Ser generoso o avaro depende de sus genes, según un estudio realizado por científicos israelíes

_44361721_080117money203iok.jpg¿Te has topado con una persona avara? Bueno, quizás debas disculparla… porque nació así y al parecer nadie le ayudó a cambiar.

¿Tu amigo es generoso y está siempre dispuesto a compartir? El y tú han tenido suerte: su generosidad fue determinada por sus genes y, evidentemente, las influencias ambientales a las que estuvo expuesto al ir creciendo no le modificaron su tendencia natural.

En la Universidad Hebrea están convencidos al respecto. En una investigación realizada recientemente en el Departamento de Psicología se llegó a la conclusión de que existe un gen que influye directamente sobre la generosidad de la gente.

El doctorAriel Knafo, psicólogo participante en la investigación, explicó que «la conclusión central a la que llegamos es que hay influencia genética en las diferencias en el comportamiento altruista de la gente, porque hay diferencias en el ADN de la gente, que están relacionadas a las diferencias en su modo de comportarse».

Ello se vio en una especie de juego de laboratorio, en cuyo marco los participantes debían decidir si compartir o no con otros una determinada suma de dinero que habían recibido.

El profesor Richard Ebstein, el experto en genética del equipo investigador, explicó que en todos aquellos que mostraron una actitud generosa, el gen llamado «arginine vasopressin receptor IA» aparece de una forma más alargada que en el resto de las personas.

En otra investigación llevada a cabo tiempo atrás por el mismo profesor Ebstein, se halló que niños con autismo tienen el gen mencionado en una forma mucho más corta, lo cual explica la base genética de una actitud cuya característica básica es una alteración en la dinámica de comunicación con la sociedad.

Ambas cosas, en sus distintas expresiones, están relacionadas a una actitud normativa o alterada de comportamiento que los expertos llaman «pro-social».

Está claro, pues, que no sólo la forma de la nariz o nuestro color de ojos están determinados al nacer por nuestra genética, sino que ésta influye también en nuestro comportamiento.

Para el profesor Richard Ebstein, ello no tiene nada de sorprendente.

«Antes se pensaba que el cerebro humano es una tabla rasa y que se podía hacer con el ser humano, a través de la educación, lo que uno quisiera. Pero hoy sabemos que los genes son importantes. En casi todo lo que estudiamos, vemos la influencia de los genes».

El profesor Mario Mikulincer, psicólogo de investigación especializado en Relaciones Humanas y decano de la nueva Escuela de Psicología del Instituto Interdisciplinario Hertzlia, sostiene que se puede hablar en términos absolutos.

«Hoy en día en Psicología, entendemos que cada conducta del ser humano es determinada por dos factores: factores genéticos y factores ambientales que influyen juntos y en forma interactiva en el comportamiento. Lo importante es descubrir el componente genético de cada conducta».

Es importante ya que, en caso de problemas o alteraciones que existan a nivel genético, al conocerlas, es posible intentar cambiarlas para bien.

El doctor Ariel Knafo comenta al respecto que, evidentemente, nadie se molestará en investigar si una persona tiene o no un gen responsable por actitudes de mayor o menor generosidad, pero que en casos de ciertas alteraciones, sí se puede intervenir para cambiar la situación.

«Hoy sabemos que parte de los problemas de aprendizaje tienen influencia genética pero eso no quiere decir que no vamos a ayudar a un niño que los tiene, porque es genético. No es que decimos que al ser genético, debe quedar así para siempre», asegura Ariel Knafo.

Esta afirmación parte de la base que el medio ambiente también incide.

El profesor Mario Mikulincer tiene un ejemplo concreto relacionado a la teoría del apego, el relacionamiento íntimo que uno tiene con otra persona.

«Hay una clase de apego que se llama desorganizado, por el que una persona no puede llegar a tener contacto íntimo con otra persona en forma estable. Es una tormenta todo el tiempo», cuenta a modo de introducción Mikulincer.

Y añade: «Hoy se sabe que hay un componente genético que contribuye a eso. Si descubrimos temprano que un niño tiene ese componente genético, si se puede descubrir esa predisposición en los primeros dos o tres meses de vida, educando a la madre cómo tiene que comportarse con este niño, puede llegar a neutralizar la predisposición al apego desorganizado».

«Y ese niño, con un buen tratamiento maternal, puede llegar a tener apegos más normativos y una vida mucho más feliz», agrega.

El desafío tiene dos vertientes, tal cual resume el profesor Mikulincer: «Pienso que el trabajo más grande y más arduo de la psicología hoy en día es encontrar cómo la base genética puede interactuar con el ambiente para crear conductas más apropiadas y proveer a las personas con capacidad para adaptarse, crecer y ser más felices».

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