparecerán los cuadros de lumbalgia». Y, si esta situación se prolonga en tiempo, incluso puede hacer su dolorosa aparición la hernia discal.

La siguiente pregunta sería, ¿por qué todo este rosario de dolores nos machaca todavía más en invierno? «Por diversos factores. En primer lugar, el frío hace que se produzca una vasoconstricción para contrarrestar la pérdida de calor, lo que provoca que llegue un menor aporte sanguíneo a cualquier articulación de nuestro cuerpo», explica este especialista.

Con la bajada de las temperaturas, además, «la viscosidad de los fluidos de nuestro organismo se ve modificada». Clave en la lubricación y amortiguación de las articulaciones durante el movimiento, «el líquido sinovial es uno de los grandes damnificados por esos cambios, volviéndose más denso y difícil de movilizar».

Y todavía hay más, en esta época del año, «los músculos también tienden a contraerse, provocando un acortamiento tendinoso que puede afectar al rendimiento y provocar calambres o contracturas».

Hasta aquí, las malas noticias. ¿Las buenas? Tenemos cierto margen de maniobra para mitigar el inevitable desgaste del envejecimiento: «La prevención es la clave. Si compensamos todo el castigo al que sometemos al cuerpo cada día, entonces tendremos un equilibrio». ¿Cómo? «Cuidando los hábitos posturales al trabajar o en casa; evitando el sobrepeso, y sobre todo, llevando a cabo un trabajo preventivo de fortalecimiento cervical, lumbar y, sobre todo, de ‘core’, ese núcleo central de nuestro cuerpo situado en el abdomen».

Ríos incide en la importancia de «tejernos una autofaja lumbar, confeccionada con la musculatura que envuelve la columna». De ese modo, «los discos sufrirán menos cargas y, por consiguiente, se reducirá la posibilidad de sufrir una hernia». También de «calentar y estirar los músculos antes y después de nuestra jornada laboral». No parece tan complicado, ¿no?