Tres métodos para dejar de retrasar lo que tienes que hacer

Procrastinar es una tendencia muy común, que se puede hacer de manera activa o pasiva

A todos nos pasa de vez en cuando: tenemos una obligación, sabemos que debemos hacerla, pero nos da una pereza tremenda. Así que, como quien no quiere la cosa, vamos retrasando la acción poco a poco. «Ahora cuando termine de ver este capítulo lo hago», «Mejor mañana, que ya se me ha hecho tarde» … empezamos postergando la tarea, y a veces se nos pasa el plazo.

Postergar una tarea, también denominado procrastinar (todo palabras rocambolescas) es ese momento en el que retrasamos una obligación, siendo conscientes la mayoría de las veces de que no deberíamos hacerlo. Los psicólogos explican que, si hablamos de procrastinación, encontramos dos ‘vertientes’: la activa y la pasiva.

La primera se refiere a cuando se posterga algo de manera inconsciente, por ejemplo, volcando la atención en muchas otras tareas antes de la que realmente se debe realizar. La segunda habla de cuando a propósito se retrasa una actividad: ya sea porque sentimos que necesitamos más energía, o vamos a hacerlo mejor en otro momento.

Por qué postergamos las obligaciones

Dentro de la procrastinación entran en juego dos factores muy importantes: la autoestima y el perfeccionismo. Los expertos aseguran que la baja autoestima es uno de los motivos más comunes por los que una persona puede tener tendencia a postergar tareas de manera pasiva. «Si una persona se ve pequeña, y que no es suficiente para realizar algo, entonces de manera inconsciente evitará hacerlo», explica. Por otro lado, el perfeccionismo juega un papel importante: «Si no voy a poder hacer esto perfecto, mejor no lo hago».

Puede plantearse el dilema de si la procrastinación es un problema de gestión del tiempo, o de gestión de las emociones. Dicen los psicólogos que puede ser de ambas, pues cuando hablamos de esta cuestión, sabemos que su origen puede tener varias causas. Entonces, puede que para algunos el dilatar las responsabilidades nazca de la incapacidad de gestionar algunas emociones, que nos frenan por ello, y para otros sea un simple problema de tiempo: se pierde de manera aleatoria y no se destina a lo que se debe.

Si reconocemos que somos personas con tendencia a procrastinar, es importante analizar hasta qué punto nos afecta: si vemos que incurre en el día a día de manera pronunciada, lo mejor es buscar ayuda profesional. En el caso de que identifiquemos el patrón, pero no sea tan acentuado.

Aquí están tres grandes ‘trucos’ para poder gestionar esta evitación:

Tres consejos para dejar de procrastinar

– Una buena planificación: es importante identificar los ‘patrones’ de procrastinación que tenemos: cuándo solemos hacerlo, con qué tareas, qué nos aburre más y cuánto tiempo solemos postergar la obligación.

– La barrera del primer minuto: si vencemos el primer minuto de una actividad (es decir, damos el paso de comenzarla), ya hemos hecho un gran avance. Una vez pasado ese minuto, hemos roto la barrera principal que nos impedía realizar la actividad.

 Tener una recompensa: darnos pequeños regalos a nosotros mismos (una actividad, una comida, algo que nos guste mucho) a cambio de realizar aquello que tanta pereza nos da puede ser clave para hacerlo de una vez por todas.