Por qué muchas personas disfrutan al ver que les va mal a otras

Esto dice al respecto la investigadora e historiadora de las emociones inglesa Tiffany Watt Smith

Nuestro mundo, o más bien nuestra percepción de él, está movido por las emociones. Todo lo que emociona conecta, impacta de una forma u otra, y por tanto se recuerda. El catálogo de emociones humanas es extenso y extremadamente rico en matices, sin embargo, sólo conocemos y manejamos habitualmente apenas un puñado de ellas. En su identificación, reconocimiento y gestión están centradas muchas de las terapias psicológicas actuales.

Tiffany Watt Smith lleva toda su vida profesional estudiándolas. Entendiendo cómo funcionan las emociones, cómo nacen, su evolución y peculiaridades y catalogando las más inusuales, esta investigadora del Centro para la historia de las emociones, con sede en Londres; autora del libro «La historia de las emociones humanas» y conferenciante TED ha descubierto mucho sobre la intrincada psiquis humana y sus reacciones. Hablamos con ella.

Dices que las emociones están directamente relacionadas con las culturas y con los valores de cada época. A la luz de eso, ¿cuáles son hoy en día las emociones más comunes?

Se suele decir que vivimos en tiempos de mucha ira y frustración. También en una época de ansiedad, causada por las redes sociales, la amenaza medioambiental y la inestabilidad política. En mi último libro sostengo que estamos más bien en la era del Schadenfreude, es decir, obsesionados con los fallos de los demás y con cierto disfrute al ver que otros reciben su castigo o merecido por ello, que les va mal. Pero aún a riesgo de sonar Pollyanna (habilidad para enfocarse solo en lo positivo), también veo mucha esperanza. Por ejemplo, en la increíble protesta climática reciente convocada a nivel global hemos visto enfado y desafío, pero también esperanza en que las cosas pueden cambiar, en qué podemos hacer algo para conseguirlo.

¿Qué objetivo cumplen las llamadas “emociones malas”, que nos enseñan?

No creo que existan emociones buenas y emociones malas. Las emociones son simplemente lo que sentimos, y todas ellas tienen por tanto una razón o propósito, desde las muy básicas de adaptación y supervivencia hasta las relativas a cuestiones más humanas o relacionales. El problema está en si nuestra reacción a esas emociones «negativas» es antisocial o cruel, o cuando a raíz de una emoción nos causamos problemas a nosotros mismos o perjuicio a otros. Como historiadora de las emociones he comprobado que algunas que hoy en Occidente consideramos «malas» fueron en otra época y lugares vistas con mejores ojos. Por ejemplo, en el siglo 17 había autores que consideraban que era importante cultivar la tristeza, mientras que hoy en día muchas personas se ponen muy ansiosas cuando se sienten tristes y combaten esta emoción incluso con medicación. En los últimos cinco años también hemos visto crecer mucho la ansiedad al sentir enfado o ira, cuando en otras culturas esto se toma como una emoción energizante.

¿Debemos aprender a moderar nuestras emociones o más bien dejarlas fluir?

La única manera de gestionar mejor nuestras emociones tiene que ver con reconocerlas y entenderlas. Séneca ya dijo en su libro «De la ira» que había que revisar toda la arquitectura de la emoción, desde sus primeros signos, las cuestiones que la despiertan y su progresión, pues la mejor manera de enfrentarla es aprender a detectar cuándo nace en ti y qué situaciones o personas te la despiertan o encienden. Es importante reconocer que algunas emociones nos causan dificultades y por tanto nos conviene observar qué sentimientos nos provocan y modificar nuestras reacciones a ellos. Por ejemplo, con la mencionada Schadenfreude, que algunos políticos propician como reacción colectiva ante el fallo o errores de sus adversarios. Esta emoción puede resultar muy placentera y divertida, pero también aumenta la división y el enfrentamiento. Tal vez sería bueno dejar de reírnos en Twitter cuando a Trump se le alborota el pelo con el viento.

¿Cuáles son las emociones más increíbles que te has encontrado por el mundo?

Una de las más impactantes es Amae, una palabra japonesa que describe el placer de depender de otra persona. En nuestra cultura no existe una palabra así, solo podemos describir el concepto de sentirse mimado o consentido, pero en Japón es una emoción valiosa que para ellos prueba que las personas somos muy dependientes unas de otras.

Dices que cuando uno da nombre a una emoción inmediatamente la siente o la identifica en sí mismo. ¿Qué tan importante es entonces el lenguaje en su relación con las emociones?

El lenguaje es fundamental. Las palabras que dan nombre a las emociones no son formas de describir algo estático, sino más bien etiquetas a través de las cuales categorizamos y ordenamos nuestras experiencias incipientes y cambiantes. Los límites no están claros entre lo que sentimos y lo que nombramos. Y todo el tiempo se están inventando nuevos nombres para distintas emociones, como el llamado Fomo, o miedo a quedar al margen (Fear of missing out), o el sueco Flygskam o vergüenza de volar por el impacto que esto causa en el medioambiente. Una vez que oímos una de estas palabras es mucho más fácil que identifiquemos ese sentimiento o emoción en nosotros mismos y a la vez sentir cierto alivio por comprobar que hay más personas que experimentan lo mismo que nosotros.

Emociones, ideas y acciones. ¿Cómo las pondrías en orden de importancia?

Creo que las tres están relacionadas de forma dinámica. Existe una visión clásica de las emociones como una simple respuesta física a factores externos: ves al oso, te asustas, corres. El psicólogo William James sostiene que las respuestas viscerales preceden a las sensaciones, de tal forma que ves al oso, corres y entonces sientes miedo. En la actualidad hay algunos expertos que distinguen entre la emoción, que es la física, y la sensación, que es algo más íntimo y fluido. Yo añadiría que las ideas que tenemos sobre determinadas emociones modifican la forma en que las sentimos o percibimos. Por ejemplo, un escalofrío, con elevación del ritmo cardíaco y los pelos de la nuca erizados, puede ser miedo porque se acerca un tigre, o puede ser «un miedo maravilloso», concepto que usaron los monjes en el siglo 13 para describir el éxtasis que sentían cuando creían ser visitados por Dios, o también puede ser lo que los Pintupi de Australia Occidental llaman «ngulu», una especie de temor a que un rival esté buscando venganza. Dependiendo de tus creencias esas sensaciones tendrán una textura diferente. También nuestras creencias culturales pueden afectar lo que en apariencia son emociones «automáticas». En la edad media era posible era posible desmayarse de «consternación» y hasta 1918 la gente moría de una forma muy extrema de nostalgia.

¿Están las emociones también relacionadas con cuestiones de género y edad?

Creo que estamos acostumbrados aún hoy a ciertos clichés, como que las mujeres son más emocionales o que a medida que envejeces eres más optimista. Me interesa sobre todo estudiar cómo determinadas cuestiones culturales relativas al género y la edad determinan cómo experimentamos nuestra vida emocional y cómo percibimos de forma negativa o positiva determinadas emociones por considerarlas correctas o incorrectas. Históricamente hay emociones consideradas más masculinas, como la ira o los celos, y otras más femeninos, como la envidia o el rencor. Pero por supuesto todos podemos sentir un amplio rango de emociones.

¿Cuál es tu emoción favorita?

Mi respuesta a esta pregunta cambia todo el tiempo. Ahora mismo te diría que es lo que en inglés llamamos «warm glow» (algo así como «cálido resplandor» o «brillo cálido»), que es la satisfacción íntima que se siente al ejecutar un acto de amabilidad. ¡Creo que necesitamos mucho más de esto en este momento!