¿Será que es posible eliminar definitivamente el dolor?

Mediante imágenes tomadas por una máquina de resonancia magnética podemos conocer qué zonas del cerebro son las encargadas de procesar el dolor

¿Y si pudiésemos afectar a las zonas del sistema nervioso que procesan el dolor mediante impulsos eléctricos?

Es una pregunta a la que muchos investigadores han tratado de dar respuesta desde hace siglos, tratando de buscar una alternativa… una forma de modificar el organismo para que los pacientes que sufren dolor crónico puedan continuar con sus vidas sin tener que padecer esta tortura.

Los dolores agudos y puntuales tienen una utilidad clara para nuestra supervivencia: nos hacen saber que hay algo que está dañando nuestro organismo y que, por tanto, debemos librarnos del origen de ese dolor. Pero en caso de los dolores crónicos, no nos están avisando de un estímulo identificable sobre el que tengamos control. Es aberrante… y sus consecuencias pueden ser terribles.

Impulsos eléctricos

Ha habido muchos avances en la electroestimulación a lo largo de los siglos. Desde la invención de la Botella de Leyden (un dispositivo capaz de almacenar y transmitir cargas eléctricas) en el siglo XVIII, han sido muchos lo que han utilizado los impulsos eléctricos con fines médicos. Pero después de tanto tiempo, todavía es mucho lo que desconocemos sobre el dolor.

Sabemos que enviando pequeños impulsos eléctricos de baja tensión a un nervio específico podemos modificar la forma en la que las neuronas envían señales al cerebro, y de esta forma aliviar (que no eliminar) el dolor, sabemos que, si por ejemplo, se estimula la médula espinal, se pueden aliviar ciertas dolencias como la lumbalgia crónica o el síndrome de dolor regional complejo; o alterando el nervio vago del oído, que también ha resultado exitoso para tratar algunos tipos de dolor crónico.

Pero, ¿y si pudiésemos ir más lejos?, ¿y si pudiésemos afectar directamente a las zonas del cerebro encargadas de procesar la percepción del dolor?

Placebo y nocebo

En un experimento publicado por la revista Neuroscience, se tomaron varias imágenes con máquinas de resonancia magnética de pacientes sugestionados con el efecto placebo y con el efecto nocebo. Y es que, estas “trampas” son el ejemplo perfecto del papel que juega el cerebro en la percepción del dolor.

En ambos casos se demuestra que la sensación del dolor no tiene que estar originada por una afección real, y que no tiene porqué existir dolor, aunque exista una afección real. El cerebro juega un papel tan importante en la percepción del dolor, que puede eliminarlo o hacer que surja un nuevo dolor de la nada, y solo porque el paciente ha sido sugestionado de cierta forma.

Durante este experimento, los investigadores conectaron un generador de calor moderadamente doloroso a los brazos de los 27 participantes en el estudio. Luego les aplicaron tres tipos de crema sobre la zona afectada. La primera aliviaría el dolor, porque supuestamente estaba fabricada a base de lidocaína; la segunda crema incrementaría la sensación el dolor y la tercera era una crema neutra, que simplemente controlaría los efectos de las anteriores.

En realidad, las tres pomadas eran simplemente vaselina, sin ningún efecto sobre el dolor. Es decir, que las diferentes sensaciones que pudiesen experimentar los pacientes estaban únicamente en su cabeza.

Dónde se origina el dolor

Cuando fueron expuestos a las diferentes cremas, experimentaron las diferentes sensaciones para las que se les había sugestionado. Y mientras todo esto sucedía, las máquinas de resonancia magnética tomaban imágenes de la actividad de sus cerebros.

Los resultados fueron dignos de atención: el cerebro del “sugestionado” sufría una disminución o un incremento de la actividad de una serie de estructuras del cerebro implicadas en la percepción del dolor en función de la pomada que se les aplicaba.

Las zonas alteradas eran las mismas, pero se comportaban de manera diferente: con la primera pomada (que se supone aliviaría el dolor), el cerebro disminuía la actividad de las neuronas que reflejan estas sensaciones. Y con la segunda hacía exactamente lo contrario: las estimulaba. Todas las regiones que se habían visto alteradas durante el proceso correspondían al tronco encefálico.

Esto supone un gran avance, porque ahora los investigadores tienen una idea más precisa de la zona que se debe estimular para modificar y regular el dolor. Ahora bien, todavía queda mucho por estudiar. Únicamente con este estudio es imposible determinar exactamente qué parte del tronco encefálico es la responsable de regular el dolor y lo por tanto, cuál es la zona concreta que debe ser alterada para eliminar el dolor crónico de forma definitiva.