Un científico asegura que para ganarle la guerra al cáncer sólo queda una batalla

CVK4SBvU4AAvVDY-1440x900_cHace seis años fui diagnosticado con un cáncer de próstata potencialmente letal que habría matado a muchos hombres. Sobreviví porque podía llamar a mis colegas para que me sometieran a una cirugía agresiva que no responde al tratamiento estándar para mi enfermedad (la terapia hormonal). Sin lugar a dudas, la operación salvó mi vida. Lo que pasó conmigo es lo que le debería ocurrir a todo el mundo como algo normal, pero no es así”.

Con esta sentencia arrancan las memorias del doctor Vincent T. DeVita Jr., un importante investigador, y uno de los oncólogos que ha ocupado posiciones más altas en el entramado científico y médico que rodea el estudio y el tratamiento de la enfermedad. DeVita fue durante ocho años director del National Cancer Institute de EEUU, para pasar después a liderar la investigación oncológica en la Universidad de Yale, donde, a sus 80 años, sigue dando clases magistrales.

Su autobiografía, que ‘The New York Times’ ha definido como “absorbente, feroz y franca”, lleva un título explicito, más propio de un reportaje que de unas memorias: ‘La muerte del cáncer: después de cincuenta años en la vanguardia de la medicina, un oncólogo pionero revela por qué la guerra contra el cáncer se puede ganar y cómo podemos lograrlo’.

En efecto, el libro recorre la historia de décadas de investigación oncológica pero, además, ofrece una tesis muy clara sobre el presente y el futuro de la enfermedad, que no dejará a nadie indiferente.

“La gente continúa muriendo de forma innecesaria de cáncer, y es algo que no tiene nada que ver con ‘el fracaso de la guerra contra la enfermedad’, una cantinela habitual en la prensa, ni con la falta de instrumentos científicos, que se han empezado a acumular a un ritmo impresionante”, explica DeVita en la introducción de su libro. “Más bien los obstáculos provienen de no utilizar las herramientas que ya tenemos para curar más; la reticencia a abandonar creencias obsoletas; las batallas burocráticas entre los médicos; y la regulación caduca de la ‘Food and Drug Administration’ [FDA, la agencia del medicamento estadounidense] cuyas políticas dificultan la llegada de las innovaciones logradas en el desarrollo de fármacos oncológicos en los últimos años”.

El médico no deja títere con cabeza: “Estos problemas son bien conocidos por los médicos e investigadores, pero muchos son reacios a hablar de ello abiertamente por temor a dañar a sus colegas o disminuir sus posibilidades de obtener una solicitud de subvención o la aprobación de un fármaco”.

Hay una guerra, y la estamos ganando

Para entender cómo hemos llegado a la situación actual, DeVita cree que es necesario conocer la forma en que ha evolucionado la disciplina en la que fue pionero. El médico supo por primera vez lo que era el cáncer como casi todo el mundo: porque acabó con la vida de un ser querido. Corrían los años 40, cuando tenía seis años, y la enfermedad se llevó a su madrina Violeta. Tenía un cáncer de cuello uterino y los médicos no pudieron hacer nada por salvarla. En aquella época era lo normal: la enfermedad solía ser una sentencia de muerte.

Cuando DeVita llegó como becario al National Cancer Insitute, en 1963, habían pasado veinte años de la muerte de su tía, pero las cosas no habían evolucionado demasiado. Los únicos tratamientos disponibles eran la cirugía –que sólo funcionaba si el tumor no había invadido órganos vitales y se encontraba localizado en un lugar “estirpable”– y la radioterapia de brocha gorda, que en muchas ocasiones era tan tóxica que acababa con la vida del paciente antes que la propia enfermedad. En aquellos tiempos sólo un tercio de los diagnosticados con cáncer sobrevivía.

“El estudio del cáncer era un campo estancado, una tierra de nadie poblada por sólo un puñado de médicos e investigadores considerados por la mayoría de sus colegas como locos, perdedores o ambas cosas”, explica DeVita. Eso es lo que también pensaba él, reconoce, pero entonces conoció a sus compañeros del NCI, “un puñado de rebeldes” y todo cambió.

