¿Sabe usted que tanto ha cambiado la sexualidad humana?

Que el sexo existe desde el albor de la especie humana es una obviedad, pero ¿qué tanto ha cambiado a lo largo de los siglos? De acuerdo a algunos científicos, lo que más ha cambiado, fuera de la frecuencia o calidad, es la confrontación de la humanidad ante su propia vida sexual.

Una de los aspectos del sexo que los científicos saben con seguridad, es que nuestros ancestros cavernarios, al igual que nosotros, disfrutaron sus prácticas sexuales.

“Al igual que nuestro cuerpos nos indican lo que podríamos comer, o cuando debemos ir a dormir, también tienen un patrón de lujuria. El sexo siempre ha implicado placer.” asegura el psicólogo de la Universidad de Toronto Edward Shorter.

Nuestra estructura biológica está sumamente implicada en la sexualidad, de acuerdo a la académica de John Hopkins, Joann Rodgers. “La gente y los animales están diseñados para buscar el sexo. Imagino que eso es evidencia de que a la gente le gusta el sexo, e incluso si no, lo practican como un imperativo biológico.”

Lo que es imposible saber es si la gente disfrutaba del sexo más hace 50 años, o 50 mil según el autor del libro “La evolución del deseo: estrategias del apareamiento humano” («The Evolution of Desire: Strategies of Human Mating») el profesor de psicología de la Universidad de Texas, David Buss. No hay “razón para pensar que lo practicamos más ahora que antes, aunque ciertamente somos más francos al respecto” explicó el profesor a Live Science.

Y es que, definitivamente, las restricciones culturales –más que cualquier factor anatómico- han tenido el mayor efecto en la historia sexual de la humanidad.

De acuerdo a Edward Shorter autor de “Escrito en la piel: la historia del deseo” (Written in the Flesh: A History of Desire») la gente experimenta un mezcla de condicionamientos biológicos y sociales. El deseo surge del cuerpo, la mente lo interpreta de acuerdo a los parámetros socialmente aceptables y el resto de las señales son editadas por la cultura en turno.

Lo anterior implica que aunque las restricciones culturales no impidieron que nuestros antepasados exploraran su sexualidad, si repercutieron en lo que se admitía públicamente.

Muchas de las restricciones tienen un origen religioso. La mayoría de los psicólogos coinciden en que los ritos espirituales han tenido un gran poder sobre la actitud mental sobre los deseos carnales. Shorter refiere a la Edad Media un ejemplo claro de cómo los habitantes del planeta en ese tiempo, fueron ciertamente afectados por el miedo al pecado, aunque hay que considerar otros factores inhibidores.

Estos otros factores tienen que ver con los 1,000 años de miseria y enfermedades de entonces, acompañados de los poco atractivos hedores y picazón consecuentes previos a la Revolución Industrial. “A mediados del siglo XIX, estos obstáculos empezaron a desaparecer y con ellos el surgimiento de la búsqueda por el placer” indica Shorter.

Aunado a lo anterior, muchos expertos coinciden en que la revolución también implicó menor espacio personal, literalmente. Las poblaciones empezaron a dividirse en vecindarios pequeños, con mezcla de culturas cada vez mayores que desembocaron en una actitud más liberal ante la sexualidad.

La libertad sexual alcanzó uno de sus puntos estelares en la década de los 60 del siglo XX (en Occidente, sobre todo) con el advenimiento de las mini faldas y las pastillas anticonceptivas que le permitieron a las mujeres unirse a la diversión del acto conducidas por el deseo al igual que los hombres lo hicieron siempre, de acuerdo a Shorter.

“La tendencia a buscar el contacto sexual porque ‘se siente bien’, y no únicamente con fines de procreación se ha perpetuado hasta el nuevo milenio”, sostiene el autor.

Sin embargo, lo anterior no implica que mencionada apertura sea igual para los pobladores del resto del mundo.

“Las culturas varían tremendamente en qué tan pronto se involucran en relaciones sexuales, lo abiertos que son al respecto, y su número de parejas sexuales” dice Buss, ejemplificando con los suecos que suelen tener muchas y los chinos, que tienden a buscar menos compañeros en la cama.

La encuesta global de Durex de 2005, coincide con el dictamen de Buss. Tan sólo el 3% de los estadounidenses encuestados definen su vida sexual como “monótona” comparada con el 26% de los entrevistados en la India. El 53% de los noruegos querían tener más sexo del que ya tenían (98 veces al año en promedio) y el 81% de los portugueses estaban satisfechos con sus 108 veces anuales.

Sin embargo, lo que nos mantiene distintos de otros animales, como algunas clases de simios, es precisamente la restricción social de mantener el sexo como algo privado. Con sus parámetros y distinciones culturales, el sexo permanece siendo un tema de puertas cerradas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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