Investigadores de Bristol y Queensland estiman que hasta el 94% de la asociación entre el IMC de padres e hijos puede explicarse por factores genéticos
La relación entre el índice de masa corporal (IMC) de los padres y el de sus hijos durante la infancia podría deberse principalmente a factores genéticos y no tanto a la influencia directa del peso de la madre durante el embarazo. Así lo concluye un estudio internacional liderado por investigadores de la Universidad de Bristol (Reino Unido) y la Universidad de Queensland (Australia), publicado en la revista científica PLOS Medicine.
La investigación aporta nuevas evidencias a un debate que lleva años abierto en la comunidad científica: hasta qué punto el riesgo de obesidad infantil está condicionado por la herencia genética o por factores biológicos relacionados con la gestación y el entorno familiar.
Para responder a esta cuestión, los científicos analizaron datos de más de 86.000 niños participantes en el Estudio de Cohorte de Madres, Padres e Hijos de Noruega, una de las mayores investigaciones poblacionales sobre salud infantil realizadas en Europa. Los menores fueron seguidos desde el nacimiento y se registraron parámetros como el peso al nacer, la evolución del IMC desde los seis meses hasta los ocho años y determinados comportamientos alimentarios relacionados con el apetito.
Además, los investigadores examinaron vínculos familiares complejos entre hermanos, medio hermanos y gemelos a lo largo de varias generaciones. Esta metodología permitió estimar con mayor precisión qué parte de la relación entre el peso de padres e hijos podía atribuirse a la genética compartida.
¿Cuál de los dos progenitores influye más?
Los resultados han mostrado que el IMC materno tiene una influencia mayor que el paterno sobre el peso al nacer, un hallazgo coherente con el papel del entorno intrauterino durante el embarazo. Sin embargo, una vez que los niños crecen, esa diferencia prácticamente desaparece.
A partir de los dos años y hasta los ocho, las asociaciones entre el IMC de la madre y el del padre con el peso de sus hijos fueron muy similares. Según los modelos estadísticos utilizados, los factores genéticos explicaron aproximadamente el 79% de la relación observada entre el IMC materno y el del niño a los ocho años, porcentaje que ascendió al 94% en el caso de los padres.
Los investigadores también detectaron que un mayor IMC parental se relacionaba con conductas alimentarias asociadas a la obesidad infantil, como una mayor respuesta ante los estímulos relacionados con la comida o una tendencia más elevada a la alimentación emocional. No obstante, los autores reconocen que no pudieron determinar con exactitud qué parte de estas conductas responde a factores hereditarios y cuál al entorno familiar.
La genética no es el destino
Pese a que los resultados hablan por si solos, los expertos subrayan que la predisposición genética no equivale a una condena inevitable a desarrollar obesidad.
En los últimos años, numerosos estudios han identificado cientos de variantes genéticas asociadas al peso corporal. Sin embargo, los especialistas recuerdan que los genes interactúan continuamente con factores ambientales como la alimentación, el nivel de actividad física, las horas de sueño, el estrés o las condiciones socioeconómicas.
Por ello, un niño con una predisposición genética elevada puede mantener un peso saludable si crece en un entorno favorable, mientras que otro con menor riesgo hereditario puede desarrollar obesidad si está expuesto a hábitos poco saludables.
Un tercio de los niños y adolescentes tendrá sobrepeso u obesidad en 2050. Es decir, 746 millones, según un estudio publicado en «The Lancet», lo que denota la necesidad de poner en marcha medidas para frenar esta pandemia.
Los autores creen que sus hallazgos podrían tener consecuencias importantes para las estrategias de prevención. En concreto, sugieren que las intervenciones centradas exclusivamente en reducir el peso de los futuros padres antes del embarazo probablemente no producirán grandes descensos en la adiposidad infantil. Eso no significa, aclaran, que mantener un peso saludable antes y durante la gestación carezca de importancia. La obesidad materna se ha relacionado con un mayor riesgo de complicaciones durante el embarazo, parto prematuro, diabetes gestacional y otros problemas perinatales tanto para la madre como para el bebé.
«Nuestros resultados sugieren que la relación entre el IMC de los padres y el de sus hijos hasta los ocho años se debe principalmente a la herencia genética», explica Tom Bond, investigador de la Universidad de Bristol. «Se debe animar a los futuros padres a mantener un peso saludable, pero esto podría no ser suficiente para garantizar que sus hijos también lo tengan».