Por aquel entonces la quimioterapia –que es hoy la principal herramienta con la que contamos para luchar contra el cáncer– no sólo estaba en pañales: era un tratamiento muy polémico que muchas personas consideraban una temeridad.

Los primeros fármacos para luchar contra el cáncer eran espeluznantes, sustancias brillantes y tóxicas que eran, además, propensas a la combustión espontánea –el doctor cuenta, de hecho, que uno de sus colegas tuvo un serio accidente cuando una de estos medicamentos explotó en el interior de su coche–. No es de extrañar que, en sus primeros pasos, la quimioterapia se administrara en casos límite y sólo se usara una variedad por paciente, aunque en realidad era algo que no parecía funcionar del todo.

Pero un grupo de científicos visionarios (entre los que se encontraban los dos primeros jefes de DeVita) fueron acumulando la evidencia necesaria para mostrar que si estos fármacos se combinaban a dosis suficientemente altas eran poderosamente eficaces. La primera investigación que dirigió DeVita fue todo un éxito: su quimioterapia combinada logró curar al 80% de los jóvenes con linfoma de Hodking.

Una década después, en 1971, Richard Nixon firmó la National Cancer Act y anunció una guerra sin cuartel contra el cáncer. No es extraño que EEUU sea el país que más ha contribuido en la investigación oncológica (y siga siendo el que cuenta con tratamientos más avanzados para luchar contra la enfermedad), desde aquella fecha el país ha invertido 100.000 millones de dólares en su estudio.

El cáncer es una enfermedad tan extendida y en ocasiones tan devastadora que solemos olvidar cuánto se ha avanzado en su tratamiento. Pero, como explica DeVita, la leucemia infantil es ya curable casi al 100%; la enfermedad de Hodking y otros linfomas avanzados también; y la mortalidad del cáncer de colon ha caído en un 40% en las últimas décadas, como lo han hecho también la del de mama (un 25%) y la del de próstata (un 68%).

Para el oncólogo no cabe duda de que estamos ganando la guerra contra el cáncer, sobre todo debido a la mejora de las técnicas ya existentes: unas cirugías más precisas, una radioterapia más refinada y una quimio con menos efectos secundarios para los pacientes. Pero lo mejor, asegura, está por llegar, si logramos traspasar la última frontera.

Esta es la batalla final

A DeVita no le cabe duda: “Tenemos el conocimiento suficiente para llegar al final del camino, para lograr que el cáncer deje de ser un problema importante de salud pública en la última década”. Pero para lograr esto es necesario hacer un último esfuerzo.

En 2011, los científicos Robert Weinberg y Douglas Hanahan firmaron el artículo ‘Hallmarks of Cancer: The Next Generation’, que identificaba las ocho características que comparte la enfermedad en todas sus manifestaciones. La investigación era una ampliación de un trabajo publicado 11 años antes –que sigue siendo a día de hoy el artículo más citado de la revista ‘Cell’– y es, en opinión de DeVita, el resumen perfecto de todo lo que sabemos hoy sobre la enfermedad, que resulta crítico para mejorar su tratamiento.

El cáncer es, en muy resumidas cuentas, un proceso descontrolado en la división de las células del cuerpo que las hace inmortales y capaces de colonizar y proliferar otros tejidos u órganos, en un proceso conocido como metástasis. Pero, para que esto ocurra, tienen que ocurrir toda una serie de fallos en nuestro cuerpo. Los ocho distintivos de todas las células cancerígenas, tal como los definieron Weinberg y Hanahan, son:

  1. El mantenimiento de la señalización proliferativa.
  2. La inactivación de los genes que inhiben la proliferación celular.
  3. La resistencia a la muerte celular.
  4. La elusión de la destrucción inmune.
  5. La capacidad de inducir la angiogénesis (la generación de vasos sanguíneos que garantizan el suministro de sangre).
  6. La desregulación de la energética celular.
  7. La capacidad de activar la inmortalidad replicativa.
  8. La activación de la invasión y, después, de la metástasis.