Wlliam Henry Harrison fue el noveno presidente de EE.UU. y el único que no hizo nada, porque no tuvo tiempo

Wlliam Henry Harrison no libró guerras, ni sufrió crisis, ni hizo recortes. No tuvo tiempo. En 1841, un constipado cogido en su discurso de investidura en la Casa Blanca se convirtió en una neumonía mortal

Lincoln pasó a la historia de Estados Unidos como el presidente que, en tan sólo cinco años, abolió la esclavitud. Theodore Roosevelt, por ganar el premio Nobel de la Paz. Nixon, por el caso Watergate. Bush, por la Guerra de Irak. Obama, por la reforma sanitaria… ¿Y William Henry Harrison? William Henry Harrison por nada, porque sencillamente no tuvo tiempo.

El noveno presidente de la historia de Estados Unidos tan sólo pudo ocupar 30 días su cargo en la Casa Blanca, antes de que la muerte le sorprendiera. No le había dado tiempo a tomar ninguna medida cuando una neumonía, a causa de un resfriado mal curado que había cogido precisamente en su discurso de investidura, el 4 de marzo de 1841, se lo llevó por delante.

El fallecimiento de Harrison cogió por sorpresa al mundo entero. La nota oficial de su gabinete, recogida por la prensa española, decía: «El pueblo de Estados Unidos, consternado, como nosotros, por un acontecimiento tan inesperado y doloroso, tendrá algún consuelo al saber que su muerte ha sido tan tranquila y sosegada como su vida había sido patriótica, útil y honrosa; y que sus última palabras han expresado ardientes votos por la perpetuidad de la Constitución».

El héroe de guerra

Unas «últimas palabras» que fue casi lo único que pudo decir el presidente más breve de la historia del país. Harrison había conseguido fama como héroe de guerra en la batalla de Tippecanoe, en 1811, en la que tropas estadounidenses derrotaron a una confederación de indios. Aquello le valió para hacer carrera política, primero como gobernador de Indiana, antes de que fuera Estado, después como congresista y, por último, como senador por el estado de Ohio.

Nada más ser elegido, el diario «El Popular» describía así al nuevo presidente: «El general Harrison es un hombre de 68 años, de mediana estatura y de un temperamento nervioso. Su cabeza presenta todas las características de la observación y de la reflexión: sus ojos son vivos; su aire pensativo. Al verle, se le tendría por un sabio o un literato más que por un militar. Tan modesta era su habitación que rayaba en lo pobre».

La prensa le trataba bien. Y de hecho, el partido «whig» recurrió a él como candidato a las elecciones presidenciales por su aura de héroe de guerra, ante la impopularidad del presidente saliente, el demócrata Martin Van Buren, que no terminaba de reconocer la independencia de Texas respecto a México. La dura campaña, explotando esta imagen, le llevó directo a la Casa Blanca.

Un constipado mortal

La única decisión que pudo tomar y que al mes le «costó» el cargo fue de lo más tonta: en su discurso de investidura, un día de temperaturas muy bajas en Washington, no se puso el abrigo. Aquello le valió un pequeño resfriado que no se curó convenientemente en los primeros días de su único y breve mandato. Aquel inofensivo constipado se convirtió en una grave neumonía que se lo llevó a la tumba repentinamente.

Y por si no fuera suficiente con la fatalidad, aquel histórico discurso fue descrito como un mensaje que dejó las cosas en el mismo estado en que se hallaban algunos días atrás. Nadie, en efecto, podía esperar que contuviese este documento algo novedoso.

Además del más breve, por lo menos se hizo su huequecito en la historia como el primer presidente en fallecer durante el ejercicio de su gobierno. Algo es algo.

 

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