¿Quién inventó la nevera?

Publicidad de 1914 anunciando el primer refrigerador eléctrico doméstico

Sucede con muchas invenciones. Hay uno que se lleva la fama eterna, aunque sin las aportaciones anteriores de otros investigadores el reconocido difícilmente habría llegado a ningún sitio. Pero pocos inventos tienen tantos “padres” como la nevera.

La conservación de los alimentos ha sido una necesidad y preocupación para todas las sociedades que han existido.  Desde los primeros métodos de refrigeración empleados por los griegos (“psykter”, una vasija en la que se introducía bebida y se depositaba sobre nieve seis siglos antes de Cristo) y los persas (“yakchal”, construcciones subterráneas en las que la temperatura ambiente se mantenía más baja que en el exterior, cuatro siglos antes de Cristo), hasta los actuales refrigeradores ha transcurrido un larguísimo camino lleno de ideas, inventos y también riesgos. En pleno siglo XXI nadie ve una nevera como un electrodoméstico peligroso, pero en sus inicios podían provocar accidentes domésticos como envenenamientos, incendios y explosiones con relativa facilidad.

Durante gran parte de esta historia, la naturaleza (la nieve ha sido fundamental y las cajas de hielo fueron durante siglos el método más estándar para mantener el frío) y el procesado de alimentos (salazón, ahumados, desecación, deshidratación y otros) fueron las armas con las que las sociedades lucharon por la conservación de los alimentos. Habría que esperar hasta el siglo XVIII para que comenzaran a darse progresos significativos. Muy poco a poco hasta los inicios del siglo XX.

El pionero que no supo que lo era

El primer paso hacia lo que terminarían siendo los frigoríficos modernos lo da el escocés William Cullen en 1755. Este profesor puso las bases de la refrigeración moderna tras observar que la evaporación tenía un efecto enfriador. Diseñó una pequeña máquina refrigeradora con una bomba que creaba un vacío parcial sobre un reciente con éter dietílico, de forma que al poner a hervir el recipiente se absorbía el calor circundante. No pasó de ser una demostración sin que Cullen viera como sacarle un provecho práctico, pero la idea de enfriar extrayendo el calor ya estaba ahí.

Medio siglo después, el inventor estadounidense Oliver Evans diseñó, aunque no llegó a construirla, una máquina refrigeradora que empleaba vapor en lugar de líquido. Y en 1820 el científico inglés Michael Faraday usó amoniaco licuado para causar enfriamiento.

El “padre de la refrigeración” y los que le siguieron

El también estadounidense Jacob Perkins, quien había trabajado con Evans, construyó y patentó el primer sistema refrigerador por compresión de vapor en 1835 basándose en el trabajo previo de aquel y bajo la denominación “aparatos y medios para producir hielo y en líquidos refrigerantes”. Era un sistema de ciclo cerrado que podía operar de forma continúa sin generar residuos que, sin embargo, no tuvo éxito en su comercialización. Aún así, es Perkins a quien más comúnmente se le atribuye el rol de “padre de la refrigeración”.

El camino abierto por Perkins lo continuó el médico estadounidense John Gorrie quien construyó un prototipo funcional de sistema refrigerador en 1842, similar al de Perkins, que también fue un fracaso comercial. Sin embargo, pudo sacarle provecho utilizándolo como medio para bajar la temperatura a pacientes con fiebre amarilla en un hospital de Florida, Estados Unidos.

Mejor le fue al australiano-escocés James Harrison que en 1851 construyó una máquina de fabricación de hielo mecánica con un sistema de compresión de vapor que podía usar éter, alcohol o amoníaco. Lo patentó en 1856 y con él introdujo la refrigeración por compresión de vapor en las cervecerías y envasadoras de carne de la época.

El primer sistema de enfriamiento por absorción de gas fue patentado en 1860 por el francés Ferdinand Carré. Poco después, en 1876, el alemán Carl Von Linde mejoró el sistema de Carré para licuar gases de forma que podía emplearse con amoníaco, dióxido de azufre y cloruro de metilo.

Desde ese momento y hasta finales de la década de los 20, dichos gases serían habitualmente usados como refrigerantes en los refrigeradores de uso comercial que cada vez eran más populares pero que no daban el salto al ámbito doméstico por varias razones. Entre ellas, la peligrosidad de los gases empleados dado que podían darse fugas que tardan en detectarse y con consecuencias potencialmente fatales en un hogar como envenenamiento y también riesgo de incendios y explosiones al ser inflamables.

Al fin, la nevera eléctrica doméstica

Pero eso no iba a detener la carrera por alcanzar el que hoy en día es uno de los electrodomésticos más ubicuos del mundo. En 1913, el estadounidense Fred W. Wolf inventó el primer refrigerador eléctrico para el hogar llamado DOMELRE. Este consistía en una unidad externa que se montaba sobre las tradicionales cajas de hielo y vendió cientos de unidades. Costaba 900 dólares (más de 21.000 euros actuales) y, como venía sucediendo desde el siglo XVIII con todos los avances en la refrigeración, la idea tenía margen de mejora.

En 1916 Alfred Mellowes movió el compresor a la base del refrigerador y su idea fue comprada por la compañía Frigidaire que comenzó a producirlos en masa en 1918. Ese mismo año, la compañía Kelvinator comenzó a fabricar también sus propios frigoríficos que, basándose en el diseño de 1914 de Nathaniel B Wales, incorporaban control automático de la temperatura y fueron un gran éxito. En solo cinco años, los conocidos popularmente como “Kelvinators” ocupaban el 80% del mercado de refrigeradores domésticos.

El primer frigorífico integrado en una pieza llegaría en 1923 de la mano de Frigidaire. Y en 1927 General Electric dominaba el mercado con el millón de unidades producidas de su modelo Monitor-Top, que recordaba a la torreta de un buque de guerra y continuaba presentando riesgos importantes en el caso de una fuga. Empleaba dióxido de sulfuro (corrosivo para los ojos y capaz de quemar la piel) y formiato de metilo (tóxico al inhalarse y altamente inflamable). La peligrosidad de estos gases y el elevado precio de las unidades era lo único que aún separaba a estas máquinas de un alcance verdaderamente masivo.

Este problema no se solucionaría hasta la década de los 30 del siglo pasado cuando los fabricantes comenzaron a utilizar refrigerantes sintéticos menos tóxicos y no inflamables como el Freón-12 (R-12), lo que eliminaba los principales riesgos que los frigoríficos presentaban hasta entonces.  El Freón-12 sería de uso común hasta la década de los 90 en la que fue sustituido por tetrafluoroetano debido al daño que el Freón causa en la capa de ozono. Pero eso no era una preocupación en los años 30 cuando el solo hecho de tener un método práctico y fiable para conservar alimentos suponía una auténtica revolución. La progresiva reducción de precios en esa década hizo el resto para que el frigorífico se convirtiera en un electrodoméstico imprescindible en todos los hogares desde hace ya casi un siglo.