Todos sabemos que la memoria falla con el envejecimiento. pero todos estamos equivocados, hasta los de 20 olvidan las cosas más simples

«Tengo 62 años. Al igual que a muchos de mis amigos, se me olvidan nombres que se me venían a la cabeza sin ningún esfuerzo. Ahora mismo, empacando mi maleta para un viaje, voy al closet de la pared y mientras llego ya se me ha olvidado para qué lo hice, o qué iba a buscar ahí.

Pero mis recuerdos de largo plazo están intactos. Me acuerdo de los nombres de mis compañeros de la escuela en el tercer año de la primaria, del primer disco que compré, del día de mi boda.

Esto es lo que se entiende como un típico problema del envejecimiento. Pero como el neurocientíico que soy, sé que el problema no es necesariamente uno relacionado con la edad.

La memoria de corto plazo abarca los contenidos de sus pensamientos en este mismo momento, incluyendo lo que quiere o piensa hacer en los siguientes segundos. Se hace un cálculo pensando en lo siguiente que se hará, sea lo que se dirá en una conversación o el caminar al closet con la intención de coger un par de guantes.

La memoria de corto plazo se ve interrumpida o sufre disturbios con mucha facilidad. Ella depende de si usted le está dedicando la debida atención a las cosas que en su mente tienen que ver con “lo que debo hacer luego”. Usted lo hace pensando en ellas, talvez repitiéndolo una y otra vez (estoy caminando al closet para coger unos guantes). Pero una distracción —un pensamiento nuevo, alguien preguntándole algo, el teléfono sonando— puede perturbar la memoria de corto plazo. Nuestra habilidad para reestablecer de manera automática los contenidos de la memoria de corto plazo disminuye ligeramente con cada década que pasa después de los 30.

Pero la edad no es ese factor crucial que se asume siempre. He estado enseñando durante toda mi carrera a universitarios y puedo testimoniar que aún los que andan por los 20 años cometen errores por fallas en sus memorias de corto plazo, montones. Entran en el aula equivocada, llegan a un examen sin lo requerido, se olvidan de algo que les he dicho hace dos minutos. Cosas parecidas a las que les pasan a personas de 70 años.

La diferencia importante no es la edad sino más bien cómo nosotros describimos estos eventos, las historias que nos contamos sobre ellos. Los de veinte años no piensan “o no, esto debe ser un alzheimer temprano”. Ellos piensan, “estoy sobrepasado”, o “de verdad necesito dormir más horas”. Los de 70 años miran estos eventos con la preocupación de que algo anda mal con su salud cerebral. Esto no quiere decir que las deficiencias en la memoria relacionadas con la demencia y el alzheimer sean ficticias, son muy reales y ciertas, pero cada lapso en la memoria de corto plazo no indica necesariamente un desorden biológico.

Si no existe una enfermedad cerebral, los adultos bien mayores no muestran signos, o acaso muy pocos, de deficiencia cognitiva o de memoria en sus 85 o 90, como lo demuestra un estudio reciente. La alteración, la deficiencia de la memoria no es inevitable.

De hecho, algunos aspectos de la memoria incluso se mejoran a medida que envejecemos. Por ejemplo, nuestra habilidad para extraer patrones, regularidades y hacer predicciones más precisas mejoran con el tiempo porque hemos acumulado más experiencia. (Esta es la razón por la que a los computadores se les debe alimentar con decenas de miles de fotos de luces de tráfico o de gatos, para que sean capaces de reconocerlos). Si usted va a que le tomen una placa de rayos X, seguro que prefiere que la lea un radiólogo de 70 años a que lo haga uno de 30.

¿Cómo explicamos entonces por qué las personas mayores se enredan y preocupan con los olvidos de palabras y nombres? Primero. Es que sí, se da una disminución cognitiva generalizada con la edad, pero si se les da el tiempo, los mayores lo hacen bien.

Dos amigos de edad avanzada conversan en una mesa y uno le dice al otro

-Ayer conocimos con mi esposa un excelente restaurante.

Y cómo se llama?

Después de un tiempo tratando de acordarse le dice a su amigo

– ¿Cuáles son esas flores que son tan bellas, se regalan por amor y tienen espinas?

-Rosas.

Entonces se voltea a su esposa y le dice

-Rosa, ¿cómo se llama el restaurante de anoche?

Segundo, los mayores tienen que buscar dentro de más recuerdos que los de un joven para encontrar ese hecho o ese pedazo de información que necesitan. Su cerebro se ha abarrotado de recuerdos y de información. No es que no se pueda recordar, se puede, es que existe mucha más información entre la que hay que rebuscar. Un estudio  encontró que este efecto de “saturación, abarrotamiento”, también ocurre en los simuladores de memoria de los computadores.

Pero en la cálida y familiar privacidad de mi propia mente no me siento raro cuando mis recuerdos lejanos son más vívidos que los actuales. No me siento 50 años más viejo que cuando tenía 10 y hacía travesuras. Puedo ver el mundo a través de los ojos de ese niño. Puedo recordar cuando el sabor de unos dulces era para mí la cosa más maravillosa del mundo. Me acuerdo de la primera vez que olí el pasto en un prado en la primavera. Esas cosas eran novedosas y excitantes entonces y mis receptores sensoriales estaban sintonizados para que los nuevos eventos fueran importantes y vívidos.

Todavía me gustan esos dulces y ese olor, pero la experiencia sensorial se ha opacado por la repetición, la familiaridad y el envejecimiento. Y entonces, trato de conservar las cosas novedosas y excitantes. La tienda donde hacen chocolate artesanal tiene, cada tanto, novedades, y yo me empeño en probarlas y saborearlas. Voy a parques o bosques donde puede ser más probable encontrar nuevos olores de plantas y árboles.

Cuando los encuentro, puedo recordarlos por meses o años, porque son nuevos. Y experimentar cosas nuevas es la mejor manera de mantener la mente joven, fiable y creciendo, hasta los ochenta, noventa o más».

Daniel Levitin es neurocientífico y autor del libro “Successful Aging: A Neuroscientist Explore the Power and Potencial of Our Lives”, del que el autor hace esta versión y que nosotros hemos traducido de forma más que libre.