Un británico inventó un ojo electrónico que permite escuchar los colores

Las máquinas se rebelan contra los humanos en el futuro y envían al pasado un cyborg con habilidades de guerra para matar al líder de los humanos que se resiste a ser sometido. Eso es ciencia ficción; el periodista Abraham Nava entrevistó al primer cyborgde la historia, y la realidad es muy diferente

Se llama Neil Harbisson y nació en Londres en 1982. Hijo de padre británico y madre española, llegó al mundo con una condición llamada acromatopsia; sus ojos solo veían en blanco y negro.

Al cumplir 20 diseñó un ojo electrónico que le permite escuchar los colores. Sin embargo, su creación no fue impulsada por su marcado interés en la tecnología; la inspiración le vino de las artes.

“Yo siempre tuve interés en el arte, lo que no tuve fue interés en la tecnología, de hecho antes de entender que la tecnología se podía usar realmente para percibir más y para ampliar más nuestros sentidos y sentir, yo no la veía como algo realmente útil para que me interesase plenamente”.

Tras escuchar la ponencia de un recién egresado de una escuela de cibernética, se le ocurrió desarrollar un dispositivo para reconocer los colores: “Lo que creamos fue esto, el primer eyeborg de la historia, fue con una cámara en la cabeza, unos cascos y un ordenador de cinco kilos que llevaba en la espalda en 2004 y que me permitía recibir color y escuchar el color.”

Miedo a lo diferente

Al paso del tiempo “el nuevo ojo” se fue haciendo más discreto hasta convertirse en una pequeña cámara conectada a su cerebro, entonces se enfrentó al primer episodio de discriminación contra un cyborg.

Neil intentó renovar su pasaporte, pero las autoridades se negaron a tomarle la fotografía para el documento si portaba el eyeborg. Decidió llamar a su doctor y otros especialistas para explicar su situación. Finalmente lo logró y su pasaporte fue expedido, siendo el primer humano en aparecer en un documento oficial con un aditamento tecnológico, desde entonces se autodefinió como un cyborg.

“Llegó un punto en que mi organismo y la cibernética realmente crearon este nuevo sentido y que yo noté que el aparato electrónico ya no era algo externo, sino que se había convertido realmente en una extensión de mis sentidos.”

Este nuevo sentido al que se refiere es el sonocromatismo, que puede entenderse como la percepción del mundo a través de la combinación de dos sentidos preexistentes: la vista y el oído.

Harbisson ha sabido encauzar esta particular forma de ver el mundo realizando distintas expresiones artísticas que mezclan lo visual con la música, como los retratos sonoros de diversas personalidades, disponibles en su página de internet www.harbisson.com, o en Youtube.

Durante una exposición de su caso ante cientos de asistentes a una feria tecnológica en Santa Fe, Harbisson debió aclarar algunas dudas. Una que puso nervioso al cyborg vino de un usuario de Twitter sobre el color del amor y los orgasmos: “A ver, si no hay luz no oigo nada, entonces si es una habitación muy oscura no voy a escuchar nada, y si hay luz pues va a ser el color de la luz”, respondió.

El color de la humanidad

En su peculiar forma de ver-escuchar el mundo no ha conocido a hombres blancos o negros y define más bien a nuestra especie de un color anaranjado, cuestionando con ello construcciones culturales históricas.

Desde el año pasado echó a andar la fundación cyborg en la cual defiende los derechos de quienes son parecidos a él.

Entre sus sueños está dotar a cientos de ciegos con ojos electrónicos para llevarlos a disfrutar de una orquesta sinfónica en un concierto único de música y color; también busca a ayudar a todas las personas que, como él, quieran aprender a percibir de otra manera y convertirse en humanos más sensibles.

¿Cómo funciona?

Se trata de un sensor que Harbisson lleva al lado de su ojo y que enfoca en la dirección que él mira. El sensor envía todo lo que percibe a un chip instalado en su nuca, que convierte las frecuencias de la luz en ondas sonoras que él puede interpretar como una escala de colores. El invento fue posible gracias a los conocimientos de cibernética del británico Adam Montandon, a quien conoció en la universidad y con quien se puso en contacto para explicarle su particularidad visual.

El trabajo de ambos fue reconocido con el premio británico de innovación del Submerge en Bristol, en 2004, y con el premio europeo en Interface Design Europrix Multimedia Top Talent Award celebrado en Viena el 2004. El proyecto ganó el primer lugar entre 400 participantes.

 

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