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El futuro del ejército estadounidense: un perro de guerra diseñado genéticamente

La empresa Warhound busca crear perros destinados a misiones militares. El proyecto también contempla equiparlos con sensores y sistemas de defensa.

El mejor aliado del ser humano en una misión peligrosa podría salir de un laboratorio. No será un robot con forma de perro, sino un animal cuyo ADN habrá sido modificado para reducir problemas de salud y, potencialmente, mejorar capacidades como la velocidad, la agilidad o el olfato. Esa es la apuesta de Warhound, una empresa estadounidense. Su objetivo es transformar la selección, la reproducción y el equipamiento de los perros que trabajan para el Ejército, la policía y los equipos de emergencias.

Detrás del proyecto están Ben Lamm, cofundador de Colossal Biosciences, conocida por sus iniciativas de ingeniería genética y recuperación de especies desaparecidas (como el lobo huargo de Juego de Tronos), y Palmer Luckey, cofundador de Anduril, una compañía especializada en tecnología de defensa. La dirección ejecutiva de Warhound recae en David Spirk, antiguo responsable de datos del Departamento de Defensa estadounidense. En un mismo espacio tenemos modificación genética, tecnología y defensa militar. El resultado es bastante lógico.

La iniciativa parte de un problema práctico. Según las cifras difundidas por la propia compañía, más del 80% de los perros de trabajo utilizados por el Ejército estadounidense procede de Europa. Además, menos de la mitad de los animales adquiridos termina siendo apta para el servicio. La selección y el adiestramiento pueden prolongarse durante unos tres años, de modo que muchos perros no llegan a completar el proceso por problemas físicos, enfermedades o características que dificultan su trabajo.

Warhound quiere cambiar esa ecuación combinando dos técnicas: la clonación y la edición genética. El punto de partida serán líneas celulares de perros de razas como el pastor belga malinois y el pastor alemán, muy valoradas por sus capacidades de trabajo. Estas células se conservarán en un banco biológico y servirán para desarrollar animales con características seleccionadas. La empresa prevé recurrir a ViaGen, una compañía de clonación vinculada a Colossal, para producir los primeros ejemplares.

La primera prioridad no será convertirlos en animales más agresivos, sino reducir los problemas hereditarios que pueden apartarlos del servicio. Entre los objetivos mencionados figuran la displasia de cadera, los problemas de visión, la predisposición a determinados cánceres y la atrofia muscular. A más largo plazo, sus responsables contemplan mejorar cualidades como la resistencia, la velocidad, la agilidad y la capacidad para detectar olores.

Esta última posibilidad resulta especialmente interesante para las misiones de búsqueda de explosivos. El olfato canino permite localizar sustancias que pueden pasar inadvertidas para los sensores convencionales, y una mejora de esa capacidad podría resultar útil en operaciones de seguridad. Sin embargo, conviene distinguir entre los objetivos anunciados y los resultados demostrados: la empresa todavía tiene que desarrollar los animales y comprobar si las modificaciones producen las mejoras esperadas.

En una reciente entrevista, Ben Lamm, de Colossal Bioscience, señala que su intención es conseguir perros más sanos, longevos y capaces. “La idea es que, si hacemos que el perro sea más seguro, más sano y tenga un mejor rendimiento, también rendirá mejor en el cumplimiento de su deber”, afirma Lamm. La propuesta, por tanto, no se limita a potenciar sus capacidades operativas: también pretende reducir el número de animales que sufren problemas de salud o no superan el adiestramiento.

La segunda parte del proyecto llegará de la mano de Anduril. Los perros podrán llevar chalecos protectores, gafas y equipos dotados de sensores para transmitir información a sus cuidadores. Estos dispositivos permitirían conocer mejor las condiciones del entorno y coordinar las operaciones. No son implantes electrónicos ni convierten a los animales en cíborgs: se trata de tecnología incorporada al equipamiento que llevan puesto. “Los añadidos de Anduril harán que los perros sean más seguros y estén más sanos, más allá de su genética: estarán sobre el perro, no dentro del perro – añade Lamm -. La combinación de biotecnología y dispositivos externos busca mejorar tanto la protección del animal como la del personal que trabaja con él”.

La compañía espera que los primeros cachorros nazcan a comienzos de 2027 y aspira a que algunos puedan entrar en servicio aproximadamente dos años más tarde. Por ahora, son plazos y objetivos empresariales, no resultados alcanzados. Quedan por demostrar la eficacia de las modificaciones, la seguridad de los procedimientos y el rendimiento de los animales en condiciones reales.

El proyecto también abre un debate ético. Modificar genéticamente a un perro para reducir enfermedades hereditarias puede aportar beneficios para su bienestar, pero seleccionar animales para misiones peligrosas plantea preguntas sobre los límites de esa intervención y la responsabilidad de quienes los utilizan. Warhound afirma que trabajará bajo la orientación de American Humane Society, organización que colaborará en la supervisión de sus programas de adiestramiento y en las opciones de retiro y adopción de los animales. La paradoja es que una tecnología presentada como una forma de proteger mejor al mejor amigo del ser humano también podría convertirlo en un instrumento militar más eficiente. El desafío no será únicamente conseguir perros capaces de cumplir misiones difíciles, sino garantizar que la mejora de su rendimiento no se imponga a su salud y bienestar.

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