Yellowstone: la primera maravilla del Oeste norteamericano cumple 150 años

Grand Prismatic Spring, una de las atracciones más fotogénicas de Yellowstone – M. Á. Barroso

El primer parque nacional del mundo sigue asombrando a miles de visitantes cada año. Orgullo de EE.UU., su ejemplo sirvió para que otros templos naturales fueran protegidos

Vista a ras de suelo o desde un mirador, la fuente de aguas termales lleva al límite nuestra capacidad de asombro por su gigantesco tamaño -90 metros de diámetro-, su inverosímil paleta de colores -resultado de bacterias pigmentadas que chapotean en aguas ricas en minerales- y sus vapores. De una belleza irreal, podría ser el acceso a la guarida de uno de esos monstruos primigenios de Lovecraft que vivieron antes del tiempo. Los visitantes hormiguean por unas pasarelas de madera que se asoman a sus orillas. En lontananza, el bosque, el espinazo montañoso, ríos y lagos, paisajes que nos son familiares, que nos tranquilizan. Pero la Grand Prismatic Spring hace honor a la famosa frase del poeta francés Paul Éluard: «Hay otros mundos, pero están en éste».

El fenómeno geotérmico es una de las postales imprescindibles del Parque Nacional de Yellowstone, cuyo territorio muerde los estados de Wyoming (sobre todo), Montana e Idaho, en el noroeste de Estados Unidos. Es el primer parque nacional de la historia, creado en 1872 -cumple ahora 150 años-, el que abrió camino a todos los demás sembrando una idea revolucionaria: los templos naturales merecían ser preservados para las futuras generaciones. Como recordó Barack Obama en 2016, en la celebración del centenario de la ley que creó el Sistema de Parques Nacionales (el país ya había protegido una docena de ellos, pero este documento les otorgó su definitiva carta de naturaleza), «no hay nada tan americano. La idea que hay tras los parques es que el país pertenece al pueblo».

Gran Cañón de Yellowstone – M. Á. B.

Puede considerarse la legendaria expedición de Lewis y Clark de 1804-1806 como el ‘big bang’ del descubrimiento del Oeste americano no solo en su vertiente económica, sino científica. Los tramperos y exploradores que siguieron las huellas de estos pioneros llegaron a la región de Yellowstone y hablaron de una tierra de «fuego y azufre», de «barro hirviendo, ríos humeantes y árboles petrificados». Varias expediciones gubernamentales -protagonizadas por el guía y explorador John Colter, el topógrafo William F. Raynolds, el naturalista Ferdinand Vandeveer Hayden, el historiador Nathaniel P. Langford, el capitán Gustavus Cheyney Doane y el fotógrafo e ilustrador William Henry Jackson, entre otros- plasmaron en sus estudios y mapas las maravillas geológicas, zoológicas y botánicas de este rincón de las Rocosas, sellando definitivamente su suerte.

El 1 de marzo de 1872, el presidente Ulysses S. Grant firmó la ley que creaba el parque nacional. John Muir, probablemente el primer ecologista moderno, unido íntimamente a Yosemite -otro de los imponentes parques nacionales de Estados Unidos-, fue clave en la siembra de la mentalidad conservacionista. La de Lewis y Clark es la historia de cómo el Oeste fue descubierto. La de Muir, de cómo fue salvado.

La sensación de irrealidad es permanente mientras visitamos las principales atracciones de Yellowstone, un parque inmenso (8.983,2 kilómetros cuadrados), nombrado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1978, que nos transporta a edades pretéritas del mundo, una tierra burbujeante, indómita, todavía en formación.

El parque alberga la mitad de los géiseres activos -hasta un centenar- y fuentes hidrotermales del mundo. El más famoso de sus surtidores es el Old Faithful, el «viejo fiel» que acude a su cita con el público cada 90 minutos arrojando agua hasta los 75 metros de altura. No es un visto y no visto: tiene la cortesía de estar unos cinco minutos exhibiéndose. El lago Yellowstone, donde se puede disfrutar de la pesca y de paseos en bote, ocupa la caldera volcánica más grande del continente, creada por una erupción cataclísmica ocurrida hace 640.000 años y que fue mil veces más grande que la del monte Santa Helena, en el estado de Washington, en 1980.

El tiempo se detiene en los numerosos miradores sobre el Gran Cañón de Yellowstone, que encajona al río del mismo nombre, un torrente bravo que se precipita en cascadas y serpentea entre cantiles amarillos y ocres donde vuelan águilas pescadoras. Observando esta exhibición de la naturaleza uno siente que ama este lugar, que pertenece a él a pesar de haber nacido a miles de kilómetros de distancia. Los diferentes complejos de aguas termales, como Mammoth Hot Springs o Norris Geyser Basin, nos permiten adentarnos en un lienzo impresionista. Y en las praderas del valle de Lamar, conocido como el Serengeti de Norteamérica, manadas de bisontes rumian su alimento, en apariencia indiferentes a los turistas que los observan. Junto con al oso grizzly y negro, alce, uapití, lobo, puma y ciervo mulo, el bisonte es pieza de caza mayor para los fotógrafos, muchas veces bajo la atenta vigilancia de los rangers para que nadie cometa una imprudencia.

La eficiente gestión de los parques nacionales de EE.UU., que justifica el óbolo que hay que pagar, con unos centros de visitantes que son pueblos perfectamente abastecidos, con exposiciones, áreas de acampada, caminos señalizados, servicio de guardabosques (no solo dedicados a la vigilancia, sino también a la educación), actividades para niños (que pueden convertirse en jóvenes rangers) y folletos, mapas (¡y hasta periódicos!) que recogen toda la información necesaria para aprovechar la estancia, podrían molestar a los puristas o a los aventureros, pero que nadie se alarme: Yellowstone cuenta con casi dos mil kilómetros de senderos donde perderse. Hace años recomendaban atarse a la mochila un cascabel para advertir de nuestra presencia a los osos; ahora venden un espray de gas pimienta para espantarlos en caso de apuro. Lo que nunca debe faltar en nuestra impedimenta es el sentido común. En contra de algunas opiniones, aquí no vive el oso Yogui, sino animales salvajes de comportamiento impredecible, especialmente las hembras con crías.

Bisontes en el valle de Lamar – M. Á. B.

Pistas

Para planificar su visita conviene echar un ojo a la completísima web oficial de Yellowstone. El precio por vehículo son 35 dólares, pero si tiene pensado visitar más parques en su viaje conviene sacar el pase anual (80$). Las guías de los parques nacionales de EE.UU. de Lonely Planet y de National Geographic son muy recomendables.

Por: Miguel Ángel Barroso