De todos los países analizados, la mayoría de las variables favorecen a los que se encuentran en el hemisferio sur.
Si mañana ocurriera una catástrofe capaz de alterar buena parte del planeta, ¿dónde sería más probable que la sociedad pudiera resistir? La pregunta parece sacada de una novela posapocalíptica, pero un equipo internacional de científicos ha intentado responderla utilizando una herramienta mucho menos literaria: revisar qué características geográficas, sociales, económicas y tecnológicas hacen que un país sea capaz de resistir y recuperarse de una catástrofe global.
La respuesta tiene un nombre: Australia. Pero hay una segunda respuesta, bastante más importante: no existe ningún lugar completamente seguro. El estudio, publicado en Global Challenges, es una revisión de la literatura científica sobre la resiliencia de diferentes regiones frente a varios tipos de riesgos catastróficos globales. Los autores analizaron tres grandes escenarios: una reducción brusca de la luz solar que llega a la superficie terrestre, una pérdida catastrófica de infraestructuras y una gran crisis biológica. En el primer grupo entran fenómenos como un invierno nuclear, una gran erupción volcánica o el impacto de un asteroide; el segundo incluye apagones a escala continental o global provocados, por ejemplo, por tormentas geomagnéticas, ataques cibernéticos o pulsos electromagnéticos y el tercero engloba pandemias de enorme gravedad, tanto naturales como accidentales o deliberadas.
Los autores, liderados por Florian Ulrich Jehn, no intentaron calcular qué país tendría más posibilidades de “sobrevivir” en un sentido absoluto. Definieron la resiliencia como la capacidad de una sociedad para mantener sus funciones esenciales y el bienestar de su población durante una perturbación extrema, recuperarse después de ella y adaptarse a las nuevas circunstancias. Para ello revisaron 3.200 documentos obtenidos mediante una búsqueda bibliográfica y posteriormente realizaron una selección y evaluación experta de la literatura relevante. Y al reunir toda esa información apareció un patrón llamativo.
Australia es el país que aparece con mayor frecuencia como potencialmente resistente a los riesgos estudiados. También aparecen repetidamente Nueva Zelanda, Brasil y Argentina. También se mencionan Suiza y Japón. ¿Por qué Australia entonces? La primera ventaja es precisamente la que puede parecer una desventaja: su aislamiento geográfico. Está lejos de los principales focos de conflicto nuclear del hemisferio norte y se encuentra en el hemisferio sur, donde no hay estados con armas nucleares. Además, cuenta con una enorme extensión territorial, diferentes zonas climáticas y una importante capacidad agrícola.
En un escenario de reducción drástica de la luz solar (después de una guerra nuclear, una gran erupción o un impacto de asteroide) esas características podrían resultar importantes. Una alteración de la radiación solar reduciría las temperaturas y afectaría a las cosechas en todo el planeta, pero las regiones del hemisferio sur podrían verse favorecidas en algunos escenarios porque el evento desencadenante se produjera en el hemisferio norte. Las islas y regiones con capacidad para producir alimentos y mantener temporadas agrícolas relativamente largas también tendrían ventajas.
Australia suma además una enorme producción de alimentos, una base industrial considerable, recursos energéticos, zonas forestales y una gran diversidad climática. Incluso Tasmania aparece en el estudio como una especie de posible “refugio dentro del refugio”: forma parte de Australia, pero combina las ventajas de ser una isla con una importante producción agrícola y un clima templado.
La segunda gran ventaja australiana aparece cuando cambia el desastre. Si el problema fuera un colapso global de las infraestructuras, la distancia dejaría de ser suficiente. Una sociedad moderna depende de electricidad, comunicaciones, transporte, fertilizantes, combustibles y cadenas de suministro que atraviesan fronteras. Un apagón prolongado o un ataque cibernético capaz de afectar a infraestructuras esenciales podría paralizar desde la industria hasta la agricultura.
Aquí Australia y Nueva Zelanda vuelven a aparecer entre las sociedades con mejores perspectivas gracias a su capacidad industrial y agrícola. Pero surge una contradicción fundamental: ser autosuficiente ayuda, pero estar completamente aislado también puede perjudicar. Una sociedad puede producir alimentos y energía y, al mismo tiempo, necesitar medicamentos, combustibles, fertilizantes o determinados componentes tecnológicos procedentes del exterior.
La misma paradoja aparece con las pandemias. Los países mejor situados son aquellos que combinan buenos sistemas sanitarios, atención sanitaria universal, capacidad para controlar sus fronteras, cadenas de suministro seguras, baja corrupción y confianza de la población en las instituciones. Australia y Nueva Zelanda reúnen muchas de estas características. También aparecen bien situados países como Suiza, Canadá y algunos países escandinavos.
Pero entonces llega la letra pequeña. Australia depende del comercio internacional para algunos productos esenciales, entre ellos combustibles, medicamentos y fertilizantes. Una catástrofe que interrumpiera durante mucho tiempo las conexiones comerciales podría convertir parte de sus ventajas en vulnerabilidades. Además, su alianza con Estados Unidos podría incrementar su exposición en determinados escenarios relacionados con una guerra nuclear o un conflicto entre grandes potencias.
Y existe otro problema todavía más difícil de evitar: la geografía no puede protegernos de todo. Una isla puede aislarse mejor durante una pandemia, pero también puede quedar aislada de ayuda y suministros después de un colapso de infraestructuras. Una costa facilita el comercio, pero también aumenta la exposición a un tsunami provocado por el impacto de un asteroide en el océano. Estar lejos de los grandes focos volcánicos puede reducir determinados riesgos, pero ningún país está completamente protegido frente a las consecuencias de una gran erupción en otra región del planeta.
Incluso la tecnología presenta una paradoja. Una sociedad industrializada dispone de más recursos para producir alimentos, mantener hospitales y reconstruir infraestructuras, pero también depende más de redes digitales y cadenas de suministro complejas. Una sociedad menos tecnificada puede ser más vulnerable inicialmente, pero tener mayor capacidad para recurrir a sistemas manuales o formas de producción que dependan menos de infraestructuras sofisticadas.
Por eso el equipo de Jehn no ofrece un mapa con un punto rojo donde refugiarse. Su conclusión es mucho más incómoda: no hay ningún lugar de la Tierra que sea un refugio completo frente a los riesgos catastróficos globales. Incluso los países que aparecen como los más resilientes tienen vulnerabilidades concretas y dependen, en mayor o menor medida, del resto del mundo.
De hecho, una de las conclusiones más interesantes del estudio es que la supervivencia no depende únicamente de aislarse. Los autores destacan que mantener el comercio y la cooperación internacional puede ser fundamental, especialmente para países pequeños que no son autosuficientes en alimentos, combustible o energía. Incluso Australia y Nueva Zelanda podrían tener dificultades si quedaran completamente desconectadas del exterior.
Así, la verdadera lección del estudio es otra: la mejor defensa frente a una catástrofe global no parece ser encontrar un rincón suficientemente lejano del planeta, sino construir sociedades capaces de producir alimentos, mantener su energía, proteger sus infraestructuras, cuidar de sus ciudadanos y, al mismo tiempo, conservar relaciones con el resto del mundo. En un planeta sometido a riesgos que no respetan fronteras, quizá el refugio más seguro no es un lugar, más bien es una sociedad resiliente.



