Ya está disponible la inteligencia artificial que hundirá al periodismo

Open AI ha hecho completamente público la inteligencia artificial GPT-3, capaz de crear textos de altísima calidad

Sabíamos que este momento iba a llegar, pero ¿tan pronto? Cuando vivíamos directamente de nuestros productos, trabajar más rápido significaba esforzarse menos para obtener unos mismos resultados. Sin embargo, ahora las cosas son mucho más complejas y trabajar más rápido se ha vuelto una justificación para recortar plantillas. Podríamos resumirlo en que, si es posible hacer determinado trabajo con un empleado, por qué íbamos a tener a dos. Ese es el verdadero motivo que sacó a las calles a los luditas en el siglo XIX. No protestaban directamente por el progreso tecnológico, sino por las implicaciones que eso podía tener en un sistema de mercado como en el que vivían. Se quejaban por los telares industriales y las máquinas de hilar como podían haberse quejado del arado tirado por bestias, implantado en una época con menos dobleces. Esa es la verdadera amenaza que asoma con la inteligencia artificial. O, al menos, eso es lo que la gente cree.

A diferencia del pasado, donde la tecnología sustituía la mano de obra más mecánica, ya fuera la fuerza bruta y la precisión, las inteligencias artificiales parecen amenazar a las profesiones más creativas, aquellas que se habían erigido como bastiones insustituibles por la tecnología. Los saltos que están dando estas tecnologías son tan trepidantes que encadenan un éxito histórico con el siguiente en cuestión de semanas. Avanzan tan rápido que la legislación persigue a la técnica con la lengua de fuera y el flato punzándole en el costado. Y, aunque la IA todavía no ha alcanzado un nivel de rendimiento suficiente como para sustituir por completo a los profesionales creativos, los últimos avances sugieren que el cambio podría empezar en cuestión de meses. Un ejemplo es DALL-E, que demostró a principios de este año una capacidad inusitada para crear logos, dibujos e incluso hacer diseño de interiores. GPT-3 ya revolucionó las redes el año pasado al demostrar que podía escribir textos indistinguibles de los de un humano. El límite en estos casos no estaba tanto en la tecnología, sino en su falta de difusión. Algo que acaba de cambiar porque, por primera vez, GPT-3 está disponible para que lo use cualquier persona.

Menos trabajo, más Fact Checking

Para entender la situación que está a punto de despertar, hemos de comprender lo que supone la apertura de GPT-3 para el gran público. Esta inteligencia artificial es tecnología punta que ha demostrado poder continuar textos de los cuales nosotros solo tenemos que darle algunas pistas. Es capaz de crear diálogos donde cada personaje mantiene un registro y actitud diferente, puede redactar correos a partir de un par de instrucciones que queramos transmitir y no solo produce poesía, sino que todo este texto es prácticamente indistinguible del que haría un ser humano.

Su éxito reside (simplificándolo mucho) en dos aspectos, por un lado, está el uso de la tecnología de transformers, capaz de analizar “de golpe” toda la información de un texto, en lugar de ir palabra por palabra, agilizando así el proceso de aprendizaje. Y precisamente gracias a esa agilidad llegamos al segundo punto clave: la cantidad descomunal de textos con los que ha sido entrenada. Es importante insistir en que la inteligencia artificial no copia y pega fragmentos de textos que haya procesado, sino que abstrae tendencias de ellos, podríamos decir que deduce la relación entre las palabras por su contexto. Solo le hace falta eso para imitarnos y lo hace bastante bien. Este es el poder que Open AI acaba de poner en nuestras manos, en las del usuario, las del pequeño empresario y las de la multinacional. Eso sí, todo por un módico precio.

Más caro que un periodista (por ahora)

Aunque OpenAI nos regala una prueba de GPT-3 solo por registrarnos en su web, el sistema no es gratis. La empresa cobra en función de una unidad de información, los tokens, que en caso de GPT-3 son subdivisiones de palabras con las que la inteligencia artificial trabaja, como si fueran bloques de construcción indivisibles. Un texto periodístico de 800 palabras puede rondar los 1200 tokens, y estos tienen un precio diferente en función de la calidad y velocidad que queramos. GPT-3 tiene, en realidad, varios modelos diferentes disponibles y el más potente (DaVinci) es, lógicamente, más caro: 0,06 dólares el token. Un artículo de 800 palabras costaría, por lo tanto, 63 euros, una cifra que no termina de hacerlo rentable comparado con un periodista en nómina. Por supuesto, por 84 céntimos podemos hacer lo propio con el modelo Ada, más lento y menos potente. En cualquier caso, este precio es un primer paso y, si se consigue hacer más eficiente a GPT-3 y se mejoran los servidores donde esta inteligencia artificial trabaja, el precio podría reducirse.

No parecemos estar tan lejos de que esos textos de relleno que las webs usan para posicionarse visiblemente en los buscadores como Google sean escritos por inteligencias artificiales. Un poco más lejano, pero igualmente próximo, está el momento en que los artículos salgan escupidos como churros gracias a alguna suerte de tarifa plana que Open AI ofrezca para la industria de la comunicación. Ahora bien, hay una buena noticia. Incluso cuando esto pase y, durante algún tiempo, seguirá haciendo falta la inteligencia humana, porque los textos de GPT-3, aunque parecen correctísimos en cuanto al uso que hacen de las palabras, la forma en que las ordenan e incluso el tono que eligen, no garantizan la rigurosidad de los datos. GPT-3 no solo necesita un fragmento de texto con el que arrancar, sino que debe ser revisado posteriormente y, de algún modo, eso significa que la profesión de periodismo podría tener que concentrarse en ese viejo concepto repopularizado como fact checking.

Con el tiempo hemos visto que el telar industrial dio paso a nuevas profesiones y la pérdida de redactores puede ser suplida con más trabajos de programador informático. Ese bache será sorteado y puede que, tras la crisis, haya un resurgimiento de la prensa donde el rigor vuelva a ser protagonista. Y, antes de terminar: dos párrafos de este artículo están escritos con GPT-3. ¿Los has sabido distinguir?

La inteligencia artificial es matemática, no una consciencia con voluntad. Podemos y debemos emplearla con criterio y analizar los problemas sociales derivados de su mal uso, pero esto nada tiene que ver con un apocalipsis de las malvadas máquinas.